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miércoles, 30 de noviembre de 2011

RELATO Nº 14 PARA LA ANTOLOGÍA NAVIDEÑA (No Paranormal) By Nadia Salamanca

Una Navidad con el Síndrome de Estocolmo 




Caminando por el centro comercial no puedo evitar hacerme preguntas... "¿Por qué santa viste ese estúpido abrigo rojo y su sombrerito lejano a hacerle justicia?". Viviendo en un país de Sudamérica cercano a al polo sur, jamás, pero jamás, veré caer nieve en esta época del año. Así pues, siempre he pensado que santa debería llevar un lindo traje de baño hawaiano rojo, con flores amarillas y una sudadera deportiva que le tape la pancita simpática. Yo de verdad creo que debería afeitarse, con el calor que hace no creo que una barba sea conveniente, mucho menos lo es su gorro, yo se lo cambiaría por una visera roja y uno lentes de sol setenteros. Ese sí sería el santa perfecto para nosotros.
Pero cada rincón de este centro comercial está lleno de un santa que si estuviera vivo rogaría por una soda con hielo.
—¿En qué piensas Elo? —la voz de mi hermana sacó todo pensamiento de santa de mi cabeza.
—En que odio las compras de estas fechas —Miriam me miró como si yo fuera pecadora por lo que decía, tanto que hasta me dieron ganas de darme una cachetada a mí misma por hablar, así que rápidamente añadí—: Hay tanta gente, todos quieren llevar lo mismo que tú y si te interpones en su camino al regalo perfecto puedes salir gravemente herido.
La risa de Miriam retumbó fuerte, al tiempo que la gente en el centro comercial se volteaba para mirarla como si estuviese loca.
—Pues si alguien se interpone entre yo y esa hermosa camiseta para Edgar, da por hecho que me lanzaré al ataque sin dudarlo.
Estaba segura de que mi hermana no mentía, si ella tenía visto el regalo para su esposo, iría por él sin dudarlo, aplastando a cualquier mosca –o persona– que se interpusiese en su camino.
Cuando pensé que había encontrado una buena frase para ironizar lo que Miriam había dicho, un estruendo interrumpió cualquier cosa que mi boca quisiese pronunciar. Escuché el grito de mi hermana retumbar por sobre el rugir de la explosión que nos había asustado, mientras la gente comenzaba a escapar de un enemigo invisible, pero perfectamente audible.
Sabía muy bien que aquello era una bomba, así que como todo los demás, tomé la mano de mi hermana y comencé a correr en cualquier dirección que me llevase a la salida del centro comercial. Nuestro avance era lento, el gentío no permitía el paso y el llanto de los niños perdidos no dejaba de hacerme sentir en medio de la guerra.
Cuando al fin vi que la gente desaparecía por la salida de emergencia y el sol llegó a mis ojos mostrándome que podría escapar, un enorme hombre de traje apareció frente a nosotras, tomando a mi hermana con fuerza y empujándola hacia el interior del centro comercial.
Esta vez el grito que escuché salía de mis propios labios. El hombre había tomado mi brazo como si este se tratase sólo de una rama de árbol, tirando de mí hacia él con tanta fuerza que el dolor me hizo gritar nuevamente.
—¡Eloísa! —escuché gritar a mi hermana, mientras el hombre me amordazaba con su enorme mano, apretando mis costillas mientras me llevaba por el estacionamiento del centro comercial.
En otras circunstancias estaba segura que los guardias hubiesen llegado en mi rescate, iniciándose un operativo conjunto con la policía, pero la bomba era evidentemente la distracción inicial y el hombre caminaba en la multitud aterrada, sin preocuparse de que alguien se percatase de su presencia.
Quería gritar, chillar tanto del dolor que producía en mis costillas su agarre, como del temor que sentía por lo que estaba a punto de ocurrir. Peros mis gritos nunca pudieron salir. Entonces el hombre me soltó de golpe, lanzándome al interior de lo que estaba segura era un auto.
El sudor recorría mi espalda en el paso libre que daba el miedo que me estaba inundando, los vellos de mi nuca se erizaron ante la perspectiva de lo que todo eso significaba…
Me estaban secuestrando, y ninguna persona hacía cosa alguna por evitarlo.
Sentí que nuevamente las manos del hombre me tomaban, apretando mis muñecas con fuerza, mientras otras me ataban una venda en los ojos, apretándola al punto del dolor. Mis manos fueron amarradas con igual violencia, sentía el escocer de la piel por las heridas que las cuerdas producían en mis muñecas, el mismo que se presentó luego, cuando los hombres amarraron mis tobillos.
El temor me inundaba por completo, tanto que creía que si las cuerdas no me sujetaran, el miedo tampoco me dejaría moverme. Estaba paralizada, mientras escuchaba los gritos nerviosos de los hombres al momento de hacer partir el auto.
Avanzamos por horas mientras los hombres reían de su logro, podía escuchar sus voces carraspeando, mientras sus risas se hacían un infierno con cada sonido de ellas.
Finalmente el auto se detuvo. Mi cuerpo pesaba, por lo que uno de los hombres tuvo que bajarme del automóvil, tomándome de los brazos con fuerza y torciéndome una muñeca en el acto.
Grité de dolor, un grito desgarrador que desgastó mi garganta al punto del silencio. No sabía si ya no gritaba porque el dolor era tanto que no podía articular sonido, o porque apenas dejé de gritar el hombre que me había tomado golpeó mi cara gritando:
—¡Estamos en medio de la nada niñita, nadie escuchará tus gritos!.
Quería decirle que no era eso, que no me opondría a que me llevaran y que era el dolor lo que me hacía gritar. Pero mis fuerzas estaban flaqueando y mi mente se estaba volviendo confusa, al punto de sólo escuchar trozos de oraciones de las conversaciones que lo hombres tenían.
Cuando sentí que los brazos del hombre me soltaban, sabía que mi cuerpo no caería con suavidad a donde fuese que me estuviesen lanzando. Y así fue, el golpe contra el concreto no se hizo esperar, y como si la suerte no estuviese un segundo de mi lado, caí en posición tal que mi mano dio contra el piso, volviendo a golpearme la zona de la muñeca que el hombre me había torcido.
El dolor fue tal que luego de un grito ahogado por una patada de uno de los tipos, mi mente comenzó a flaquear sumiéndome en un profundo sueño.

***

Cuando mis ojos volvieron a reaccionar sabía que aún seguía en el duro concreto, en la misma incómoda posición en la que había caído.
Me habían quitado la venda del rostro, por lo que luego de no escuchar ruido alguno por un tiempo, me animé a abrir los ojos, encontrándome con un cruel panorama. Efectivamente estaba recostada sobre concreto, en una habitación hecha completamente de este material y con tan sólo una ventana de cincuenta centímetros por la que entraba un haz de luz.
Hacía frío, mi piel estaba complemente erizada y mi muñeca hinchada, como si fuera una de esas esponjas tubulares que les dan a los niños para aprender a nadar. Tenía la piel roja en esa zona y el ardor de las heridas que mi cuerpo cargaba se hacía insoportable, logrando que mi mente pidiera volver a estar en la inconciencia.
Pero antes de que pudiera cerrar los ojos y dejarme llevar, escuché pasos en el exterior de mi celda. No podía ver quien era, puesto que la puerta de metal cerraba cualquier paso a la visión del exterior, pero aun así el temor me invadió pensando en que nuevamente estaría con los hombres que me habían llevado.
El pestillo comenzó a sonar, dando paso al chirriante abrir de la puerta y al entrar del individuo. Un hombre corpulento, de cabello castaño y tez oscura, con unos lentes de sol que tapaban cualquier visión de sus ojos.
—Al fin despiertas —dijo él. Por su voz pude saber que era el mismo hombre que me había cargado y soltado de golpe en la pocilga en la que me encontraba—. Nuestro jefe ya está listo para hacerte algunas preguntas.
Un sudor frio recorrió mi espalda al momento que escuché aquello. No sabía por qué aquellos hombres me habían secuestrado, pero estaba a punto de averiguarlo.
Temerosa me levanté, el cuerpo me pesaba y sentía que en cualquier momento caería al suelo de golpe. El hombre pareció percatarse de mi tambaleó, tomándome de los hombros y ayudándome a caminar hacia el exterior.
Armándome de valor lo miré a los ojos detrás de aquellos lentes de sol, pronunciando entonces palabras que salieron con una oxidada voz:
—¿Por qué a mí?.
El hombre me miró, no podía ver su expresión por la oscuridad de sus lentes, pero él parecía dudar si responderme o no.
—Tu padre —dijo finalmente—. Sabemos que él escondió contigo la clave para encontrar su estudio genético.
Quise tener un cuchillo para matarme ahí mismo. Estaba muerta de todos modos. Si esos hombres pensaban que yo tenía alguna pista para encontrar el escondite de los estudios de papá, estaban equivocados. Papá nunca fue un hombre de sentimientos y comunicación familiar, él apenas y saludaba en casa, encerrándose luego horas de horas en su estudio.
—No seré útil entonces —le revelé al hombre tratando de sacar un sonrisa—. Papá jamás me ha dicho algo de sus estudios, apenas y me saluda.
—Eso lo determinará nuestro jefe —la manera en que pronunció “jefe” me hizo tiritar de pies a cabeza. 
“Papá, papá, en que lío me has metido ahora” me dije siguiendo al hombre en completo silencio.
Estaba muerta, sin conocer siquiera que los estudios de mi padre trataban de genética, ellos me torturarían hasta matarme.

***

Parado en el rincón de la habitación para interrogatorios, no podía evitar cuestionarse qué estarían haciendo el resto de hombres de su edad en esas fechas. Seguramente ninguno de ellos esperaba a una chica, para torturarla hasta sacarle la información que su padre requería. Quizás algunos tenían novia y a esas horas salían con ella a cenar, a comprar algunos regalos navideños, para luego irse al departamento de uno de los dos a pasar una buena noche.
Pero Eric jamás podría siquiera imaginarse en una situación como esa, con su padre controlando cada uno de sus movimientos y la KSK midiendo cada respiración que realizaba, tener una novia no era más que un sueño, así como tener una vida había dejado de serlo años atrás.
Finalmente el pestillo de la puerta comenzó a sonar, sacándolo de sus pensamientos y llevándolo automáticamente a instalar su máscara sin emociones en su rostro, aquella que había forjado con años de entrenamientos en torturar e interrogar enemigos.
La puerta se abrió, dando paso a la figura femenina más hermosa que sus ojos habían visto alguna vez. La chica tenía un cabello rojo fuego que encandilaría a cualquiera, cayendo en bellas y revoltosas ondas hasta sus voluptuosos pechos; las curvas de su cuerpo eran atrayentes, tanto que pudo imaginarse horas perdido en ellas. Pero lo que más llamó su atención fueron sus ojos, tintados de un verde jade, cristalinos y penetrantes. 
Su boca se secó como nunca antes le había ocurrido al iniciar un interrogatorio. Ella lo miraba amenazante, como si supiera lo que él debía hacerle si no respondía a sus preguntas, destilando odio por aquello ojos jade tan hermosos, dejando sólo ver un dejo de temor en ellos.
—¿Tu nombre? —le dijo mirándola. Sabía que aquella no era la primera pregunta que debía hacer, pero necesitaba saber su nombre.
—Eloísa Hansen.
Su voz era armoniosa, un sonido suave y protector a pesar de la circunstancias en que se encontraba ella.
Cuando al fin pudo pronunciar la siguiente pregunta rogó que ella respondiera como lo necesitaba. No se imaginaba golpeándola como había hecho con el asistente del padre de ella hacía un mes atrás.

***

—¿Dónde están los experimentos genéticos de tu padre? —Por la forma en que él fue al hueso del problema, podía decir que aquel chico era el jefe.
Me quedé mirándole, era imposible no hacerlo. Él, erguido con la prestancia que sólo su altura podía darle, con aquellos ojos azules mirándome directo a los jade míos, con aquel rostro cincelado y ese torso digno de una obra de Miguel Ángel, parecía estar listo para sonsacar cualquier respuesta de mí, palabras que ni siquiera yo estaba segura de conocer.
Fue así como con la mente totalmente en blanco para su pregunta, dije:
—Siquiera sabía que mi padre realiza experimentos genéticos.
La expresión de su rostro me dijo que aquella era la respuesta equivocada, aunque yo lo sabía de antemano, estaba muerta si ellos querían averiguar de los experimentos de mi padre, yo nada conocía de aquello.
—No te hagas la listilla conmigo Elo —la forma cercana de tratarme me hizo sentir aún más insegura de su presencia.
—No me estoy haciendo la listilla, ¡yo no sé qué hace mi padre en su estudio!.
La sonrisa que apareció en sus labios me hizo quedar muda. Él tenía una expresión victoriosa que lo hacía lucir imponente.
Lentamente se separó de la pared en la que había estado apoyado desde que me trajeron aquí, caminando a paso firme con los ojos fijos en mí. Lo vi estirar su brazo, alejándome instintivamente de él. No soy tonta, he visto películas en las que el interrogador golpea a su presa una y otra vez hasta conseguir la verdad. Yo no dejaría que él me golpease.
La sonrisa de su rostro se acrecentó con mi alejamiento, al tiempo que su mano se posaba en el respaldo de la silla que tenía frente a mí, corriéndola para sentarse en ella.
—Creo que empezaré con preguntas más simples —su voz lo hacía parecer más seguro que lo que su rostro demostraba. Era evidente que aquello de interrogar era un juego para él y esta vez el juguete era yo. Pero jamás me había dejado ganar, si él quería que yo llorase y soltase todo lo que supuestamente sabía, tendría que preparar su trasero para estar sentado horas ahí.
—¿En qué horarios trabaja tu padre? —soltó rápidamente, sin dejar de mirarme a los ojos.
Aquella pregunta me sorprendió, era algo que él debía saber que yo conocía, que incluso estoy segura que él también lo sabía sin que yo se lo dijera. Aun así tomé mi oportunidad y respondí luciendo sumisa.
—Él sale a las ocho de la mañana y vuelve a las cinco de la tarde, pero luego se encierra por horas en casa. Así que no sabría decirte cuales son sus reales horarios de trabajo.
Por la expresión de su rostro supe que él alababa mi osadía, así que saqué mi mejor sonrisa petulante, agregando a mis palabras:
—Puedes preguntarme por horas lo que sé de mi padre, pero siempre te responderé banalidades. Él jamás está en casa realmente, por ende nada sé de su vida.
Pensé que él tenía todo bajo control, parecía como si interrogar fuera una rutina. Pero cuando lo vi levantarse de golpe y aporrear la mesa con sus puños, no supe que pensar. ¿Estaba yo ganando la batalla?.
—¡Cristóbal! —su grito parecía forzado, como si algo lo contuviese—. Quedas a cargo de ella, pregúntale lo que necesitamos saber.
—Pero… —el interpelado pareció sentirse inseguro, como si aquello no fuera lo normal entre ellos.
—¡Encárgate tú!.
El grito que dio el llamado jefe nos hizo saltar a ambos. Cristóbal me miró intrigado, como preguntándose qué debía hacer conmigo, mientras el jefe desaparecía por la puerta sin mirar atrás.
No supe por qué, pero en ese momento algo me hizo rogar que él volviese, lo quería cerca de mí, como si estando aquí no fuese a tortúrame como ahora lo haría Cristóbal.

***

Luego de horas frente a la puerta de metal, sus pies sucumbieron a la tentación, sacando las llaves y abriendo la puerta que lo llevaba a ella.
Eric jamás había hecho aquello, no era parte del interrogatorio. Pero necesitaba saber que ella estaba bien, que Cristóbal no la había dejado mal herida y que ella se sentía tranquila.
Pero cuando entró a la pequeña celda no pudo más que repetirse mentalmente una y otra vez lo tonto que era. ¿Cómo podría ella sentirse más segura a su lado cuando él era parte de los que la habían secuestrado?. Estaba seguro que ella estaría mucho mejor sin él ahí.
Estaba a punto de volver a salir de la habitación cuando escuchó pasos en el interior, viendo el rostro de Eloísa asomar por el pequeño espacio entre la puerta y el umbral.
Ella estaba completamente amoratada, con un ojo hinchado y la expresión llena de temor.
Sintió deseos de abrazarla de decirle que la sacaría de ahí, pero hacer eso era muerte segura para ambos.
—No te vayas —dijo ella con un hilo de voz. Era evidente que había estado llorando, sus ojos no sólo estaban hinchados por los golpes de Cristóbal.
Cerró los ojos tratando de borrar el rostro de ella de su mente, no quería equivocarse y dejarse llevar por los instintos, si lo hacía su padre lo azotaría hasta matarlo.
Pero antes de que abriera sus ojos sintió la suave piel de las manos de ella tocar su brazo. La electricidad le recorrió el cuerpo de pies a cabeza, haciéndole sentir la piel caliente en la zona que ella rozaba.
Entonces nada pudo detener a sus instintos, entrando con ella en su pequeña celda.
El interior estaba húmedo, como todas las celdas que había en el sótano; la oscuridad lo invadía todo, debiendo forzar su vista para lograr ver los ojos jade de Eloísa.
—Yo… —ella titubeó, pensando sus palabras— Yo de verdad no sé sobre mi padre.
Su voz le dijo que ella lloraba, y el magnetismo evidente entre ellos lo llevó a acercarse. Eloísa se alejó como si él fuese una llama encendida, pero no era eso, era su temor de que él la golpease.
—No te golpearé —bajó el tono de su voz para que ella se calmase y pareció resultar, dejando que Eric tocase su rostro.
Su piel era divina, suave, casi perfecta, tanto que sus ojos se cerraron automáticamente, deleitándose con el toque.
Creía en ella, algo le había dicho cuando la interrogó, que ella simplemente no sabía qué hacía su padre en su trabajo.
Mi respiración se calmó, no sabía por qué él estaba aquí, pero la opción más probable para mi mente era: nuevos golpes, nuevas torturas y más preguntas que no puedo responder.
Aún así su caricia en mi rostro calmó todo mi ser, quería quedarme así, dejar que él me acariciase por más tiempo, y así lo hice, cerrando mis ojos para sentir la intensidad de su toque.
Entonces sentí su respiración cerca de mi rostro, él se estaba acercando y yo…
No me alejé.
Sus labios se posaron en mi boca con suavidad, besándome con cariño, lenta y delicadamente.
No sabía su nombre, era el jefe de mis secuestradores, pero aun así lo estaba besando la noche antes de noche buena.
El beso comenzó a volverse hambriento, atrayéndome a su cuerpo y aferrándome a sus brazos. Mi respiración se descontroló, agitándose al igual que la de él.
¿Él estaba disfrutando ese beso tanto como yo, o sólo era un juego normal para él?.
Me separé de su lado, mirándolo a los ojos. Mi vista estaba acostumbrada a la oscuridad, pudiendo ver la confusión en su rostro.
—¿Tu nombre? —le dije con el mismo tono que él había usado conmigo antes.
Una sonrisa se instaló en sus labios, mientras volvía a acariciar mi mejilla con suavidad.
—Eric Roig —su voz sonaba como un susurro, al tiempo que su mano seguía acariciando mi rostro y mis ojos volvían a acerrarse para deleitarse con el roce.
Lo dejé volver a besarme aunque sabía que era una locura, pero aun siendo así algo me hacía pensar que aquello era lo correcto.

***

Al día siguiente mi cuerpo pedía que cerrara los ojos y me dejara llevar por el sueño, pero con el dolor dormir era irónicamente un sueño. Y aquí estaba, en la pequeña habitación de concreto, el día que sabía era noche buena, sintiendo cada una de mis extremidades tan pesadas como el hierro.
Entonces pensé en mi familia, la felicidad de estar con ellos, de celebrar noche buena, la sonrisa en sus rostros si yo no estuviese aquí. Quería estar nuevamente con mi familia, cenar con ellos y ver a mi sobrina abrir la infinidad de regalos que mis padres compraban para ella.
Las lágrimas se liberaron entonces, cayendo con paso libre por mi rostro. No había dejado que ninguno de los secuestradores me viera llorando, no les daría el derecho de eso, ni la victoria ante mí. Así que en ese momento dejé que mi dolor se liberara, que mi llanto explotase mientras las imágenes de navidades pasadas se instalaban en mi cerebro torturándolo con más dolor.
Escuché el pestillo de la puerta sonar, sabía muy bien que era Eric y el peso de mi corazón disminuyó ante la posibilidad de volver a verlo.
No necesitaba que alguien me dijese lo loca que estaba, aquello era evidente para mí, pero la atracción entre nosotros había estado ahí desde que entre en el cuarto de interrogatorios, lo había visto en sus ojos y ahora sabía que el temor que sentí en ese momento no era más que a la atracción que su presencia ejercía sobre mí.
La puerta se abrió finalmente, dando paso a Eric. Él parecía preocupado y el temor me inundó por completo. Si él estaba asustado, entonces yo también debía estarlo.
—¿Qué ocurre? —le pregunté escuchando el nerviosismo siendo evidente en mi voz.
—Nada Elo, sólo vine a verte.
Sus palabras no me engañaron, algo pasaba y no era nada bueno. Estaba segura que de ese día no pasaba con vida. Era irónico pensar en morir en noche buena.
Eric se sentó nervioso a mi lado, estirando hacia mí un pequeño paquete de regalo.
—¿Para mí? —dije sintiéndome estúpida, ¿para quién más sería estando solos?. Aún así él me sonrió, estirando más su mano y asintiendo con la cabeza.
Tomé el regalo abrazándolo a modo de agradecimiento. Él me miraba expectante par que lo abriera, pero yo dije:
—Aún no son las doce.
Una risita se escapó de sus labios, un sonido exquisito que me embriagó por completo.
—Estás encerrada y aún puedes pensar en las doce. Ábrelo, quiero ver tu expresión cuando lo veas.
—Pero podemos espera hasta la doce —insistí nerviosa ¿Por qué quería con tanta ahínco que lo abriera ahora?.
—No podemos esperar a las doce.
El frío recorrió mis espalda, si no podíamos esperar hasta las doce significaba que… ¿Estaría muerta?.
—Llamé a la poli a escondidas —su voz se volvió casi inaudible—. Ellos vendrán por ti en media hora y cuando de vayan contigo sé muy bien que si los polis me dejan vivo, mi padre se encargará de matarme.
Mi pecho se oprimió, él había hecho eso por mí cuando sólo nos conocíamos del día anterior, él estaba arriesgando su vida por mí.
—¡No! —dije automáticamente— no dejaré que hagas eso por mí, es peligroso. Yo puedo salir de esto sola.
—¡Jamás saldrás viva de aquí sola! —Los puños de Eric se apretaron, asustándome cuando me abrazó de repente— He visto salir a mucha gente de aquí directo a la playa que está junto a esta casa, he visto sus cuerpos perderse en el océano. No quiero verte morir, no quiero verte flotar en el agua.
Me solté de él llena de temor. Sabía que lo hacía por mi bien, que me estaba protegiendo, pero dolía que le ocurriese algo por mi culpa.
—¡¿Y yo tengo que verte morir?! —grité con un chillido histérico que jamás había escuchado salir de mis labios antes.
Él me sonrió, sabía que su expresión era de resignación…
—Yo no me rindo Eric, cuando quiero algo lo obtengo como sea y en este momento te quiero a ti.
Sus labios se oprimieron contra los míos, devorándome por completo al tiempo que mi respiración se volvía nuevamente inestable, dejando entrever todo lo que él producía en mi cuerpo.
En ese momento gritos y disparos se escucharon afuera. La policía. 
Eric se paró de golpe, mirándome con deseo y temor.
—Creo que no podré ver tu expresión cuando veas mi regalo —la sonrisa melancólica de su rostro cortó mi respiración.
¿Sería aquella la última expresión que vería de él?. No.
Me acerqué é a él tomándome de su cuello y saltando. Eric me tomó entre sus brazos sin comprender qué estaba haciendo yo, pero no me importaba, haría cualquier cosa con tal de que no se lo llevasen o peor, lo asesinaran.
—Salgamos —le dije segura de mi plan.
Él pareció dudarlo un momento, pero al ver mi sonrisa la seguridad y confianza en mí se reflejaron en su rostro, comenzando a caminar hacia el exterior.
Avanzamos hacia afuera, yo aferrada a su cuello y él sin quitar sus ojos de los míos. Sabía que aquello era otra locura más, pero no lo perdería después de conocerlo.
Afuera el caos era horrible, cuerpos y sangre en el suelo, todo tintado con la oscuridad de una noche de luna nueva. Los policías estaban escondidos tras una barricada de autos, disparando a los tipos que me secuestraron, matándolo como a moscas. Los vi a apuntar hacia nosotros, temiendo que ellos disparasen, pero cuando me vieron en los brazos de Eric bajaron las armas nerviosos.
—¡Suéltela con calma! —gritó uno de los policías, mirando con los ojos como platos— si no lo hace tenemos gente capacitada para dispárale sin herirla a ella.
—¡No! —me apresuré a gritar con el temor palpitando en mi interior— ¡Él me salvó!.
Los policías parecían confusos, cautelosos si confiar en mi palabra o no hacerlo. Pero cuando me aferré más fuerte al cuerpo de Eric, los ojos del policía me dijeron que él estaba comenzando a confiar.
Cinco policías se acercaron a nosotros con movimientos cautelosos, mientras mi respiración se cortaba por el temor de perder a Eric en cualquier momento. Entonces, uno de ellos sacó unas esposas, sonriéndome cuando vio mi rostro de temor, diciendo:
—No te preocupes Eloísa, sólo lo esposaremos como precaución, hasta aclarar todo esto.
—¡No! —me negué aun asustada y entrelazando con más fuerza mis brazos alrededor del cuello de Eric.
—Tranquila —volvió a decir el mismo hombre, acercándose con lentitud—. Podrás irte con él en la misma patrulla si lo deseas.
Aquello me calmó, dejando que el hombre esposara a Eric, mientras él me miraba con expresión tranquilizadora. Todo el caos que había habido antes se acabó de un momento a otro, mientras la mayor parte de los policías se quedaban en la escena de los hechos y el hombre que había esposado a Eric lo llevaba a uno de los autos, abriéndonos la puerta.
—Sé que eres quien nos llamó —dijo el policía antes de cerrar la puerta, bajando tanto la voz que apenas lograba escucharlo. Él miraba a Eric, posando su mano en el hombro de éste—. No te puedo asegurar nada, pero haré todo lo posible por darte privilegios y protección —él cerró la puerta, dejándonos solos en el auto, mientras lo policías trabajaban fuera.
Miré a Eric temerosa, no quería que después de que mi secuestro terminase él se alejase de mí. Pero la sonrisa que estaba instalada en su rostro me dijo que no sería así.
—Abre mi regalo preciosa —dijo él besando mi mejilla, mientras yo tomaba el pequeño paquete. Lo abrí con premura e intriga, encontrándome con un hermoso colgante en forma de ángel. Aquel era el símbolo de que lo nuestro iba más allá de una locura, era algo mucho más fuerte—. Tu eres mi ángel de navidad preciosa —él besó mis labios con suavidad, mientras aquella loca noche buena llegaba a su fin, dando las doce y anunciando la llegada de la navidad.


1 comentario:

  1. Querida Nadia, una vez más has logrado que disfrutara con una historia tuya. Menudo relato más intrigante y excitante.

    El comienzo ha sido espectacular... El secuestro ha sido lo más y el encuentro con el prota ha sido muy peculiar... Y aunque la pobre sufrió lo suyo cuando fue torturada, al final acabó bien parada... Pues en su pequeño periódo de cautividad, encontró el amor. Y el final es espectacular, todo acabó bien para ambos!.

    Gracias bella por todo, por colaborar siempre en mis locos proyectos, por aportar tu ayuda y diseños y por participar en la antología navideña, Gracias!!!

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