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jueves, 15 de diciembre de 2011

RELATO Nº 37 PARA LA ANTOLOGÍA NAVIDEÑA (Paranormal) By Brianna Callum

En tus ojos
By Brianna Callum
 
El telón volvió a cerrarse tal como había sucedido cada noche al finalizar la función. Ella se quedó de pie, con la mirada fija y borrosa posada sobre la pesada tela color borgoña, sintiendo como la ya conocida soledad nuevamente la envolvía en su abrazo de hierro.
Había empezado a odiar ese instante en el que la adrenalina de la función se aplacaba, y todo el entorno cambiaba.  Las luces, —antes brillantes y sofocantes—, se apagaban dando paso a la fría oscuridad. Oscuridad que parecía más densa y gélida debido al silencio ensordecedor que dejaba la sala vacía del teatro… Sí, odiaba esos instantes, porque era cuando caía abruptamente en la dolorosa realidad. Aquella realidad que le recordaba a gritos que estaba sola en el mundo. Sola...
Sola desde que aquella madrugada de abril, bajo una torrencial lluvia, la imprudencia y la fatalidad se habían asociado para dos días después arrebatarlo a él de su lado para siempre…
Una vez en el camerino, y sin siquiera quitarse el maquillaje oscuro y recargado que la puesta en escena le exigía a sus ojos color café, Gabriella vistió su abrigo, y recogió su bolso. Recorrió el camino hasta cruzar las puertas de entrada, y abandonó el teatro casi sin percatarse de que lo hacía.  Dejó atrás la fachada vidriada y las marquesinas coloridas que la anunciaban a ella como la figura estelar.
Sobre el escenario, lo tenía todo; fuera de este, nada.
Caminaba como una autómata. Últimamente esa era su forma de andar por el mundo; como un ente vacío y desolado. Sorteaba a los transeúntes. Iba tan abstraída en su propio mundo, que los rozaba o chocaba en su andar sin siquiera percatarse. Ellos, ajenos a sus atribuladas emociones, le proferían insultos. Pero nada podía afectarla más de lo que ya estaba.
Durante la tarde había llovido. Muestra de ello era la humedad que sobre el asfalto reflejaba las luces de la avenida, o los charcos que se habían formado en los baches de la calzada.
Un automóvil que circulaba a velocidades superiores a las permitidas en avenida, pasó sobre uno de esos baches, y levantó una cortina de agua embarrada que Gabriella observó como si ocurriera desde una dimensión diferente a la que se encontraba ella. Sus sentidos parecían aletargados y difusos.
Dejó atrás la avenida, y se adentró en las callecitas de la ciudad. Las luces de las farolas allí eran más tenues, no obstante, cada vivienda estaba decorada acorde a la fecha.
Esa noche, la soledad, más que nunca estaba decidida a aferrarse a sus entrañas y a retorcerle el corazón. Esa noche, más que nunca…
Jo, Jo, Jo, se oyó a lo lejos, y Gabriella volteó el rostro para ver, sin ver nada. Campanas y villancicos se fusionaban en el aire con música alegre, carcajadas y voces que parecían salir de cada casa. Las luces titilantes en las ventanas y en los pórticos, y los pinos decorados en los jardines, se confabularon en su contra y empezaron a girar a su alrededor.
Corrió.
Corrió lejos, porque no soportaba pensar que esa noche era Nochebuena y cada detalle no hacía más que recordárselo.
Esa sería la primera Navidad que pasaría sin él. ¿Cómo haría para sobrevivir a aquella noche sin morir de angustia?
Hasta el año anterior, aquella había sido de sus fechas favoritas. Juntos habían envuelto regalos para luego intercambiarlos pasadas las doce. Habían decorado el departamento y prendido fuegos artificiales en la terraza… no obstante, todo había cambiado. Todo… Y ahora, la Navidad se había convertido en una de las fechas más lúgubres para Gabriella, junto con aquel día negro de abril.
Gabriella siguió corriendo hasta que sus pasos la llevaron por inercia hasta el puente de la ciudad, el que servía para que vehículos y peatones cruzaran el ancho río. En ese puente lo había conocido a él, pero de eso también había transcurrido ya demasiado tiempo.
Sentía que se ahogaba.
El aire le resultaba escaso debido a la carrera, su corazón parecía a punto de explotar y las lágrimas ya habían empapado el frente de su abrigo. Pero al menos allí, lejos del centro de la ciudad, la Navidad no parecía tan cercana.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano para poder ver el paisaje.
Las luces seguían titilando a lo lejos, y comprobó que continuaban haciéndole daño.
El río bajo el puente era una densa masa de agua que se tornaba negra a la vista nocturna. Las luces refractadas se distorsionaban cuando la fría brisa acariciaba su superficie. Gabriella permaneció con la vista fija en las suaves ondulaciones durante un largo rato. Tal vez…
Tal vez aquellas aguas fueran su mejor refugio y lograran aplacar el intenso dolor que amenazaba cada vez con mayor intensidad desgarrarle el pecho.
Trepó a la cornisa aferrándose con fuerza a uno de los cables del puente atirantado. Se tambaleó, y el piso pareció girar bajo sus pies. Cerró los ojos hasta estabilizarse, y luego volvió a abrirlos. Sentía vértigo, ¿pero qué podía importarle si pronto todo acabaría?
Un salto.
Eso era todo lo que la separaba de la tan ansiada paz.
Necesitaba darlo.
Los dedos de Gabriella se soltaron del que hasta el momento había sido su único agarre. Renunciaba a su vida. A una vida vacía que cada día se le había hecho más difícil vivir…
—No lo hagas.
Una voz masculina que Gabriella no sabía si era real o solo producto de su imaginación, puesto que instantes antes no había nadie allí, intentó detenerla; pero ella no quería hacerle caso. Avanzó un paso. Estaba al borde de la cornisa.
—No lo hagas —volvió a repetir la voz, y ahora sí Gabriella volteó el rostro para verlo.
No pudo distinguir sus facciones. Uno de los pilares del puente hacía sombra sobre su rostro.
—No te entrometas —espetó.
—Nada puede ser tan terrible como para que decidas terminar con tu vida —le dijo él.
Gabriella sonrió con una mezcla de ironía y tristeza.
—¿Y qué sabes tú? —inquirió. Había volteado hacia él. Sus pies seguían peligrosamente jugando con el destino.
—Sé que nada puede justificar tu decisión.
—El dolor, sí —expuso ella. Hubiese querido gritar, pero la voz se le había estrangulado.
—Ni siquiera el dolor —fue la respuesta de él.
Gabriella negó con la cabeza.
—No sabes nada. El dolor… el dolor es demasiado intenso como para que quiera seguir soportándolo… Y la soledad… —volvió a voltear de cara al río.
El extraño trepó también a la cornisa, y avanzó lentamente. Sabía que debía moverse con cautela, puesto que ella podría asustarse, y caer; o apresurar su decisión, y saltar.  Deseaba que ninguna de esas posibilidades se llevara a cabo. Estaban a gran altura. Una caída desde allí podría provocarle un golpe tan fuerte como para herirla de gravedad, o matarla. Además, el agua estaría helada, lo que fácilmente le provocaría hipotermia. En cualquiera de los casos, era muy probable que hallara la muerte.
No podía permitirlo.
—Ven aquí —susurró él, y extendió la mano—. Cuéntame qué te sucede.
Ella volvió a negar con la cabeza.
—Déjame, por favor… —le suplicó.
—No puedo —le respondió él. Y era cierto.
La mano masculina lentamente fue al encuentro de la mano de la mujer, hasta que logró aferrar la frágil muñeca. Sus dedos la rodearon fácilmente. Ella se sobresaltó, y pretendió actuar. Con desesperación forcejeó. Quería soltarse; pero él había anticipado esos movimientos, entonces, sin mediar palabras, la estrechó entre sus brazos con fuerza, y la alejó del borde de la cornisa.
—¡Suéltame! —le exigió ella, mirándolo por primera vez directamente a los ojos.
—Nunca —fue la escueta respuesta de él.
Gabriella percibió un brillo especial en esos ojos negros; tan negros como las mismas aguas a las que ella deseaba abandonarse. Y por un instante, se abandonó a esa mirada penetrante que parecía tener el poder de leer su alma. Bajó los párpados. Volvía a sentirse mareada, y ahora no podía echarle la culpa al vértigo que le provocaba la altura. De alguna manera, el desconocido había conseguido bajarla al suelo mientras ella había estado concentrada en liberarse de él.
Sin soltarla, el extraño la condujo mientras cruzaban la calzada hacia la otra vereda peatonal del puente. Allí había un banco de cemento en el que podrían tomar asiento.
Gabriella se dejó guiar. Se sentía desahuciada. Ni siquiera había tenido la libertad de ponerle fin a su miserable vida, gracias a ese entrometido.
—Puedes irte —le dijo con brusquedad. Una vez sentada se había cruzado de brazos en gesto ofendido. No lo miraba directamente, aunque por el rabillo del ojo distinguía la imponente figura del hombre que estaba a su lado.
Los seductores labios masculinos se curvaron en una sonrisa. Sin dejar de sonreír, y sin pedir permiso, el extraño tomó asiento junto a ella.
—¿Esa es tu manera de agradecerme el evitar que cometieras una locura? —preguntó en fingido tono de reproche, aunque su voz había sonado seductora y jovial.
—Nadie te pidió que lo hicieras —masculló indignada. Dio un respingo con altanería, alzando su nariz levemente respingona—. Es más, yo no quería que me detuvieras.
—Eres muy terca, ¿lo sabías?
Gabriella no respondió, pues su mirada irradiando cólera fue suficiente. Aunque para mayor bochorno, lejos de provocar el efecto deseado, esta vez le arrancó una sonora y musical carcajada al desconocido.
—Y tú eres insufrible —murmuró ofendida—. Quiero que te vayas. Deseo estar sola.
—No creo que te encuentres en condiciones de estar sola.
—¡Aggg! —exclamó exasperada—. ¿Qué eres, un castigo que me han enviado por pensar en el suicidio? ¡Vete! ¡Vete! ¡Vamos! ¿Qué parte de quiero estar sola es la que no entiendes?
—Y tú, ¿qué parte de no te dejaré sola es la que no entiendes, mujer terca?
—¿Acaso no tienes que ir con los tuyos y… —su mirada capturó algunas prematuras luces estallando a lo lejos; las señaló con la mano—, celebrar la estúpida Navidad?
—En este momento, en el único lugar en el que deseo estar, es aquí, contigo.
Gabriella bufó con ironía.
—Entonces, tú también estás solo —dijo, y no era una pregunta, sino una suposición.
—No estoy solo… —sonrió, y observó maravillado el delicado perfil femenino. Ella lo conmovía—. Estoy contigo.
Al oír esas palabras, Gabriella volteó el rostro hacia él. Sus miradas se perdieron, una en la otra, por un instante interminable.
—¿Quién eres? —quiso saber Gabriella, preguntando en un susurro ahogado.
—Hoy puedo ser quien tú quieras que sea.
—No juegues conmigo.
—Jamás lo haría —le respondió él con seriedad.
Qué tentador que era pensar que ese desconocido podría ser quien ella quisiera que fuera por esa noche… Pero no, él no podía ser reemplazado por nadie.
—Sé tú mismo —le pidió finalmente.
El hombre asintió conforme.
—En ese caso, déjame presentarme como es debido. Mi nombre es Jeliel.
Gabriella alzó una ceja en gesto interrogante.
—¿Jeliel? ¿Qué clase de nombre es ese?
Jeliel extendió la mano. Ella se la estrechó, aunque el contacto fue breve. Un cosquilleo alarmante había recorrido el brazo de ambos, y Gabriella prefirió apartarse.
—Solo un nombre. No le otorguemos mayor importancia de la que tiene —respondió.
—Jeliel —repitió Gabriella, paladeando cada letra mientras su imaginación volaba a miles de kilómetros—. Me suena como el nombre de un ángel.
Jeliel sonrió, y extrañamente, Gabriella se sintió contagiada por ese sutil gesto, y lo imitó.
—Tal vez lo seas… —se alzo de hombros—. Después de todo, me has impedido saltar.
—Ya te lo he dicho. Nada justifica que le pongas fin a tu vida. Esta es demasiado valiosa.
—No puede ser tan valiosa. No cuando no me trae más que tristeza. —Bajó la vista a sus propias manos entrelazadas sobre su regazo—. No he hecho más que perder a la gente que he amado. Primero mis padres cuando solo era una niña; luego mi abuela; y cuando creía haber encontrado el amor y la felicidad… lo perdí a él. —Se irguió con decisión y respiró una profunda bocanada de aire—. La vida no vale la pena. No vale el sufrimiento que provoca.
—Estás equivocada.
—¡No lo estoy! —exclamó indignada y volviendo la vista hacia él, esta vez con dureza—. Después del accidente, él luchó desesperadamente por su vida durante dos días. ¡Dios! Sé que sufrió dolores insoportables. Lo vi con mis propios ojos. Estuve a su lado, tomando su mano mientras la muerte consumía su último aliento… Él quería vivir a toda costa. Pero dime, ¿de qué le sirvió tanto sufrimiento? —preguntó con la voz desgarrada—. ¿De qué le sirvió dar tanta pelea y soportar tanto, ¡maldición!, si la muerte se lo llevó de todos modos?
Jeliel sintió el impulso de acariciar el cabello que en suaves ondas castañas caía sobre los estrechos hombros femeninos. Por un instante, lo reprimió.
—¿Aún no lo entiendes, verdad?
—¿Qué debo entender, que la vida es una mierda plagada de injusticias?
—No. No entiendes que siempre hay un motivo valioso por el cual seguir viviendo. Tú misma acabas de decir que él te lo demostró hasta último momento.
Gabriella no entendía qué era lo que Jeliel quería decirle. Se sentía abrumada, y la angustia había vuelto a hacer acto de presencia en su garganta y en el centro de su pecho.
—Aún cuando él debe haber anticipado que estaba en el ocaso de su vida, sintió que había motivos más importantes que cualquier sufrimiento. Motivos por los cuales valía la pena seguir luchando hasta arrebatarle un segundo más a la muerte. Siempre hay algo por lo que vale la pena vivir, y para él, ese motivo eras tú. ¿Crees que aceptaría de buena gana que tú terminaras con tu vida, algo que para él, evidentemente, era lo más preciado? Aún no entiendes que por ti luchó segundo a segundo. Por retener un instante más tu imagen en sus ojos, por acariciar una vez más la piel de tus manos. Por ti, solo por ti…
Gabriella sintió un escalofrío recorrerle la espalda y una brisa fría, sutil como la caricia de un ángel, logró erizarle la piel. Se agitó violentamente.
Esas palabras… Esas palabras eran las mismas que él, su amor, había pronunciado con su último aliento. Ahora que las había escuchado en labios de Jeliel, podía recordarlas. ¿Cómo podía haberlas olvidado durante los meses pasados?
Rompió a llorar desconsoladamente.
Jeliel la rodeó con sus brazos, y la atrajo hacia su pecho. Inmediatamente se sintió preso del impulso de besarla con ternura en la coronilla, y su mano, como impulsada por una fuerza superior, le acarició a ella el cabello. Esta vez, no pudo resistirse.
—Shhh —susurró Jeliel, derramando su aliento tibio sobre la frente femenina.
—¿Por qué la vida es tan injusta?
—La vida da muchas vueltas y en muchas ocasiones no resulta ser como nosotros quisiéramos que fuera; no obstante, siempre nos brinda una nueva oportunidad. Solo hay que saber reconocerla.
—¿Siempre suenas tan sabio? —le preguntó entre sollozos. Su voz había salido amortiguada por la gruesa tela oscura del abrigo de Jeliel; aún así él alcanzó a oírla, y la risa burbujeó en su pecho.
—A veces lo intento —dijo, ahora en tono de broma.
Gabriella alzó el rostro, y buscó la mirada de Jeliel. Entonces, mágicamente se perdió en sus ojos negros. Se preguntó si su mirada siempre tendría ese brillo especial, o esa intensidad que le recordaba tanto a la mirada de… él.
Jeliel llevó su mano hasta la mejilla femenina, y la acarició con ternura desde la sien hasta la barbilla. Gabriella no hizo nada por impedirlo.
En la zona urbanizada de la ciudad, los fuegos artificiales que anunciaban que la Navidad había llegado, empezaron a estallar en el cielo. Las lejanas luces iluminaron furtivamente el perfil de la pareja que, absorta, se observaba como si estuviese presa de un hechizo.
Jeliel rompió el silencio.
—No estás sola. Nunca estás sola.
—Lo sé —dijo Gabriella. Algo había cambiado en ella, y ahora podía comprenderlo todo con claridad—. Tú estás conmigo…
Jeliel asintió. Ella había comprendido. Bajó la cabeza, y acercó sus labios a los de Gabriella sin cortar el contacto de sus ojos.
—Yo estoy contigo —repitió, antes de besarla.


4 comentarios:

  1. Dulce, gracias por permitirme ser parte de esta maravillosa antología. Para mí, es todo un honor.
    Besos,
    Bri

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  2. Felicidades a Brianna por su relato. Es para mí un placer ir descubriendo a poquitos el talento de otras grandes damas de las letras.

    Un saludo.

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  3. Precioso relato, cuanta angustia por la pérdida del amor. Pero ahí esta de nuevo ese fantástico sentimiento. Felices fiestas.

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  4. Fascinante... Simplemente maravilloso... Un precioso relato!, una historia conmovedora y muy tierna... Me ha encantado querida Brianna, como todo lo que escribes... ¿te dije ya que adoro tu forma de escribir?, pues eso, aquí queda dicho jejeje.

    Me alegro mucho querida de que al final pudieras participar en esta antología... Hubiera sido un delito sino hubiera sido así!, jejeje

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