viernes, 17 de febrero de 2012

SEPTIMO RELATO NACIDO DEL RETO: LAS DOS CARAS DE UN MISMO CUENTO, BY NATALIA

 "La Princesa y El Sabio"



Me desperté entumecida. Estaba sobre algo blando, o eso parecía. Antes de abrir los ojos intenté recordar que había sucedido, pero solo recuerdo haber ido a las cuadras con Nira.

Ahora empezaba a oír voces. Era como si aumentaran el sonido de la radio. Después oí voces claras de personas que estaban donde quiera que me encontrase. Dos de las voces eran masculinas, que me sonaban de algo pero no sé decir el qué, y otra era femenina, y sabía de quién era, de Nira.

Nira había sido como aquella hermana que nunca tuve. Y en teoría lo tiene que ser, por ser mi doncella de compañía, pero ella me quiere por el tiempo que hemos pasado juntas, no por trabajo. Nira es un año más joven que yo, es muy lista y sabe leer y escribir, cosa que pocas pueden.

Y yo soy Zaida. Princesa del reino de Granada. Viviendo en un castillo ahora en las guerras contra los musulmanes. En los tiempos que corren el castillo estaba muy lleno, pero sin el Rey. Mi padre estaba luchando contra todos los musulmanes por defender el cristianismo y nuestro reino.

-Pero se pondrá bien ¿No? –Oí que decía Nira. Abrí los ojos y la vi hablando con dos hombres. Uno de ellos, por la ropa que llevaba, supuse que era el mozo de la cuadra y otro no lo pude reconocer. Era un chico moreno, y desde donde yo le veía parecía joven. Estaba de perfil, hablando con mi casi-hermana y el mozo.

-Sí, ha sido un fuerte golpe, pero se recuperará. No hace falta avisar al Rey, dejemos que se concentre en sus  batallas –Dijo el chico–. Pronto despertará.

Gemí y tres pares de ojos curiosos me miraron interesados. El chico se acercó a mí, agachándose para mirarle a los ojos. Ahí vi que eran de un inmenso color verdoso.

-Eh, princesa ¿Está bien? –Me dijo. Yo me levanté un poco, lo que me permitía en este momento, pero él chico de ojos verdes me retuvo– Quieta. Debes descansar, señora.

-Nira, ¿qué ha pasado? –Pienso no hacer caso a ese chico. Cuando se acercó a mi me ha dado un escalofrío, no confío en él.

-Se cayó del caballo. Afortunadamente este mozo y yo la trajimos al sabio para que la curara –Así que aquel chico joven era un sabio–. Debes descansar, como le dicen.

Normalmente Nira  me tuteaba, pero solo cuando estábamos solas. Cuando había gente ella sabía muy bien hacer su papel de doncella.

-Dime tu nombre –Le dije al mozo. Era un muchacho, que gracias a Dios, estaba limpio, no como otros que había visto en la cuadra. Hasta bañados en estiércol

-Ma... Ma… Marco, señora –Me dijo el chico tartamudeando.

-Muy bien, Marco, te doy las gracias por ayudarme. Serás recompensado.

-Ahora la señora no se puede poner a dar recompensas –Me corta el otro–. Ya se las darás al mozo cuando esté bien. Ahora a descansar.

¿Pero como me habla así ese chico?. ¡Ni de sabio ni nada! ¡Aquí mando yo!

-Nira, dale una recompensa. Abundante, y luego hablaré con él –Dije y miré a el sabio ese con una sonrisa-. Y como princesa del reino de Granada, digo que estoy bien, gracias

-Tengo órdenes de mantenerla aquí hasta que fuera necesario, vuestra tía me lo ordenó –Me dice.

-¡Mi tía solo es una furcia que quiere que me muera de una vez para ser la descendiente al trono! –Espeté- ¿Quién me asegura que usted sea de fiar? ¿Qué no me envenenará? Lucas siempre fue mi médico de confianza.

-Pero Lucas está muerto –Me dice secamente – Nira, Marco, por favor, marchaos.

-Como usted ordene, señor –Dijo Nira mientras desaparecía por la puerta seguida del mozo.

-No me toquéis –Dije secamente cuando nos quedamos solos– O os aseguro que gritaré y los guardias os apresarán.

-No os voy a hacer nada, princesa –Me dijo riéndose–. Ahora le digo que se relaje

-Para mí vos sois un desconocido, nunca os he visto por palacio. Quién sabe si habéis engañado a Nira, es muy crédula –Le digo. Y era verdad, nunca le había visto.

-¿Porqué vos sois tan desconfiadas? –Me pregunta–. Solo quiero ayudaros.

-Y yo solo quiero irme de aquí –Le dije y señalé a esa puerta–. Ahora me iré por esa puerta y vos no me podréis retener.

Me encaminé a la puerta corriendo, pero algo me sostuvo. Era él y me había agarrado de la muñeca.

-Tú no vas a ninguna parte  -Me dijo secamente. No sé en qué lugar de mi cuello presionó que me hizo perder el sentido.

Cuando me desperté estaba lo más activa posible. No entumecida como la última vez, sino que mi cuerpo estaba totalmente alerta.

Lo primero que vi, fue a Nira acercándose a mí.

-¡Zaida! –Me dijo–. Señora, veo que por fin se ha recuperado. El sabio dijo que se desmayó y que era mejor que guardara cama.

“Sí, claro, desmayarse” –Pensé.

-Oh, muy amable por su parte, pero estoy bien. Ahora quiero averiguar todo lo que puedas sobre ese sabio, mago o lo que demonios sea.

-Mi señora, recuerde que no debe blasfemar –Me dice– Pero no sé mucho de ese hombre. Apenas se le ve por el día, solo por la noche. Lo que veo más raro son esos ojos rojos, que a veces están verdes, y otras no. La verdad, es que nunca pasa por la cocina. Debe ser alérgico al algún fruto, al ajo o al perejil…

-Un momento, un momento –La paro–. Eso me suena de algo, por algún libro lo he visto yo. Habla de seres sobrenaturales, con poderes de brujos. Enviados del diablo a nuestro mundo

-Señorita, no creo que se trate de eso –Explicó Nira–. Puede que sean coincidencias.

-No lo creo – Le digo–. Estoy segura de que vi algo, lo vi en sus ojos. Lo voy a descubrir.

Subí lentamente las escaleras hacia el torreón del hechicero. El libro había dicho que eran hechiceros llamados vampiros. La explicación era muy larga, pero con el inicio me era bastante. Un ser maligno vivía en nuestra torre.

Encontré fácilmente su estudio, pues era de las pocas puertas que había. Extrañamente estaba abierta. Entré en la habitación convencida de que no había nadie, y así aparentaba ser.

Me acerqué lentamente al escritorio que había en una de las esquinas de la sala. Estaba lleno de viejos pergaminos y algún que otro libro. Empecé a rebuscar entre ellos, pero una voz me sobresaltó.

-¿Qué busca, princesa? Será un placer ayudarla –El hechicero vampírico me sobresaltó–. Sé que no hemos empezado con buen pie, pero hagámoslo ahora. Soy Tony, el sabio de la corte.

Tony hizo un ademán de darme la mano, pero yo la aparté ¿Pensaba que ahora íbamos a ser amigos? Lo llevas claro, ser de las sombras.

-Venga preciosa –Me dijo y se acercó a mí. Lo normal es que me hubiera apartado, pero no tenía miedo.  Algo en su mirada me llevaba, una espiral me absorbía, pero no estaba encerrada, sino que me gustaba.

Nunca creí que pasaría, pero aquel desconocido al que me cautivaban sus ojos se acercó lentamente a mí y me besó. Un beso con dulzura y pasión.


FIN 



Y ahora le toca a Mari escribir este mismo relato pero desde el punto de vista de Tony, el sabio. 

Saludos!

jueves, 16 de febrero de 2012

Y ESTOS LIBROS, ¿TE GUSTAN TAMBIÉN?


 





Sería fabuloso adquirir de manera gratuita uno de estos libros, ¿verdad?. ¿Y si te digo que dentro de muy poco tendrás la oportunidad de que así sea?. El como y cuando, aún no puedo revelártelo... sólo puedo decirte que ya falta menos...

176. LORENA LOUZAN

Hola de nuevo a tod@s!, aquí estoy una vez más presentándoros con mucho orgullo a la nueva socia del club. Ella es:

Lorena Louzán

LORENA LOUZAN

Y esta es la dirección de su blog:


Deciros que, de todas sus obras, la más destacada es "La Dama Negra" (editada en Enero del 2011):


(Ilustrador: Gersom Espinosa Teruel)

He aquí la sinopsis del libro:

Reinventarse tras un divorcio conflictivo es difícil, y más si has de dejar atrás una gran estela de violencia y cicatrices. Pero Emma Alvarado consigue seguir adelante y volver a sentirse viva, mujer, en los brazos de otro hombre: un renombrado fotógrafo de piel negra, hecho que conseguirá atraer de nuevo la atención de su expareja sobre ella, desatando una obsesión enfermiza sobre su entorno más próximo, golpeándola donde jamás sospecharía ser dañada. Y ¿qué puedes llegar a sentir cuando descubres que tu marido es un asesino?
Emma se verá empujada por este hecho a un destino incierto, desde las costas de Galicia hasta las selvas más profundas e inhóspitas de Colombia, buscando al hombre que consiguió arrebatárselo todo.

Una conmovedora historia de amor y odio que nos demuestra con claridad terrible los entresijos de la mentalidad humana, y todo aquello de lo que es capaz el hombre…y la mujer.

Y el link de la editorial:


Aquí os dejo la página del Facebook de la misma:


Y ésta es su página de Tuenti:


Información de interés: Deciros que conseguir la ambientación en la actual Colombia de las guerrillas le costó casi 2 años. La autora mezclo una temática tan potente como es el terrorismo machista español (en el 2003 muerieron tantas mujeres a manos de sus parejas que la novela nació desde ahí casi como una necesidad), y la situación política y social en Colombia, puesto que Alejandro, el ex marido de la protagonista, es uno de los cabecillas de uno de los cárteles más poderosos del país. Galicia y Colombia están hermanadas en el relato, y aparte del propio nudo, al parecer llama mucho la atención el final, que es su homenaje particular a la obra de Antonio Buero Vallejo "La Fundación", lectura obligatoria en el colegio pero que le impactó muchísimo.

También añadir que fue semifinalista del Premio Internacional de Novela "La Ciudad y Los Perros" auspiciado por el Instituto Cultural Iberoamericano Mario Vargas Llosa o ICIMIVALL, con sede en Madrid y Lima en 2005, con su novela titulada "El Ángel Caído". Esta novela no está editada en España todavía, pero tal vez es muy posible que pronto se anime a publicarla.

Ahora os dejo el primer capítulo de "La Dama Negra", para abrír boca, jejeje:

PRIMER CAPÍTULO

A la mujer le dijo:
“Multiplicaré los trabajos de tus preñeces.
Parirás con dolor a tus hijos
y buscarás con ardor a tu marido,
que te dominará”.
Génesis 3, 16.
Pasaje favorito de Alejandro.


Vida por vida, ojo por ojo,
diente por diente, mano por mano,
pie por pie, quemadura por quemadura,
herida por herida, cardenal por cardenal.
Éxodo 21, 23.
Pasaje favorito de Emma.


12 de agosto. Caldas de Reis (Pontevedra).


   Pipipipi. Emma se mira el brazalete con aprensión. Pipipipi. Gira la cabeza, los cabellos castaños bailando alocados en todos los sentidos, la mirada atenta a cada persona, a cada rincón cercano. Pipipipi. Está cerca, ¡maldita sea! Duda unos instantes, el tabique levemente torcido de la nariz reflejándose en el retrovisor. Pipipipi. Se frota la frente con una mano temblorosa y abre la puerta del coche. Sus altos tacones negros golpean con firmeza el asfalto, sus largas piernas echan a correr hacia el portal del edificio. Pipipipi. “No me cogerás, esta vez no”, piensa mientras hace girar la llave. En el último instante se vuelve y oprimiendo un botón del mando cierra el coche. Las luces parpadean. Pipipipi. Aprieta los dientes, temerosa y enfurecida a la vez mientras empuja con violencia la puerta y golpea con insistencia el botón del ascensor. “Pero no. No. ¿Qué te han enseñado en las clases de defensa personal? El ascensor no. Es una caja con una única salida”. Pipipipi. Las escaleras. Emma dispara una mirada desalentada hacia el portal de cristales ahumados con hierro verde y dorado. Tironea de una puerta lateral y comienza a subir las escaleras de dos en dos, sujeta la mano a la barandilla de madera, atentos los pies a no resbalar sobre la piedra. Pipipipi. Todavía está a menos de quinientos metros, pero ¿dónde? Emma alza los ojos dorados hacia el letrero. Cuarto piso. Abre la puerta y corre hacia su casa, las manos rebuscando frenéticas en el bolso de cuero negro. Pipipipi. Mira de reojo el brazalete, si sigue sonando así sin duda se volverá loca. Gira la llave y entra dando un portazo, mira a su alrededor, las persianas bajadas, las luces apagadas. Corre todos los cerrojos. Arroja su maletín de trabajo sobre el banco de diseño que está justo al lado del perchero, al que va a parar el abrigo de cualquier manera. Pipipipi. Emma se mesa los cabellos y pega un grito desquiciado. Está harta de ese sonido. Se dirige hacia el pasillo y descuelga el teléfono. 091. Sus dedos resbalan sobre las teclas, una maldición resuena en el silencio del amplio piso.
    -Policía, dígame. –Una voz de mujer que parece mascar chicle la saluda.
    Emma se para ante la puerta principal y balbucea, la mirada fija en el pestillo.
    -Con el inspector Carballeda. Soy Emma Alvarado.
    -Un momento.
    Suena una musiquita irritante y descorazonadora.
    -¿Señora Alvarado?
    La voz del hombre denota intranquilidad. Emma acerca su brazalete al auricular. Pipipipi. No es necesario que diga más.
    -¿Dónde está?
    -En casa.
    -Cierre todo con llave.
    -Ya lo he hecho.
    -¿Cuándo ha empezado a sonar?
    Emma mira el reloj en su otra mano.
    -Hará unos diez minutos.
    -No se mueva, una patrulla se dirige hacia ahí. –Rumor de órdenes, teléfonos sonando y faxes en marcha.
    Emma sigue mirando la puerta.
    -¿Le detendrán, no es cierto?
    -Por supuesto. Incumplir una orden de alejamiento está penado por la ley.
    Pipipipi.
    -¿Cuánto tardarán en llegar?
    - Quince minutos.
    Emma suspira. El espejo de su izquierda le devuelve la imagen de su nariz ligeramente torcida. A él le sobrará el tiempo para volver a partírsela.
    -¡Que sean cinco! –dice secamente.
    El rumor de órdenes aumenta y el inspector cuelga el teléfono. Pipipipi. Emma arrastra hacia ella una silla con el pie y se golpea los labios con los dedos. El atractivo traje de falda y chaqueta de Armani se arruga. ¡Con la de meses que ha tenido que ahorrar para pagárselo! El continuo pitido de su brazalete la enerva, saber que está cerca pero ignorar el lugar exacto la llena de temor.
    Pipipipi. Y un sonido seco en el pasillo. La espalda de Emma se tensa como un arco dispuesto a quebrarse. Conteniendo la respiración se dirige, descalza, hacia su habitación. Con rapidez y sigilo abre un cajón de la cómoda y extrae un objeto envuelto en seda negra. Pipipipi. Vuelve al recibidor, se sienta en la silla y quita el seguro a la pistola.
Han pasado cinco minutos. Emma se desespera. El pitido sigue atronando la penumbra de su casa. La policía no llega. Sus largos y lisos cabellos están revueltos y desordenados. Emma se mira en el espejo. Tiene los ojos entrecerrados, la mandíbula prieta y los labios fruncidos. Está tan rígida que teme el momento de ponerse en pie. “Tal vez me parta por la mitad”. Pipipipi. Y de nuevo el sonido hueco en el pasillo del exterior, justo ante su puerta. Emma exhala el aire muy lentamente y suspende el dedo sobre el gatillo. “Atrévete a entrar, hijo de puta” sisea en su interior. Hilillos de sudor resbalan por su espalda y empapan su nuca, humedeciendo sus cabellos. Sudor frío y constante.
    El estridente sonido del teléfono la toma por sorpresa. El corazón se le acelera. Emma casi sospecha que en breve comenzará a adormecérsele el brazo izquierdo y le dará un ataque. Se seca el sudor del labio superior con la manga del Armani y se levanta para descolgar el aparato. Pipipipi. Se detiene a tiempo para no estampar el brazalete contra el suelo en un arrebato. Respira hondo e intenta serenarse. Apoya la pistola a su lado, sobre la mesa. De refilón aún puede ver la puerta principal.
   -Dígame.
    Le responde el silencio. Emma frunce el entrecejo.
    -¿Hola?
    -Hola.
    Una mano de hierro le estruja el corazón. Emma se aferra al borde de la mesa para no darse de bruces contra el suelo. Inconfundible su acento argentino.
Pipipipi
.
    -¿Qué quieres? –pregunta con voz ahogada. Sus ojos dorados parecen querer taladrar la puerta principal. Coge la pistola con la mano izquierda. Sabe que podrá disparar de todos modos puesto que es ambidextra.
    -Vamos, paloma, ¿tienes que ser siempre tan arisca conmigo?
    -¿Dónde estás Alejandro?
    Pipipipi.
    -Cerca. ¿Es que no llevas el brazalete?
    Emma aprieta el auricular con las manos hasta hacerlo crujir. Pipipipi.
    -¿Cómo de cerca?
    Alejandro parece reír quedamente.
    -Muy cerca –susurra–. Pero eso no importa ahora.
    Emma aguza el oído. Ahora está casi segura de que hay alguien en el pasillo.
    -¿Qué quieres? –repite arrastrando las palabras, presa de la rabia.
    -Hoy hace un día espléndido, ¿no te parece?
    Emma coge aire rápidamente, al borde del llanto. Pipipipi.
    -La policía está de camino –le advierte.
    -Lo sé, pero no te preocupes, nunca me cogerán.
    -¡Cerdo mal nacido...! –Piensa–. Maldita sea...
    -Eh, no blasfemes –la reconviene él–. ¿Quieres saber una cosa?
    -¿Qué? –Emma está cansada de sus juegos.
    -Acabo de matar a tus hijos.


    Todo ocurre como a cámara lenta. Emma sabe adónde se dirige su coche, pero no le importa que el pedal del acelerador esté arañando la alfombrilla, ni que la carretera vuele bajo ella hasta casi no poder verla. Recuerda haber dejado caer el teléfono al suelo. Las pilas, un montón de alambres y cables desparramados por el suelo. Aún lleva la pistola sujeta en la falda, siente su dura rigidez contra su espalda. Cuando abrió la puerta no vio a nadie. Alejandro no estaba. Y aunque hubiese estado no le habría importado. Le habría pegado un tiro y hubiese seguido corriendo escaleras abajo.
    El brazalete ya no suena. Normal, la aguja del cuentakilómetros cada vez está más inclinada hacia la derecha. 140. 160. “Te matarás antes de llegar”. Se muerde los labios y sacude la cabeza. “No importa”. Los nudillos blancos sobre el volante.
    -¡No es verdad! –grita.
    El coche adelanta sin señalizar y gira chirriando las ruedas en una curva cerrada. Los bocinazos de los demás conductores sólo la instigan a pisar más el pedal. Va al colegio. Va a buscar a sus hijos.
    Una opresión en el pecho le impide respirar con normalidad. Metiendo las marchas a golpes, el coche cabeceando, enfila la calle rodeada de árboles sin importarle que los peatones se queden mirándola como si hubiesen visto una aparición.
    -No es verdad.
    La silla de la niña amenaza con soltarse ante cada uno de los botes que pega el coche. Emma alza los ojos hasta el retrovisor y la mira. Cuántas veces no habrá sentado a Patricia ahí. Recuerda que siempre pega unos gritos descomunales cuando le ciñe el cinturón. Luego basta que le meta el chupete para que se calme. A los dos kilómetros ya está dormida.
Emma pega un sonoro puñetazo de ansiedad sobre la guantera, inclinándose en otra curva como si al moverse ella el Chrysler fuese a seguir su misma dirección. La tapa se abre con estruendo y un montón de papeles riega la alfombrilla y el asiento del copiloto. Emma maldice por lo bajo. Algo sólido y pesado cae tras los papeles. Emma solloza. Es un soldado de Miguel que ella le ha requisado porque juega a metérselo por las orejas a su hermano pequeño. “Serás terrorista...” le dice ella siempre mientras le besa la oreja a Gabriel, que lo mira con el agua bailando en los ojos.
    He matado a tus hijos. Emma nota que se le nubla la mirada. “¿A mis tres ángeles? No, imposible. Eso no es verdad. No puede ser verdad. Al fin y al cabo, también son sus hijos”.
Se salta un semáforo en rojo a la torera, un Toyota verde tuerce hacia la acera para no llevársela por delante. El rosario de cuentas azules y doradas que lleva colgado del retrovisor se encabrita y el Cristo acaba estrellándose contra el parabrisas. Emma se niega a mirar el símbolo de su fe hecho pedazos. Se limpia una esquiva lágrima con violencia. Ya casi está. El corazón empieza a latirle más rápidamente. Emma sabe que sufre taquicardia. Dobla de nuevo una esquina y la sangre de sus venas se resquebraja. Dentro del recinto escolar hay dos ambulancias. Varios hombres vestidos de negro ante la guardería. Y un... ¿coche fúnebre? Frena de tal forma que sus ruedas echan humo y un olor a chamusquina inunda el ambiente. Apenas recuerda subir el freno de mano, abre la puerta casi de una patada y echa a correr.
    Se mete entre la gente que murmura incrédula y espantada alrededor de los sanitarios. Sus codos golpean la carne de los curiosos y a fuerza de empujones consigue colarse bajo la cinta policial. Se dirige hacia el lugar en el que hay algo tendido en el duro suelo. Se le escapa un grito gutural que atrae la atención de varias mujeres. Son tres. Tres mantas térmicas con su habitual color dorado. Y unos zapatitos asomando bajo ellas. ¡No es verdad! Emma nota el amargor de la bilis subiéndosele a la boca. Aparta sin miramientos al director, un anciano gordinflón que solloza desesperado y al profesor de uno de sus hijos. El hombre reacciona al verla y quiere apartarla, pero Emma se abalanza sobre las mantas mientras a su izquierda el forense anota en voz alta:
    -El primer muerto, Miguel Dumas Alvarado, de seis años; el segundo, Gabriel Dumas Alvarado, de cuatro años, y la tercera, Patricia Dumas Alvarado, de dos años... ¡Santo Dios, qué atrocidad!


   Un año después.

    Sus manos vuelan ágiles sobre las flores. Usa el cuchillo para cortarlas y dejarlas todas a la misma altura. Una ráfaga de viento las remueve y alza hasta ella el aroma embriagador de las rosas blancas y amarillas. Las ha rodeado de hojas de ciprés y nubes de margaritas. Son tres hermosos centros de flores que ahora empieza a rodear de cirios rojos. Los enciende y la tenue luz de las velas ilumina las tres lápidas. Le gusta cómo han decorado los nichos. Jamás se cansa de dar las gracias a Ángel puesto que fue él quien se encargó de todo cuando ella estaba... se mira las muñecas y los profundos cortes cicatrizados... indispuesta. Transida, frenética, descorazonada. Y le gusta el lugar, hundido en medio de un bosque, semeja estar separado del mundo.
    Hay grandes camelias en flor, cipreses, césped, azaleas de todos los colores, un altar de piedra para celebrar funerales al aire libre y varias fuentes que dejan oír el manar de su agua cantarina. Y siempre se encuentra con alguna anciana que viene a traer flores a un antiguo amigo, amante o conocido. Acaricia con las yemas de los dedos las tres fotos. Primero la de Miguel, con su sonrisa de terrorista. Un nostálgico gesto transforma su semblante. En segundo lugar la de Gabriel con su mirada infantil y adorable, el niño más dulce del mundo. Y Patricia. Su Patri. Con su fino cabello corto, tan rubio que más bien era blanco. Se le escapa un sollozo ahogado. Aparta la mano de la fría losa antes de que una silenciosa lágrima logre burlar la celda de sus ojos.
    El sol comienza a colorearse de un naranja oscuro. Cada vez hace más frío. Emma mira el reloj, lleva en el cementerio toda la tarde. En un par de horas anochecerá. Se sienta sobre un pequeño escalón de mármol, la espalda apoyada contra la puerta negra y dorada. Abre un pequeño libro por el segundo capítulo y comienza a leer. Es un cuento infantil que su madre escribió años atrás en un arrebato literario. Cuando Emma anunció que esperaba su primer hijo, Sara se lo regaló.
    -En los cuentos infantiles siempre hay una nota discorde de crueldad y dolor –solía decirle–. Si son Hanzel y Gretel, la brutalidad de unos padres que prefieren abandonar a sus hijos antes de luchar por ellos; si Caperucita, el temible lobo come-abuelas al que hay que asesinar; la Cenicienta, una bestia de madrastra maltratadora con tendencias psicópatas; la Vendedora de fósforos que muere congelada en la más solitaria pobreza; Barbazul y su pútrida celda repleta de cadáveres de antiguas mujeres... Emma, enséñales a tus hijos a preservar su inocencia. Ya llegará el día en que tengan que llorar.
    Emma ha dejado de leer. Se ha quedado muy quieta, pensando en las palabras de su madre y mirando el césped sin verlo. La última frase la ha hecho temblar. Ya llegará el día en que tengan que llorar. Se pregunta si cuando Alejandro les descerrajó un tiro a cada uno en el pecho, reventándoles la caja torácica, sintieron dolor. O si sospecharon, al menos el mayor, qué era lo que pensaba hacer el loco de su padre alzando el arma ante sus ojos. La sola idea la obliga a doblarse sobre sí misma para arrojar al suelo, entre gemidos y sollozos, el contenido de su estómago. Hijo de puta. Un año en búsqueda y captura sin resultados.
    -Hijo de puta –murmura mientras se limpia la boca con el dorso de la mano.
    Un leve movimiento a su izquierda atrae su atención. Cuando gira el rostro lo primero que ve es un pañuelo blanco. Lo coge y se limpia los mocos y las lágrimas.
    -Gracias.
    Ángel se deja caer a su lado, las largas trenzas negras rozando sus hombros.
    -¿Mejor? –pregunta.
    Emma lo mira. Lleva unos pantalones vaqueros y una camiseta blanca. Unas atractivas gafas de sol velando sus ojos negros.
    -Sí, claro. Ya está. Ya ha pasado.
    Respira hondo y busca su mano. De repente se descubre nuevamente al borde del llanto. Aprieta la robusta mano negra.
    -Gracias –repite.
    Él la mira.
    -¿Por qué?
    -Por estar siempre ahí. Por este año. Por levantarme cada vez que me he caído.
    Ángel asiente mientras mira las fotos de los niños.
    -No tienes por qué agradecerme nada –dice–, yo también los quería.
    Emma enmudece. No quiere recordar los alegres momentos en que salían los cinco a merendar al campo. Ángel había sustituido a Alejandro como padre. Y los niños lo habían adorado ciegamente. Se quedan pues, en silencio, contemplando la puesta de sol.
    Un ronroneo entre la hierba despierta la curiosidad de Emma. Sus ojos se fijan en una mantis religiosa. Inclina levemente el rostro para verla mejor, despacito para no asustarla. Se mueve de forma acompasada. Emma se percata de que son dos. “Deben estar apareándose” piensa. La espigada pareja se separa. Emma se maravilla una vez más ante el espectáculo, algo siempre increíble. La hembra ejecuta una extraña cabriola y se arroja sobre el macho, arrancándole de cuajo la cabeza. Atónita, Emma contempla el cadáver mutilado. Se había olvidado de ese detalle crucial, y es que al terminar el rito de apareamiento, el macho es sacrificado.
    El libro se le resbala de la falda. Emma lo mira como si jamás lo hubiese visto antes. Alza el rostro siempre triste y algo más avejentado hacia los tres nichos. Miguel. Gabriel. Patricia. El macho es sacrificado. Alejandro... Una torva sonrisa tuerce sus facciones.
    Emma ya sabe lo que tiene que hacer.

    Cae una lluvia fina y armoniosa sobre el enorme roble de lustrosas hojas verdes que hay en el patio trasero. Nubes grises empañan el cielo y una atmósfera fría la rodea. Sus faldas negras danzan alrededor de sus largas piernas, acariciando la anciana piedra del recinto. No lleva tacones, pero sus pasos se escuchan nítidos sobre la mullida alfombra roja que atraviesa el santo lugar.
    -Ave María Purísima...
    -Sin pecado concebida.
    Se arrodilla sumisa ante el confesionario. Un carraspeo de pulmón podrido por el tabaco quiebra el silencio de la Iglesia de San Lorenzo de Nogueira. Nació en aquel lugar y conoce desde siempre al anciano que se oculta tras la madera agujereada.
    -Habla, hija mía.
    Un suspiro resignado y los ojos dorados que recorren la estancia tras el velo negro, desde las enormes lámparas colgantes hasta las chisporroteantes velas que iluminan el corazón malherido de la Virgen de Los Dolores. Aparta la mirada de la burda representación porque sabe que sus intenciones son sacrílegas. La figura llora inclinada hacia delante como si estuviese viendo a su hijo derribado, un puñal clavado en su corazón. Se estremece. Eso es exactamente. Un puñal atravesado en el pecho, una espina clavada.
    -Padre, perdóneme, porque voy a pecar...

SEXTO RELATO NACIDO DEL RETO: LAS DOS CARAS DE UN MISMO CUENTO, BY ARIUSK

Lucas



Lucas echó su sombrero hacia atrás de nuevo.

−Bueno “Señorita” ésta es tu última oportunidad o me dices donde está mi hermana o yo…

−¿O tú que?, bruto insensible − Interrumpió la mujer atada a la silla.

Él volvió a gruñir para sí mismo y colocó las manos en los brazos de la silla inclinándose hacia la mujer. Ocultando un sonrisa cansada cuando ella se pegó tanto al respaldo que por poco levanta las patas  delanteras. Se la quedó mirando fijamente a los ojos antes de hablar.

−Ahórrate la lengua viperina y confiesa que trabajas para Raymond y que algo le has hecho a mi hermana. ¿Dónde está ella?

Vio como volvía a entrecerrar los ojos y a dirigirle una mirada desdeñosa, como si él fuese algo pegado a su zapato y no un hombre que la mantenía atada a una silla.

La chica levanto la barbilla en gesto altanero.

−Primero no tengo ninguna lengua viperina, segundo no conozco a ningún señor Raymond y mucho menos a su hermana.

−Entonces explícame por fin como carajo aparecistes tú en su cuarto a la medianoche, en camisón y ella hace puff de repente −él palmeo sus manos para darle más énfasis a sus palabras.

−Cuida tu vocabulario, no se habla de manera tan vulgar delante de una dama − o regaño ella, como llevaba haciendo toda la maldita noche. 

Lucas le enseño los dientes.

−Ah, entonces es una suerte porque no veo ninguna por aquí.

Ante el gesto y la boca abierta de indignación de Katherine (al menos así decía llamarse ella) Lucas tuvo que reprimir una sonrisa inoportuna.

−Eres un…

−Sí, sí, sí. Ya se todo lo que me vas a decir que soy −dijo él deteniéndola e irguiéndose en todo su metro ochentitres−. Ahora solo quiero de ti una explicación y más vale que sea razonable. Porque no voy a creer ni por un momento ese cuento chino de que vienes de New York y…

−¡Pero si soy Neoyorquina! −Lo interrumpió ella por enésima vez.

−Sí, por tu acento podría decirse, pero ¿una neoyorquina del año 1895?, ¡por favor!, ahora una de vaquero quieres.

Él se dio cuenta que ella no entendía la expresión pero esperaba que le trasmitieran muy bien el mensaje de su escepticismo.

−Mira chica, no creo que seas una mala persona y esto podría ser simplemente una bromita que tú y la cabezota de mi hermana Madeleine me están jugando, pero déjame decirte que es una muy mala. Estoy cansado, hambriento y sumamente irritable. Pero aún así siento que algo no anda bien con ella. Soy su gemelo ¿sabes?

La chica lo miro con los ojos abiertos como un búho mientras negaba con la cabeza y guardaba silencio –eso era una variación encantadora-, llevaba escuchando sus quejas toda la noche. La vio, estaba perdida en sus pensamientos. Él trataba de descifrarla; hablaba bastante remilgado y cuando lo vio sin camisa al entrar al cuarto de su hermana para darle las buenas noches y decirle porque llegaba tarde, la chica se había despertado vociferando. Gritando que había un violador en su cuarto. Él pensando que se trataba de su hermana había entrado como un rayo a la habitación y encendido el interruptor hasta que vio que la mujer no era quien él pensaba.

Había estado de pie en la cama, con una mata de pelo que le recordaba al color de la miel recién sacada, enmarcándole el pálido rostro y lo señalaba a él como si fuese el mismísimo diablo. Luego se quedo mirando el cuarto, lo miro de nuevo a él y se bajó tan rápido de la cama que de no ser porque él estaba cerca de la puerta hubiese huido gritando como una condenada posesa.

−¿Entonces hablarás por fin? −preguntó después de un rato.

Ella vatió la cabeza mientras salía de su ensoñación y lo miró a los ojos casi suplicante .

−Ya le he contado todo, al menos lo que puedo contar. No entiendo porque estoy aquí y no conozco a su hermana.

Lucas quería gruñir de frustración, ya llevaban horas en este “jala y afloja”  pero algo en las entrañas le decía que Maddy no estaba bien o al menos que estaba muy lejos. Se sentía igual a como cuando ella hizo ese recorrido con su instituto por las ciudades europeas, al cual él no pudo asistir por estar castigado. Después de todo, incendiar la oficina del director no había sido una muy buena idea, por más que insistiese en que había sido un accidente.

Aun así, esa sensación de lejanía persistía, nunca había sido muy creyente del contacto extrasensorial o lo que fuese esa  “cosa” entre gemelos pero sentía que su hermana  necesitaba de él. Y si esta mujer era la que tenía la respuesta, por Dios que tenía que saber. Respiró para serenarse, se pasó las manos por su espeso cabello y contó hasta diez. Si la única opción era seguirle la corriente a esta loca lo haría.

−Vamos a empezar de nuevo ¿si? −Él no le dio oportunidad de responder−. Supongamos que te creo…

−¿Suponer? −volvió a interrumpirlo.

−Shh, te creo vale. Bueno tú vienes del pasado, eres una neoyorquina del año 1895 y por alguna razón estás atrapada aquí. Ahora ¿Dónde cabe mi hermana en eso?

Ella frunció el ceño, si la situación fuera otra podría apreciar eso como un gesto de enfurruñamiento muy adorable. La mujer muy probablemente no pasaba de los veinticinco años y con esos cabellos color miel y esos ojos pardos pasaría por ser mas que una belleza, eso si las formas que lograban discernirse con ese camisón tan remilgado que llevaba puesto no eran engañosas. Aun así ésta no era otra situación, su hermana no debía pagar por su debilidad masculina, por más hermosa que ésta fuera.

Él vio como apresaba con los dedos de sus pies el ruedo del camisón que cargaba y se tapaba los pies. Puso los ojos en blanco, ¿qué pensaba ella, que verle los pies lo excitaría y terminaría saltándole encima o algo? Una loca definitivamente, hermosa pero chalada.

−No sé que papel cumple su hermana en este embrollo. Sólo recuerdo haberme dormido y después de lo que me parecieron sólo unos pocos minutos de sueño haber despertado aquí, así. Con usted desnudo y entrando a la habitación ¡Dios, como deseo que este sueño termine!, así podré despertar en mi mullida cama, con mis almohadas y un chocolate caliente que nana me traerá en la mañana. ¡No quiero estar aquí!

Lucas se alarmó porque ella parecía estar apunto de echarse a llorar, o era muy buena actriz o de verdad se sentía muy frustrada. Su mención del chocolate terminó por alborotarle más el hambre.

−Vamos, tranquilízate −dijo dándole unos torpes golpecitos por el hombro−. Bajaré a la cocina a encontrar algo de comer para los dos y cuando regrese, quiero una mejor explicación.

Ella volvió a quedarse callada y al contrario de lo que pensaba no le rehyó al pobre gesto que hacia para consolarla. Pero por Dios, esta mujer no necesitaba consuelo, necesitaba a un profesional. Uno que la tratase tras la puerta de algún cuarto de paredes acolchadas.

Se fijó en que ella lo miraba detalladamente por el rabillo del ojo. Sino fuese porque estaba muerto de hambre y angustiado. se habría reído por la manera tan descarada pero disimulada en que lo veía.

−Podría al menos desatarme de la silla  −le preguntó con voz esperanzada.

−Buen intento chica lista −dijo apartando su mano de ella. Ya decía ya que era muy extraño que lo mirase tanto−. Pero no, no quiero que te me escapes mientras busco que comer.

Ella vatió unas enormes y doradas pestañas en su dirección.

−Pero estoy descalza y en camisón, además de que no conozco nada de aquí. ¿A donde podría ir?


* * *

Lucas pensó, y no por primera vez mientras corría a los establos que era el hombre más estúpido del mundo. ¿Por qué coño había desatado a la loca de su silla?, ¿Qué le había hecho creer que no se escaparía?

Claro, que si no, esos ojos pardos llorosos fueron muy engañosos pero no le volvería a suceder en cuanto le pusiera las manos encima iba a… se detuvo en seco al llegar a la puerta.

−Shh, caballito, caballito. Vamos se un buen chico y no hagas ruido  −él observó desde la entrada que conectaba el pequeño jardín con los establos del desvencijado rancho en el que vivía, como Katherine trataba de llevarse su caballo. Sino hubiese estado tan enojado la escena le parecería casi cómica, casi.

−Potranca sólo me obedece a mí −dijo por fin.

Katherine pegó un brinco he hizo un gesto de dolor. Él supuso que se había lastimado los pies descalzos. Mal por ella, si quería adjudicar compasión su momento ya pasó.  La vio enrojecer, seguramente de frustración por sentirse descubierta.

−Salí a tomar algo de aire fresco, yo…

−Ahórratela, ¿quieres? −dijo mientras se acercaba cada vez más a ella. Katherine retrocedió hasta chocar la espalda contra la pared de los establos. A él no le importó, estaba muy enojado.

Él levanto su mano para colocarla al lado de su cabeza pero vio como hacia un gesto,  escondiéndose hacia atrás como si creyera que iba a pegarle. Él nunca le había pegado a una mujer, y por muy furioso que estuviese con ella y consigo mismo no iba a empezar ahora. Aun así se senitó culpable y su rabia se aminoroóun poco. Apartó un mechón de rubio cabello de la frente de ella y se quedó mirándola fijamente.

Que condenadamente bonita era, él estaba muy consciente que debajo del camisón de señoritinga que le tapaba desde el cuello hasta los pies parecía no llevar nada. Ella se le quedó mirando con cautela como si también hubiese reparado en ese hecho.

−No te voy hacer nada, pero estoy muy molesto porque prometiste no escapar −flexionó un brazo y lo apoyó casualmente al lado de la cabeza de ella.

Vio que temblaba al mirar su brazo y supuso que aún tenía miedo de él. A él no le gustaba que sintiese miedo, era hasta indignante pero después de todo ella no lo conocía.

Por fin se dignó a responderle en un susurro estrangulado.

−Necesito saber el porqué estoy aquí.

−Es justo lo que quiero saber yo, pero si de verdad eres de donde dices, salir por el campo con mi caballo no va a resolver nada.

Lucas recogió el brazo, y cruzó ambos sobre su pecho. Se le quedó mirando como si fuese la mujer más tonta de la tierra. Realmente creía que lo era, que pensaba que iba a hacer con su caballo por unas tierras que no conocía y probablemente desnuda. Maldita sea mas vale que dejara de pensar en eso.

Ella se envaró al oír su comentario y se puso muy derecha. Lucas sabía que no estaba acostumbrada a que la tratasen así, y que seguramente desearía tener cualquier arma a mano, una con la que preferiblemente pudiese hacerle bastante daño.

− Prefiero estar en pleno campo que aquí contigo, sin que me creas y molestándome a cada momento. 

−Oh sí, y con un caballo robado − omento queriéndole tomar un poco el pelo, sabía muy bien que Potranca no hubiese sacado ni un casco fuera de la caballeriza con ninguna otra persona que no fuese él.

−Te lo iba a devolver −le respondió ella alzando la barbilla con ese gesto que ya conocía.

−Sí y yo aún creo en Papá Noel. Sabes que muy bien podría llamar a la policía y acusarte por ser cómplice de secuestrar a mi hermana he intentar robar mi caballo − ijo tranquilamente. Ella se alteró visiblemente y cuando sus ojos comenzaron a brillar sus alarmas se activaron, no de nuevo las lagrimas de cocodrilo.

−Debo de haber hecho algo muy malo para merecerme esto.

“Eso dímelo tú” pensó en responderle Lucas, pero en lugar de eso termino soltando un suspiro de cansancio .

−Mira, vamos a hacer algo si voy a darte una ultima prueba de fe. Si de verdad dices ser quien eres − osa que Lucas estaba malditamente seguro que no era−. Debe haber algún registro, alguna foto que pueda comprobar −él pensó que muy probablemente se arrepentiría de esto pero se sentía muy cansado y aunque sentía lejos a Maddy, no intuía un peligro inmediato.

−¿De verdad me ayudaras? −preguntó con visible escepticismo.

 −Lo intentaré, iremos  mañana a New York en mi auto. Será un viaje largo, pero si partimos temprano podremos llegar a la biblioteca publica de allí, si de verdad eres de 1895 debe de haber algún registro. Me dijiste que te llamabas Katherine Swift, si tú padre fue alguien importante de su época probablemente aparezca en algún documento.

Lucas vio su gesto de alivio y esperó que no se tratase de estar alegre por tener más tiempo para lograr escarpar. Esperó con todo su corazón no estar equivocándose con alargar más el tiempo,  porque sentía que su hermana en peligro o no, dependía totalmente de él. 


FIN

Ahora le toca a Hada Fitipaldi redactar el mismo relato pero desde el punto de vista de Katherine Swift.

Saludos!!!

miércoles, 15 de febrero de 2012

¡¡¡ NOTICIÓN !!!

¿Sabían que nuestra querida compañera "Portadora De Sueños", al final se ha animado y ha decidido auto-publicar su novela "Un Juego De Amor"?. Así es, y encima, si te pides un ejemplar antes de que finalice este mes, te llevarás también un lote de lo más suculento. Sigan leyendo y verán a qué me refiero. Pero antes, voy a hablaros de su novela:



Título: Un juego de amor
Autor: Portadora de Sueños
Año: 2012
Género: Juvenil Romántica
Páginas: 200
Medidas: 15x21
Tapa blanda
Editorial: Grupo ULZAMA







Sinopsis: 

Una chica, un chico, una historia de amor que se entremezcla con la fantasía de un mundo llamado Thandem, donde compartirán experiencias que conseguirán que afloren sentimientos y emociones, que jamás imaginaron que podrían sentir.

¿Qué pasaría, si te enamoraras en un juego?

La novela, saldrá a la venta a primeros de marzo, pero para quienes la reserven antes, irá firmada, dedicada y con un marcapáginas muy especial, que ha hecho ella con mucho cariño (Podéis verlo en la imagen de abajo). Y no sólo eso, para hacerlo más especial aún, además de todo esto, entraréis automáticamente en el sorteo de una preciosa camiseta con mucho corazón ^^ que ha causado furor en todos aquellos que la han visto jeje (Imagen de abajo).



Pincha sobre la imagen para agrandarla

Así que, si queréis la novela, ya podéis reservarla mandando un e-mail a esta dirección de correo: 


portadoradesuenos@hotmail.com

¡Ah!, os informo que dicha historia tiene su propio blog oficial y es el siguiente:



Pinchar sobre la imagen para ir al blog

Y ya por último, aquí os dejo el enlace de su ficha de socia por si quieren conocer un poquito mejor a la autora:

¿TE GUSTA ALGUNOS DE ESTOS LIBROS?








¿Te gustaría que te regalasen uno de ellos verdad?, ¡o incluso varios!. Pues no te pierdas lo que muy pronto llegará al club... (sip, algo gordo se aproxíma... ¿no lo notas?).

175. SAUF

Hola a tod@s!, como ven, aquí estoy una vez más presentándoros a la escritora-bloggera que pasa ahora mismo a formar parte del club, y ella es:


SAUF

Y este (que yo tenga constancia), es su único blog:


Y estos sus escritos (los que tiene escritos hasta la fecha de hoy):











Ahi van del primero al último, son de tema generalmente libre, casi todos tienen que ver con ella, y tiene mas pero los va publicando de a poco. Tambiós os cuento que participó en tres libros colectivos de un taller literario y en el libro "Pebeta de mi barrio" que organizó la producción de Malena Muyala (una cantante de tango uruguaya que se interesó en la historia del tango y como repercute en la vida de los barrios).

QUINTO RELATO NACIDO DEL RETO: LAS DOS CARAS DE UN MISMO CUENTO, BY PUKITCHAN (Relato no recomendado para menores de 18 años)

Tras Aquella Ventana

Durante mucho tiempo he pensando en eso pero no le había dado la real atención que debería. Llevaban viviendo ya dos años juntos y la carga de sentimientos aún era tan intensa que la sola separación dolía como esa molesta espina que sólo podía ser arrancada por él.

Louis levantó la mirada suavemente, dedicándole unos cuantos segundos a la ventana que en ese momento sonaba constantemente por los golpes de las gotas de agua que chocaban contra ésta. Llovía fuertemente y sin duda alguna, el atardecer de ese día era demasiado gris para pensar que aún faltaba la noche.

―Me pregunto si estará bien ―exclamó en voz alta.

Si bien Louis no era el hombre más expresivo del mundo, la ausencia de palabras no le impedía demostrar sus sentimientos. Era un hombre alto que rebasa la estatura promedio, además de que a diferencia de muchos otros que pasaban horas en el gimnasio intentando darle forma a los músculos de su cuerpo, para él era más sencillo pues su trabajo era el que lo mantenía en una buena condición física con respecto a sus veintiocho años.

“Aunque trabajar de constructor en un edificio no sea mi empleo soñado.”

Reacomodó las gafas sin armazón que había recorrido el puente de su nariz sin su permiso, para luego bajar una vez más la mirada hacía el libro viejo de hojas amarillentas que leía. Un tesoro que el solía conservar de su juventud cuando creyó que su vida sería lo que él esperaba. Se había equivocado por supuesto, aunque eso ahora formaba parte de su pasado.

Siempre había creído que su vida reinició cuando le conoció y no se arrepentía de ello. Sin bien la vida lo golpeó en la cara muchas veces y lo dejó sangrando, muriéndose de dolor, encontró la manera de sobrevivir. Y sobre todas las cosas, encontró a alguien por quién vivir.

Muchas veces le habían dicho que era ridículo decir que vivía por alguien más. Louis, sin embargo, no lo encontraba tan descabellado. Todo este tiempo, esa persona le había dado el impulso necesario para seguir adelante y aunque quizás nunca lograría a cumplir todas sus metas, estaba ahí, cumpliendo la más importante de todas.

―La realidad es bastante amarga… ―murmuró, tomando entre sus dedos maltratados un vaso lleno de alcohol, mismo que bebió lentamente hasta que su garganta reseca se vio satisfecha.

Louis sonrió mientras observaba la ventana que apenas dejaba ver lo que ocurría afuera. Aunque su visión era reducida gracias a la tormenta, notó el andar conocido de un paraguas negro, seguramente tomado entre las manos de ese chico.

Observó el reloj: Las seis menos quince minutos. Llegaba tarde, como siempre.

Cerró el libro y al levantarse dejó éste en la silla que había recorrido exclusivamente para ver la hora de llegada de su pareja; algunos dirían que era la obsesión de alguien manipulador, quizás hasta su pareja llegara a pensar realmente eso, pero para Louis la verdad era, que todo esto, esas pequeñas acciones formaban parte de lo enredado y maravilloso del asunto. 

Caminó hacia la puerta del pequeño apartamento y caminó hacia ella, dejando su mano en la manija que la abriría. Dado el clima, parecía que el mundo permanecía más callado y tranquilo, permitiéndole a Louis escuchar el andar del otro hombre al subir los escalones que rechinaban a cada paso que se daban sobre ellos. También oyó el sonido de las llaves balanceándose, más antes de que su pareja tuviera tiempo de abrir la puerta, Louis se adelantó, abriéndola él.

―Bienvenido. ―Saludó.

Louis permaneció callado luego de esa única palabra. Contempló los ojos del otro hombre, sonriéndole, mirando sus facciones, su ropa levemente húmeda al igual que su cabello. Louis por su parte, vestía solamente un bóxer negro y una playera sin mangas blancas que revelaba ―además de su cuerpo―, el frío que estaba claramente sintiendo pero que aparentaba no tener.

Levantó su mano con un dejo de diversión en el brillo de sus ojos. Colocó una mano en la nuca del otro, y de este modo, cerrando violentamente la puerta y atrayéndolo a él a su cuerpo, pegó posesivamente la fría anatomía de su pareja a su cuerpo un poco más tibio.

―No debí dejarte ir a trabajar esta mañana…

Sólo eso, no más. Sus labios se apoderaron de los del otro, besándole con una pasión desmedida que quizás nadie más sería capaz de dar, porque la manera de amarse de dos hombre era muy diferente al resto: pasión, deseo, desesperación, torpeza, dificultad…

…Bah, era igual el amor en cualquier lado en el que lo mirara.

Lo que lo hacía diferente, eran las personas que estaban dispuestas a entrar al juego.

Louis descendió sus manos sin cautela, arrancado la ropa, quitando con desespero los suéteres y la camisa para llegar finalmente a esa helada piel que comenzó a lamer iniciando por los hombros. No era delicado, era una real necesidad que se veía envuelta de las caricias del amor.

En verdad era amor.

Lo recargó en la puerta, bajando sus manos para deslizar tanto el cinturón como el zipper de su pantalón, hasta finalmente dejarlo desnudo entre sus brazos. Y no es que no ansiara estar con él en otra clase de momentos, era que desesperadamente deseaba volver a amarlo, de entregarle el flujo de amor que durante horas se había acumulado en su corazón y que ahora, con cada agitado palpitar se liberaba con tanta fuerza, que sentía la adrenalina correr entre sus venas.

Recorrió con sus manos la anatomía ajena, sus músculos tensándose, sus pectorales, el área de su abdomen, apoderándose con ambas manos de sus glúteos para finalmente llegar a aquella extensión que sobresalía en su cuerpo.

Diferente a cualquier otra ocasión, Louis mantenía la luz prendida y la cortina de la ventana abierta, aunque no es que se pudiese ver mucho a través de ésta realmente. Era una manera de hacerlo más suyo, de poseerlo y no olvidar ningún detalle de su cuerpo y sus deseos. Porque, al menos para Louis, él era su todo.

Nunca sabía que pensaba su pareja de toda esta situación, quizás porque Louis no era muy bueno imaginando, sino escuchando. De la misma forma en la que no podía expresarse con palabras, sino con gemidos.

Al inclinarse, lamió con calma el largo del sexo ajeno, saboreándole, intentando descubrir hasta donde podía resistir él o su pareja con ello. Sujetaba las piernas del otro, rasgándolas apenas para marcarlas.

Escuchaba de todo, jadeos, suspiros, su nombre, aquel nombre. No era una cuestión de imaginación o de sueños desbordados; su realidad se había vuelto una realidad franca,  a veces difícil pero siempre… siempre estaba él, ahí.

―Te amo… ―musitó, besando ahora su nuca. De cara contra la puerta, lo tenía ahí, mientras lo abría con su propio miembro. Sabía que debía ser doloroso por la escasa preparación, pero el deseo de hacerlo suyo lo había superado.

Aun así, agitado y al mismo tiempo lleno de un sudor que le provocaba espasmos de placer al recargarse en la espalda del otro mientras se hundía en su interior, eso no evitaba que su voz entrecortada por el placer le susurra al oído del otro las diversas formas en que se podía amar a alguien.

Lo demás, la incertidumbre, el dolor, el cansancio de una continua frustración en su vida, todo se iba a cualquier otro lado. El hombre al que hacía suyo, en el que salía y entraba constantemente y a distintos ángulos para poder golpear su punto g, ese hombre era al que no dejaría ir nunca de sus brazos.

“Huir es fácil, encontrarte mucho más.”

Jalando sus cabellos, reclamó un profundo beso mientras lograba que el sexo ajeno golpease duramente la puerta, lastimándolo y estimulándolo. Ya no era una cuestión de amor o de placer, era algo más profundo que superaba al mismo amor y llegaba a los límites de la obsesión, sin pretender nunca herir de más a esta persona.

―Te amo… ―repitió en un gemido ronco.

Afuera, la tormenta había aumentado, cubriendo los gemidos de aquella noche apasionada. Inclusive llevándose también cualquier rastro de pena antes formado en la situación de un apartamento alejado, de aquel martes cualquiera…

Al derramar su semen en el interior del otro, al hacerlo una vez más suyo, marcarlo vilmente, se dio cuenta de lo cerca que estaba del cielo. No, mejor aún, lo tenía entre sus brazos. ¿Hasta cuando? No lo sabía, pero sí sabía y creía que los humanos no podían tomar para siempre lo que estaba más allá de sus límites mortales.

Salió lentamente, sosteniéndolo sin alejarse. Le giró con calma, buscando aquel rostro que tantas veces había visto pero del cual no terminaba de grabarse completamente, detalle tras detalle.

Sólo hasta ese entonces, notó cuán vacio podía ser. Ni siquiera una pregunta de cómo estaba, si había tenido un buen día… alguna pregunta que pudiese relacionarse con algo más que la pasión con la que lo poseyó.

Lo miró fijamente, arrepentido, pero sinceramente preocupado por él, acariciando su rostro atractivo y esos ojos que se habían clavado como dos dagas en lo más profundo de su alma.

―No sé muchas veces lo que piensas, no sé qué puede suceder contigo en algunas ocasiones, desinteresado quizás me verás, o tal vez ambicioso, es un jucio tuyo que yo me atreveré a cambiar porque es la imagen que te he dado todo este tiempo de mí.

Esperó su respuesta, mientras le abrazaba con ternura, recargando en el hombro del otro su frente, tembloroso, sin saber qué hacer exactamente.

―Decide si quieres irte o quedarte… si es esta noche la última o mañana en la mañana…. O tal vez nunca te quieras ir ―Tragó saliva, sosteniéndolo más fuerte. ―Tienes la decisión ahora en tus manos.

Louis guardó silencio total cuando esperó la respuesta. La voz de su pareja comenzó a sonar en la habitación y finalmente…

…una lágrima cayó.

―De verdad… te amo ―musitó, cerrando sus ojos. Aspirando su aroma…

…amándole hasta el final. 


FIN 


Ahora le toca el turno a Nina Neko, desde el punto de vista del amado de Louis. Saludos!