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martes, 13 de diciembre de 2011

"ESCLAVOS DE LAS SOMBRAS" MITCHELL PARTE 8 By D.C. López (+18)



Definitivamente, no había duda alguna, concentrarse en conducir un BMW 530d negro era una tarea difícil si al lado se tenía a una hembra atractiva vistiendo de manera tan provocativa. Al menos así lo pensaba Mitchell, que tuvo que hacer un esfuerzo enorme para poder mantener la vista clavada en la carretera y no en las hermosas piernas de su acompañante. 

Jennifer vestía un ceñido vestido color burdeos que apenas le llegaba a la altura de las rodillas, mostrando una generosa porción de las mismas. Ésta, ajena a la gran atracción que ejercía en él, miraba distraída por la ventanilla observando el panorama nocturno de las calles de Londres.

Removiéndose incómodo en su asiento, el exterminador acomodó como pudo su reciente erección. Pensar en la fina lencería roja que llevaría puesta bajo esa diminuta prenda no ayudaba mucho. Encontrarse en ese estado de excitación lo ponía confuso. No entendía cómo podía reaccionar así si ella ni si quiera le había mostrado sus íntimos encantos ni le había puesto en ningún momento la mano encima. Pensó que quizás era debido a su larga abstinencia con el sexo, por que para él hacerse de vez en cuando una paja en la ducha no contaba. Pero no podía haber otra explicación, era imposible concebir en su mente que el posible motivo de esa extraña atracción y deseo descontrolado fuera fruto de un enamoramiento.

"¡Joder!, la falta de un buen polvo me está volviendo loco. ¡Si hasta deliro y todo!", pensó con frustración mientras volvía a concentrarse en la conducción. Ya faltaba poco para llegar a la base central donde sus colegas les estarían esperando acompañados de las otras dos mujeres. "¿Cómo le habrán ido a ellos durante todo éste tiempo?, ¿también se habrían sentido atraídos por sus protegidas?", se preguntó con curiosidad y se dijo que, cuando encontrara la ocasión ideal, sacaría el tema.

Al fin, ante ellos, se divisó no muy lejos el gran e impenetrable inmueble, majestuoso como una enorme fortaleza. Después de acceder al perímetro del mismo, dejó que las ruedas del vehículo se deslizara por el suelo en dirección al garaje. Lo estacionó junto a los dos coches lujosos de sus amigos. Kairós y True ya habían llegado, como había supuesto.

Él fue el primero en apearse del coche y con paso firme se acercó a la otra puerta y la abrió para que Jennifer hiciera lo mismo. La joven vaciló un poco antes de hacerlo, pues era consciente de que desde el ángulo donde se encontraba Mitchell esperando con la puerta sujeta, éste tendría un gran panorama de su escote acentuado. Encima, para poder bajarse del auto era necesario inclinarse un poco y con tan escasa tela, fijo que revelaría más de lo que tenía pensado. Con un suspiro de resignación lo hizo y a los pocos segundos ya estaba de pie, esperando a que Mitchell cerrase la puerta y la guiara hacía el interior del edificio.

Pero éste, con la mirada encendida y fija en ella, no hizo lo que ésta esperaba. Antes de que se diera cuenta si quiera de cuáles eran sus intenciones, el hombre se había abalanzado sobre ella y la presionaba contra el auto con su imponente cuerpo. La mujer lo miró con sorpresa, revelando que no estaba para nada preparada para ese inesperado acercamiento. Su respiración se volvió agitada, su corazón latió con más velocidad y sus piernas temblaron con nerviosismo. Jennifer estuvo en todo momento sosteniéndole la mirada, sin decir nada y sin moverse, esperando a que él diera el siguiente paso. Sabía lo que él acabaría haciendo y eso la ponía por momento más nerviosa, y para que negarlo, también más excitada.

Mitchell, con demasiada lentitud deliberada, apoyó ambas manos sobre el techo del coche, a cada lado de ella. Sin miramiento alguno, dejó que su cuerpo presionará con más fuerza el de ella, que estaba visiblemente tembloroso. A la mujer no le pasaría desapercibido el estado en el que él se encontraba en ese momento, y más después de que sus ojos se llenaran con la visión de aquellos senos apenas ocultos bajo la tela de su vestido. Aquello fue la gota que colmó el vaso; su autocontrol se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos. Tenía que hacerla suya. Probarla. Sentirla fundiéndose con su piel. Tenía que besarla. Ahora.

Con un poco de reparo al principio, Jennifer aceptó los labios de Mitchell y se dejó besar. Sabía que estaba cometiendo un error, y uno muy grande, pues después de ese beso ella quedaría oficialmente enamorada de él y eso era lo que menos quería en el mundo. Sus vidas estaban predestinadas a seguir por distintos caminos y ella lo sabía. Era consciente de que él no la amaba, que sólo era atracción sexual lo que sentía por ella -al menos, su dura erección que se presionaba contra su vientre demostraba eso-, y nada más. No debería permitir que él la sedujera y luego la abandonara, rompiéndole el corazón en mil pedazos. Esa realidad la hizo regresar al presente y que tomara la decisión de romper aquél beso demoledor que tanto le estaba gustando. Muy a su pesar, apoyó sus pequeñas manos sobre el musculoso torso del hombre y empujó con fuerza para apartarlo. Él se dejó mover sin poner resistencia alguna.

Una vez que su boca fue liberada, boqueó en busca de oxígeno, se apartó del auto, de su lado y le dio la espalda.

-Esto... creo que deberíamos apresurarnos, nos están esperando -dijo al fin con la voz entrecortada. Aún podía saborear el delicioso sabor de Mitchell en sus labios hinchados y por un momento se planteó regresar a sus brazos y dejarse besar de nuevo. Pero por su bien y por su cordura, no debería ceder a sus impulsos de mujer; tendría que mantener a raya sus alteradas hormonas.

Mitchell se quedó por un momento petrificado, sin moverse ni decir nada. No sabía que pensar, había notado como ella le había respondido al beso, como inconscientemente su espalda se había arqueado en respuesta, buscando acercarse más a él y profundizarlo a más no poder... y luego, como si le hubieran echado un balde de agua fría encima, rompió el contacto abruptamente. No tenía muy claro la razones por las que había actuado así, pero supuso que era debido a que no era el momento adecuado, ni el lugar apropiado. A parte, les estaban esperando para cenar. Aguardaría a estar de nuevo en la intimidad que otorgaba su casa para seducirla otra vez.

-Tienes razón, ya llegamos con retraso -dijo al fin, mientras sacaba un cigarrillo y se lo ponía en la boca después de habérselo encendido. Le ofreció uno, pero la chica lo rechazó con la cabeza-. Pero esto no se va a quedar así -la mirada intensa que acompañó la amenaza implícita, hicieron que Jennifer se encogiera internamente de deseo-, en casa retomaremos el asunto por donde lo hemos dejado.

Y antes de que ella pudiera decir algo sobre el tema, se puso en marcha y comenzó a cruzar el garaje en silencio, mientras le daba largas y profundas caladas a su cigarrillo. Jennifer, nerviosa y algo desconcertada, lo siguió sin decir nada tampoco.

En cuanto ingresaron en el interior del edificio, vieron a sus amigos que estaban esperando de pie junto a la puerta del salón, donde estaba todo dispuesto. La gran mesa estaba ya preparada, esperando a que los seis ocupantes tomasen asiento. Después de que todos ellos se saludaran e intercambiaran unas cuantas palabras, se sentaron y se dispusieron a cenar.

Una hora después, los seis estaban reunidos en la sala de juego, listos para comenzar con la reunión que tenían pendiente. Jennifer y Lila decidieron jugar al billar mientras tanto, así les dejaban un poco de intimidad para que pudieran hablar de sus cosas. Eveline fue la única que se mantuvo cerca de ellos, expectante, pero guardando las distancias.

-Bueno chicos, a lo que veníamos -dijo Mitchell después de servirse una generosa copa de Whisky escocés-, ¿que coño pasa contigo Kairós?. Lo tuyo no es normal y tú vas y no nos cuentas nada. Si no llega a ser por el novato que vive contigo no nos enteramos de tu problema ¿En qué estabas pensando?, ¿cuando pensabas hablarnos del tema?.

Lo miró fijamente esperando una respuesta. Aunque estaba un poco enfadado con él por ocultarle aquello, no podía dejar de preocuparse por su amigo.

Kairós tomó otra calada más del cigarrillo que sostenía entre sus dedos y lo miró al mismo tiempo que las palabras de su amigo se filtraban en su mente.

-¿Y qué decir?, ¿qué soy una columna de alta tensión?. Ya solucionaré mis problemas yo solo, Mitchell.

-Tranquilos chicos -dijo True viendo que la conversación se ponía tensa-, Kairós, es normal que estemos preocupados por ti -añadió mientras seguía el ejemplo de Mitchell y se servía una generosa copa de licor-. ¿Tienes alguna idea de que es exactamente lo que te está pasando?.

-Empezó hace unas semanas... Apenas recuerdo el día. Creo que la edad nos acaba pasando factura y ahora debo controlar ésta situación -explicó de la misma manera que se lo explicaba a sí mismo cada día.

-¿En serio crees que es por esa razón? -preguntó Mitchell con sarcasmo. Ellos eran inmortales, no envejecían ni nada por el estilo. Entonces, ¿por qué creía su amigo que era cosa de la edad?-, Si no te has dado cuenta aún Kairós, somos "Exterminadores".

Le dio un largo trago a su copa y procedió a encenderse un cigarrillo también. Intentó encontrar una verdadera razón para el extraño problema de su amigo, pero la verdad era que no daba con ninguna respuesta. Era la primera vez que pasaba algo así con uno de ellos. ¡Cosas de la vejez!, había insinuado Kairós y eso dejaba a Mitchell desconcertado... Y fue entonces cuando cayó en la cuenta de que ni siquiera sabía su verdadera edad.

-Os voy a contar algo que el resto no sabe, cuando el primer exterminador tuvo un hijo ese fui yo. Soy el más antiguo con lo cual no sabemos si la edad es un factor de riesgo o no -miró a Eveline y recordó que lo que más ansiaba era que la humana se fuera de su casa.

Ese comentario consiguió que todos los presentes guardaran silencio y lo mirasen con expectación, esperando a que continuara con su explicación.

-Mi edad es irrelevante. Lo que realmente me preocupa es qué hacer con las mujeres, bastante tengo con Hedred y no quiero a nadie más en mi casa -y mucho menos hablar de su edad, aunque aquello no lo digo en voz alta.

Aquella revelación dejó a los chicos de piedra. Si realmente él era el primer exterminador en nacer en la tierra, eso quería decir que el hombre tenía muchos años, demasiados. Y como él mismo había reconocido, debido a que había tenido una larga vida y había superado con creces a la de otros, no sabían que era exactamente a lo que se estaban enfrentado. El exterminador más antiguo del que se tenía constancia no llegaba ni al milenio y nunca antes se oyó hablar de que éste padeciera problema alguno con sus poderes. Entonces, ¿que solución podían darle?. Eso, se temían, era algo que no podían averiguarlo de momento. Por ello, los chicos se concentraron en otro asunto también preocupante; las chicas.

-De eso mismo quería hablar yo -espetó True con interés-, ¿que vamos a hacer con ellas?.

-Uno de los vampiros que escaparon la noche del ataque ya ha sido eliminado -comentó Mitchell, clavando su intensa mirada en sus compañeros que ahora más que nunca le prestaban toda su atención-, hace un par de horas que me lo encontré intentando dejar seco a un pobre desdichado. Le hice morder el polvo.

-Entonces...  sólo queda uno -sentenció True, mirando con intensidad a Lila.. El vampiro que aún estaba libre era nada más ni menos que Christian.

-Bueno... -dijo con timidez Eveline-. Siento interrumpir pero también queda el asunto de tu padre Kairós... Mmm...... Ese... ¿Castiel se llamaba?.

Kairós miró con ira a la humana, lo que hizo que ella bajara la cabeza y se refugiara en las otras chicas. Se acercó a ellas y buscó su compañía.

Kairós se llevó las manos a la cabeza y esperó a que la tormenta se destara. Los otros dos exterminadores lo miraron con estupefacción, no creyendo lo que acaban de oír.

-¿El hijo puta de Castiel es tu padre? -preguntó incrédulo Mitchell, a la vez que apretaba con fuerza su copa. Ésta acabó hecha añicos, desparramando sobre el suelo el valioso líquido dorado y los pequeños trozos de cristal.

-Cálmate -gruñó True conteniendo su propia ira, no era el enterarse repentinamente del árbol genealógico de su amigo lo que le enfadaba, era la falta de confianza de éste-. Seguramente tiene una explicación -añadió, con la vista puesta fijamente en Kairós.

-Creo amigo mío que tienes mucho que explicar -dijo Mitchell al fin, manteniendo su cólera a raya  y clavando también su mirada sobre él. Su mano sangraba, pero el hombre parecía no darle importancia alguna. En cambio, Jennifer dejó la partida de billar a medias y se acercó a él sin vacilar. En silencio, se la cubrió con una servilleta de papel, deteniéndole así el sangrado.

-No tengo intención de discutir con vosotros chicos -dijo mirándolos intermitentemente-. Sí, mi padre es Castiel -aquella afirmación lo llenaba de odio-. No es algo de lo que esté orgulloso, por eso no quería que tuvierais constancia alguna sobre eso para no compararme con ese monstruo. No soy él -dijo recordando cuánto ansiaba Castiel que su hijo fuera como él.

-Pero ahora que papi te hace unas visitas, se ve el futuro un poco negro para ti amigo -soltó True por lo bajo.

-¿Que estás insinuando?, ¿que soy vuestro enemigo?. No lo soy, no pertenezco a la panda de patanes de Castiel. Que sea mi padre no me convierte en él.

-¡Esta bien!, ¡calmaros! -explotó Mitchell. El ambiente se estaba poniendo caldeado y no era precisamente debido al humo de los cigarrillos-, ya hablaremos de eso en otro momento. Aún tenemos pendiente lo del tema de Christian. ¿Tenéis algún plan?.

-Si sigue libre y es nuevo en esto, lo único que debe estar esperando es encontrar el momento apropiado para saltar como el animal que es, sobre Lila -True la miró de reojo por un instante-. Tendremos que mantener vigilado su edificio, por si apareciera.

-No quiero a nadie situado en mi casa; si alguien debe de ir a vigilar, ese alguien seré yo. Mis vecinos llamarían de inmediato a la policía si ven a un sospechoso merodeando por los alrededores y si oyen gritos desde mi departamento saldrían a mirar -agregó Lila cruzando los brazos sobre su pecho. True habría gritado, pero se contuvo a si mismo para explicar en un tono agrio y oscuro sin quitarle lo jocoso:

-Tus vecinos, no lograrían dar un paso a la entrada de sus departamentos antes de que Christian te tuviera entre sus manos, sin descartar el hecho de que son humanos y morirían como moscas. Y si oyeran los gritos provenientes de tu departamento, es que Christian ya está allí -la miró desafiante-, no pasarás ni un segundo a solas con él. Nosotros nos haremos cargo de esta situación. Ni tú ni ninguna de vosotras tienen nada que hacer más que permanecer seguras y dejarnos el trabajo a nosotros -True miró a Mitchell esperando apoyo.

-Vosotras ya habéis comprobado lo peligrosos que pueden llegar a ser estas bestias. Esto es asunto nuestro, para eso somos los exterminadores -aclaró Mitchell tras darle una última calada a su cigarrillo, mientras observaba como True lo miraba con una mueca de agradecimiento dibujado en su rostro.

-Esta bien, ya no se hable más del tema. A partir de esta misma noche, procederemos con la vigilancia nocturna en dicha vivienda. Enviaremos a dos de los nuestros para que hagan el trabajo y así se hará durante todas las noches hasta que atrapemos a ese perro -sentenció Kairós, dando por finalizada la conversación.

-Muy bien -True miró al exterminador que acababa de hablar dándole a conocer con la mirada que su furia seguía activa-. Si no hay más revelaciones por hoy, hemos terminado.

Apuraron sus copas hasta no dejar gota alguna, le dieron la última calada a sus cigarrillos y después de que se pusieran en pie, se despidieron y cada uno tiró por su lado. Mitchell y Jennifer fueron los últimos en salir de la estancia. Andaban uno al lado del otro en silencio por el largo corredor, hasta que el hombre se detuvo ante una puerta de madera.

-Espérame, no tardo -le dijo sin esperar respuesta alguna.

Se adentró en los servicios, se quitó el improvisado vendaje de la mano tirándolo a la papelera más cercana y se miró la herida. Ya había dejado de sangrar y los cortes estaban cicatrizando a gran velocidad. En pocos minutos apenas quedaría señal alguna y en un par de horas, las líneas sonrojadas habrían desaparecido sin dejar rastro alguno.

Apoyó ambas manos sobre el lavamanos y se miró al espejo. La imagen que reflejaba éste de él, era la de un hombre preocupado, enfadado con toda aquella situación y frustrado sexualmente.

-Estas hecho un asco -se reprimió a sí mismo-, ¿de esta guasa piensas seducirla? -arqueó una de sus cejas negras y su imagen le devolvió el gesto-. La llevas claras chaval.


1 comentarios :

María León dijo...

Hola! No sabes cuan feliz me hace que quieras que siga mi historia, bueno, creo que necesitas una explicacion. Deje de escribir por tanto tiempo porque la historia me parecía muy infantil y no lo suficientemete buena (es que soy muy exigente conmigo misma). O sea, ya no sentía ganas de seguir. Pero hace como uan semana la releí y me sorprendí al ver que no era tan mal. Sí, es contradictorio. Bueno, mi profesora de castellano dice que es parte de mi personalidad ser así de inconformista. Entonces comencé a escribir el octavo capítulo. Creo que no faltan muchos para que termine la historia. Gracias por acordarte de mí. Cuando lea Hilo Rojo del Destino te digo que me pareció. Besos y cuidate.