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miércoles, 7 de diciembre de 2011

RELATO Nº 26 PARA LA ANTOLOGÍA NAVIDEÑA (No Paranormal) By Maga De Lioncourt

Baile secreto


Punta del Este, 1927.
 

Amelia pasó la página del libro y volvió a sumergirse en la lectura. El sol de la tarde se derramaba por el jardín como un mar cuyas olas se impulsaban cada vez un poco más para beber su piel blanca, pero ella se mantenía a resguardo bajo el pórtico de la casa, sentada en el segundo escalón de madera corroída por el paso del tiempo y el salitre del océano.
Llevaba en ese rincón apartado del jardín horas completas, devorando el último libro que había conseguido en la librería de don Carlos antes de salir de vacaciones. Suponía que el resto de la casa dormía la siesta y tendría aún una hora más de soledad. Luego tendría que entrar y prepararse para el té de la tarde y estar lista para comenzar a recibir a los invitados de sus tíos.
Esa noche sería Noche Buena, y parte de los vecinos y amigos de la ciudad que vacacionaban en el balneario estaban invitados a la gran cena que cada año brindaba la familia Anchorena. La cena sería antes de medianoche, pero el baile que le seguiría podría extenderse hasta el amanecer.
Significaba una ocasión importante para la familia. Todos habían dejado sus obligaciones para dedicarse a descansar y festejar en la casa del balneario, y fiel a ello Amelia aprovechaba cada segundo que podía de intimidad, disfrutando de uno de sus pocos placeres: la lectura.
Una sombra cayó de repente sobre Amelia y al levantar la mirada encontró una impresionante silueta masculina dibujada contra el sol.
Una silueta imposible de no identificar.
─¡Mira dónde se esconde la señorita! ─exclamó Jorge, con fingido tono admonitorio.
─No me escondo: leo. Deberías intentarlo alguna vez ─contestó Amelia, y de inmediato fingió volver a enfrascarse en la lectura, como si fuera posible ignorar su presencia, sintiendo como su corazón, momentáneamente paralizado, volvía a latir de forma descontrolada.
Ni lerdo ni perezoso, Jorge estuvo a su lado de una zancada y con la misma agilidad se sentó y atisbó sobre el hombro de Amelia las páginas que habían dejado de tener algún sentido para ella.
─"Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones. De palomos, de buitres, de corzos, de leones, no hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor…"[1] Mmm… y dices que no te escondes, pero sería comprensible dada la lectura que has traído.
─No me avergüenza leer a Delmira, si es lo que insinúas ─la voz de Amelia sonaba dura, tocada su sensibilidad por lo que intuía como velada crítica.
─¡No lo digo por eso! ─Jorge levantó las manos en señal de rendición─. Pero creo que no tengo que explicarte lo que ocurriría si tu madre o la mía te encuentran con ese libro…
Amelia suspiró con pesar.
─Lo sé. Pese a que ya no soy una niña de parvulario mi madre se empeña en controlar hasta lo que decido leer.
─Bueno, alguien tiene que vigilar a las chiquillas como tú ─Jorge achinó los ojos verdes y con su mejor expresión de indiferencia miró hacia el horizonte, mientras sentía sobre sí la mirada indignada de Amelia.
Bien que sabía que la joven había celebrado su décimo sexto cumpleaños dos meses atrás, pues pese a encontrarse en la universidad, había recordado la fecha y le había enviado una bonita y delicada cajita de música que veía día a día expuesta en una de las vidrieras del centro y que sabía que sería de su agrado. Pero todo fuera por hacerla enfadar un poco, por los viejos tiempos.
Amelia y Jorge se conocían desde muy pequeños, cuando ella y su madre llegaron una lluviosa noche de junio y se quedaron en la casa de los Anchorena. Amelia era por aquel entonces una pequeña de cuatro años de ojos negros muy grandes que apenas decía palabra a causa del shock, según escuchó decir al servicio doméstico en varias oportunidades. Jorge recordaba la primera vez que la vio, aferrada al abrigo húmedo de su madre, detenidas ambas junto al umbral de la casa, pálidas y desamparadas.
El padre de Amelia se había quitado la vida después de haber perdido todo su dinero en el hipódromo mientras su pequeña hija dormía en la habitación de al lado, dejando a su esposa sin ningún  medio económico que les permitiera subsistir. Antonia Sarmiento no había tenido más remedio que recurrir a la única familia que tenía entonces en Montevideo en busca de apoyo: su prima segunda Elsa y su marido Julio Anchorena, quienes no dudaron en cobijarlas bajo su techo y brindarles un hogar permanente.
Se habían criado juntos los tres, Amelia, Jorge y Cicí, la pequeña hija de los Anchorena, y, pese a que él era cuatro años mayor, habían sido muy unidos, compartiendo un trato fraternal sobre todo al momento de discutir o molestarse unos a los otros. Por esa razón, Jorge sabía muy bien cuánto podía hacer rabiar a Amelia tratándola con condescendencia.
Y ella sabía muy bien como devolverle el trato.
─Me sorprende verte tan cómodo en el jardín. Pensaría que los vicios adquiridos con tus amigos universitarios te mantendrían entre cuatro paredes, holgazaneando y fumando donde no te viera tu madre ─comentó con sorpresa.
─Me quedé sin cigarrillos, ya sabes cómo es eso… Aunque no, quizás no lo sepas… ¡Auch! ─exclamó, al sentir el impacto del libro contra su brazo. Volteó a ver a Amelia y por un momento sintió deseos de echarle la lengua para robarle una sonrisa, pero se contuvo.
─¡Qué niño grande más delicado! ─se burló ella, blandiendo el libro ante sus narices.
─En realidad, te estaba buscando.
─¿Por qué?.
Jorge le sonrió al contestar.
─Cicí te busca. Dice que es hora de practicar no sé qué baile.
Amelia hizo un gesto muy poco femenino. Cicí estaba emocionada con la fiesta que se celebraría por la noche. Sería la primera ocasión en que se le permitiría asistir al baile tradicional y quería que todo fuera perfecto. Amelia no se sentía capaz de compartir su entusiasmo, aunque también sería su primer baile. Sus respectivas madres habían decidido que Amelia no quedara fuera de la celebración, y pese a ser un año menor que Cicí se le permitiría interactuar con los adultos.
Pero ella lo veía como una obligación antes que como un privilegio. Y si Cicí estaba feliz por el acontecimiento, ella pondría su mejor cara y le seguiría la corriente. Después de todo, Cicí era su mejor amiga, su hermana de crianza, y estaba dispuesta a hacer lo que fuera por verla contenta.
Miró hacia la casa esperando verla detrás de alguna cortina, pero todo permanecía imperturbable.
─De verdad pensé que bromeaba cuando mencionó que practicaríamos el baile… de nuevo.
─Cicí nunca bromea con eso ─respondió Jorge, sonriendo con cariño.
Amelia pensó que eso era muy cierto. Si algo apasionaba a su amiga era la moda, la música… y Raúl Caballero, cierto amigo de Jorge, por el que llevaba suspirando desde que éste lo llevara a su casa años atrás, durante las vacaciones del colegio.
Pero ese detalle era mejor que Jorge lo siguiera ignorando…
Amelia suspiró nuevamente y al irse a poner en pie la sorprendió la mano de Jorge tomándola del brazo.
─Déjame decirte que la vi tan emocionada que me ofrecí a ayudarlas con el ensayo ─le dijo, volviendo a dibujar en su boca carnosa un gesto de burla.
Amelia lo miró con desconfianza.
─¿Vas a bailar con nosotras?.
─Así es.
─No, espera ─Amelia movió las manos en el aire─, déjame que replanteé esa pregunta: ¿vas a bailar con nosotras todas las canciones que se le ocurran a Cicí?.
Los ojos de Jorge brillaron y la miró como si se hubiera vuelto loca.
─Por supuesto que no. Bailaré una o dos canciones y después me marcharé a hacer cosas de adultos.
─Claro ─asintió Amelia─, como comprar cigarrillos.
─¿Sabes?, a veces eres muy lista.
Jorge se puso en pie y extendió el brazo para ayudar a Amelia. Ella aceptó su ayuda, con gesto algo sorprendido, y caminó a su lado por los pasillos del jardín.
Cicí los esperaba en el salón, revoloteando, como solía decir su tío Julio, en torno al gramófono. Se veía elegante y adulta con su vestido de finos tirantes que le cubría apenas las rodillas y su corte de pelo al estilo garçonne[2], como lo definían en las revistas. Amelia admiraba la elegancia y singular belleza de su prima, aunque a su lado soliera sentirse como de una época antigua, con el cabello largo hasta la cintura peinado en una trenza y sus vestidos de falta plisada de colores casi infantiles.
Al verlos entrar, Cicí aplaudió con entusiasmo.
─¡Al fin están aquí!. No nos queda mucho tiempo antes de la hora del té, así que me adelanté escogiendo la música.
Se acercó a Amelia y a su hermano y tomándolos de la mano los llevó al centro del salón. Allí  dispuso de ellos a su antojo, como si fueran muñecos de tamaño natural. Los paró frente a frente y los colocó en postura de baile, a la distancia indicada.
Amelia y Jorge, acostumbrados al modo de ser de Cicí, se dejaron hacer, sonriendo con complicidad.
─Comienza a picarme la nariz ─susurró Jorge con suficiente volumen para que su hermana lo escuchara─, ¿crees que podría rascarme sin que se dé cuenta de que tengo voluntad propia?.
─Creo que podría golpearte si te mueves sin su permiso ─respondió Amelia de igual modo.
Cicé les habló desde el gramófono, sin dejar de manipular el instrumento.
─Creo que Amelia tiene razón.
─¡Uh, uh! ─exclamó Jorge, moviendo las cejas exageradamente haciendo reír a Amelia al tiempo que la música comenzaba a sonar.
El particular sonido de los clarinetes, trombón y bajo inundó la habitación. Se trataba de un disco que Julio había traído de uno de sus viajes por Estados Unidos, de una banda que se había hecho muy popular y que se acostumbraba a escuchar en todas partes: King Oliver’s Croele Jazz Band. La canción era Dipper Mouth Blues, y  al reconocerla Jorge se encogió brevemente de hombros y tomando a su pareja con más firmeza comenzó a guiarla en una entusiasta danza.
Era un baile que requería mucha agilidad y energías y ellos estaban más que preparados para dar lo mejor de sí. Juntos avanzaban y retrocedían intercalando piernas, se ponían de lado y cruzaban los miembros al estilo Susy Q, se tomaban de una mano y sacudían la otra y luego giraban y repetían el paso con la otra mano… Era todo un espectáculo verlos bailar.
Cuando la música llegó a su fin ambos rieron y se brindaron un breve aplauso.
─¡Bailas estupendo! ─la alabó Jorge, sin poder ocultar del todo la sorpresa que este hecho le despertaba.
─Gracias ─respondió Amelia, inesperadamente humilde.
─No es necesario decir quién le ha enseñado esos pasos... ─comentó Cicí, que consideraba la modestia algo inútil y anticuado.
Jorge optó por ignorar a su hermana quien volvía a rebuscar entre los discos para seleccionar una nueva canción y le comentó a Amelia que ya que la danza se le daba tan bien, seguro podría ser una gran bailarina de tango.
─¿De tango? ─Amelia abrió grande los ojos ante el inesperado comentario.
─Sí. ¿Alguna vez has bailado?.
─No, ¿dónde crees que podría hacerlo?.
─De tener más edad, te llevaba a bailar la próxima vez.
─¡Pero qué dices! ─rió Amelia, sin salir de su asombro.
─Te lo digo en serio ─Jorge volvió a acercarse a ella, le apoyó una mano en la cintura y tomó una de sus manos, entrelazando los dedos─. Yo te puedo enseñar un par de pasos ─continuó, al tiempo que la guiaba con delicadeza dando pasos largos y cortos por el salón.
Amelia intentaba seguirlo lo mejor que podía, cautivada por su mirada y por la sensación tan maravillosa que siempre le ocasionaba tenerlo a su lado. Sonreía sin darse cuenta, de modo mecánico, feliz de encontrarse entre sus brazos, viéndose reflejada en las verdes profundidades de sus ojos.
Jorge a su vez podía imaginarse bailando con Amelia en medio de un cabaret, llevados por la música de alguna gran orquesta que estuviera tocando en la ciudad en ese momento, embrujados por la voz potente de alguno de los buenos intérpretes de tango que había tenido el gusto de escuchar. Amelia robándose las miradas apreciativas de hombres y mujeres y él feliz de tenerla a su lado, de sentir su cuerpo menudo vibrando por la pasión de la melodía.
Mientras tanto, en el salón, bailaban ajenos a la ausencia de música, a la presencia de Cicí, demasiado enfrascada en sus propias cavilaciones, hechizados por sendas fantasías que quizás algún día pudieran concretar.
Jorge le enseñó a cruzar las piernas y a quebrar las caderas, y en un momento dado incluso la inclinó sobre su brazo en un arco perfecto y grácil. Pero al levantarse Amelia perdió un paso y terminó pisando con fuerza el empeine de Jorge.
Éste hizo una mueca y sorprendió a ambos cuando su voz potente recitó una estrofa del tango que se le había venido a la mente.


Mi mocosita,
no me dejés morir, volvé al cotorro,
que no puedo vivir.
¡Si supieras las veces que he soñado
que de nuevo te tenía a mi lado!
Mi mocosita,
no seas tan cruel, no me abandones...
Quiero verte otra vez...
Mocosita,
no me dejes, que me mata poco a poco tu desdén[3]


Amelia recordaba lo ocurrido durante la tarde mientras intentaba escuchar a su tío que proponía un brindis por la llegada de la Navidad.
El baile con Jorge había terminado, paradójicamente, cuando comenzó la música. Cicí había elegido un nuevo disco de jazz, ahora no recordaba cuál, y ellos se habían separado con un leve sobresalto, como si la música les hubiera devuelto a la realidad.
"Lo que es muy posible", se dijo Amelia con abatimiento.
Ella misma había estado flotando en una nube de placer entre los brazos de Jorge. Había sido un momento o una eternidad, pero lo único que importaba es que había ocurrido y ella se había sentido única y especial. ¡Y sólo habían bailado!. No quería imaginarse cómo podía llegar a sentirse si la situación fuera a más…
Y en ese punto, se detuvo. ¿Qué intentaba hacerse?. Después de tantos años de suspirar por Jorge, de amarlo y entrañarlo secretamente, ¿acaso no era capaz de controlar sus fantasías para evitar lastimarse?.
Durante años se sintió fascinada por él, siguiéndolo de un lado a otro, admirándolo y necesitándolo cada vez más. Tenía apenas diez años cuando a todos esos sentimientos les pudo poner nombre: amor. Y cada año que pasaba y la alejaba de la infancia y la venda de la inocencia se deslizaba un poco más de sus ojos, ese amor crecía, cambiaba, se enriquecía…y dolía un poco más.
Era demasiado consciente de que para él ella era una especie de hermana menor. Así habían intentado criarlos sus madres, pese a que el parentesco familiar era lejano y hasta confuso. Jorge la miraba del mismo modo que a Cicí, la protegía de igual modo, e incluso la trataba como a un pequeño marimacho de vez en cuando. ¿Por qué tenía que complicarlo todo ella con su amor?.
Quizás la escena en el salón, esos minutos robados entre sus brazos y la música, fueran lo más parecido que tendría al trato como mujer de parte de Jorge. Tenía que atesorarlos, pero no debía permitirse obsesionarse con ello.
Los aplausos y las voces de "¡Salud!" la devolvieron al presente, y alzó su copa junto a los demás para brindar por la felicidad de la Navidad.
A su lado, Cicí sonreía resplandeciente, dirigiendo subrepticias miradas hacia Raúl Caballero, que esa noche le había prometido un baile. Amelia se concentró en aparentar entusiasmo en vez de volver a desear estar en la intimidad de su dormitorio.
─Necesito que me ayudes ─susurró Cicí. Las luces del jardín resaltaban la belleza exuberante de Cicí, haciéndola ver más adulta y misteriosa de lo habitual. Maquillada como estaba de moda, con brillante sombra de ojos y labial rojo, su piel parecía brillar inmaculada. También había elegido para la ocasión un vestido de brillante dorado muy atrevido que caía como un tubo a lo largo de su esbelta figura hasta las rodillas, y unos delicados zapatos combinados completaban su atuendo.
Amelia se sentía deslumbrada cada vez que la veía. A ella sólo se le había permitido usar un vestido de recatado escote en V, de color blanco con diseños en negro, y zapatos blancos. El cabello se lo habían recogido sobre un lado, de un modo que habría esperado le confiriera un aire seductor, pero sólo la hacía ver más joven. La ausencia de joyas y maquillaje no la afectaban, pero le confería un aire de belleza serena que aún tardaría un par de años en descubrir reflejada en el espejo.
Ahora miró hacia Cicí, quien daba pequeños sorbos al champán de su copa.
─¿En qué puedo ayudarte?.
─De un momento a otro, Raúl vendrá a pedirme que baile con él. Seguro no tarda, he visto que no deja de mirarme ─Cicí sonrió cómplice y Amelia le devolvió la sonrisa alegremente─. Tienes que ayudarme para que pueda bajar a la playa con él.
Esas palabras bastaron para que la sonrisa de Amelia trocara en ceño.
─Cicí…
─No, mira, no va a pasar nada, lo juro ─se apresuró a asegurar Cicí al ver el gesto de su amiga─. Sólo quiero un momento a solas con él. Un minutito de nada y estaremos de vuelta antes de que alguien se dé cuenta.
─En ese caso, no sé para qué necesitas mi ayuda…
─Jorge ─se limitó a decir Cicí, encogiéndose de hombros.
Jorge y Raúl habían estado conversando casi toda la noche rodeados por su grupo de amigos. Cicí era consciente de que necesitaría distraer a su hermano para que no notara que salían del jardín y contaba con que Amelia la ayudara.
─No lo creo ─contestó, por el contrario, Amelia.
Tener que tomar partido entre los hermanos nunca había sido algo que le agradara hacer, sobre todo si implicaba engañar o manipular a alguno de ellos.
─Por favor ─le rogó Cicí─, será sólo un segundo y nada más.
─No me siento cómoda…
Pero por más que intentó resistirse, Amelia terminó aceptando colaborar. Era lo que siempre ocurría: nadie podía mantenerse firme ante Cicí por mucho tiempo y ella nunca había sido una excepción. Así que cuando Raúl se acercó a Cicí y le pidió bailar, Amelia cruzó todo el jardín en dirección a la mesa que ocupaban Jorge y sus amigos.
Jorge levantó la vista directamente hacia ella antes de que llegara a él y la miró a los ojos. Amelia se sintió incómoda por la intensidad de su mirada y se detuvo a medio camino sin estar segura de querer continuar hasta la mesa.
Jorge se disculpó con sus amigos y se levantó. Caminaba sin dejar de mirarla, apreciando lo encantadora que se veía esa noche y que difícilmente podría confundírsela con una niña, pese a que le gustaba pensar en ella como en una criatura no muy diferente a la que había visto aquella noche de junio, doce años atrás.
Cuando al fin estuvo a su lado, continuaron mirándose a los ojos en silencio, hasta que la situación fue demasiado para Amelia quien miró hacia la pista.
─¿Quieres bailar? ─le preguntó.
Jorge no respondió, y al cabo de un momento Amelia volvió a mirarlo temiendo que no la hubiera escuchado. Cuando sus miradas volvieron a encontrarse, Jorge le respondió tomando su mano y guiándola al centro de la pista.
Pese a que el ritmo que interpretaba la orquesta que Julio Anchorena había contratado era pausado y reconfortante, las parejas en la pista elevaban sus voces en interminables conversaciones.
Jorge tomó a Amelia por la cintura y ella apoyó las manos en sus hombros. Comenzaron a mecerse lentamente, dejando que la música los envolviera y los guiara, sin forzar el momento. Jorge sentía que Amelia estaba tensa entre sus brazos y sin pensárselo dos veces comenzó a frotar su espalda suavemente.
Amelia sintió que sus músculos se relajaban. Se fue acercando al cuerpo de Jorge hasta poder apoyar la frente en su pecho, incapaz de catalogar su acción como correcta o no. Sólo sabía que se sentía a gusto, que le encantaba sentir el aroma de la piel de Jorge bajo la fina camisa blanca y la sensación de sus músculos bajo las palmas de las manos. Con eso le bastaba.
Jorge tendría ocasión para decirse luego que él tendría que haber sido más responsable, pues era el adulto, el que contaba con la experiencia y que sabía lo que estaba ocurriendo. Con quién estaba ocurriendo. Pero en ese momento no pensaba que quien estaba entre sus brazos era la pequeña Amelia, a la que quería como una hermana y que protegería con su propia vida. En ese momento no necesitaba recordar quienes eran ellos o donde se encontraban, pues el momento estaba impregnado de tal sensación fantástica, como una neblina de placer que embotaba el raciocinio, que sólo quería sumergirse en él y disfrutarlo.
Así que bailaron en el limitado espacio que les dejaron las demás parejas de la pista, ajenas a todos los demás, y siendo ignorados por todos. Los minutos discurrieron con delicadeza inexorable.
Cicí terminó su baile y salió del jardín de la mano de Raúl, pero fiel a su promesa volvió al cabo de un minuto, sonriente y feliz pues habían concretado una primer cita. El alcohol continuó circulando entre los invitados y algunos abandonaron la pista en el momento en que nuevas bandejas con delicias dulces fueron llegando a las mesas.
Y hubo un momento en que Amelia levantó su mirada hacia la de Jorge y pareció que el mundo crepitaba de repente y la tierra se movía, absorbiendo el oxígeno. Él bajó la mirada hacia sus labios sonrosados y húmedos y por primera vez ambos compartieron el mismo pensamiento.
Fluyeron de uno al otro, entre ellos, oleadas de deseo inesperado por un lado, contenido por el otro. Les erizó la piel y les conquistó los sentidos. El beso que no llegó a concretarse estuvo allí por un segundo entero y los acompañó durante toda la vida.
Al final, fue la música la que les devolvió las identidades y se miraron perplejos cuando el ritmo del charleston conquistó la noche y elevó exclamaciones de placer entre los invitados que no tardaron en entrar a la pista de baile.
Amelia dio un paso atrás, pero Jorge no le soltó la mano. Le dijo, en cambio, con voz suave:
─Todavía me debes un tango.
Amelia sonrió con languidez.
─Quizás algún día.
Y volvieron a separarse, lado a lado del jardín, sin imaginar siquiera cuánta distancia crecería entre ambos y se extendería por años enteros… hasta el día que la vida volviera a ponerlos frente a frente, dispuestos al baile definitivo.


[1] Delmira Agustini (Montevideo, 1886 – 1914), “Los Cálices Vacíos”, 1913.
[2] “Muchacho” en francés.
[3] Tango «Mocosita», escrito por Víctor Soliño en 1926.




3 comentarios :

Rossiel Black dijo...

Bueno Maguiña, qué decir, escribes estupendo pues se te de manera natural. Felicidades, te ha quedado genial.

Saludos~

Maga de Lioncourt dijo...

Muchas gracias, Rossiel.

Gracias, Dulce!

Besos a ambas!!!

Dulce Cautiva dijo...

Precioso querida Maga!, me ha encantado desde el principio hasta el final... Aunque me quedé con las ganas de que los dos protagonistas acabaran besándose...

Como siempre, una vez más, has escrito una obra maestra!. Un lenguaje enriquecido, un argumento original y bonito, una excelente narración
... En definitiva, un buen relato!. Te felicito lor tu excelente trabajo!, y de paso, te doy las gracias por participar una vez en los proyectos del club.

Saludos y bs!