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sábado, 16 de junio de 2012

DÉCIMO RELATO NACIDO DEL RETO: CON ESTAS PAUTAS CREA UN CUENTO

Aquí les dejo el siguiente relato que he recibido para el reto: Con Estas Pautas Crea Un Cuento. Esta vez viene a manos de nuestra compi PukitChan:

 
PENTHOUSE



Habían pocas cosas que a Roberto, le recordaban a su padre, Lorenzo.  Realmente eran escasas, cosas como un tipo de loción, alguna pintura extraña, un anillo demasiado costoso como para llevarlo en los dedos de la mano… y también la sonrisa de una mujer.

Pero no cualquier sonrisa, claro estaba. Una mujer atractiva visualmente, ladeando el rostro para dejarse acariciar por sus cabellos mientras sus labios se curveaban sensualmente para dejar escapar una mueca de arrogancia que podía confundirse con coqueteo. Ése era el tipo de sonrisa que le traían a la memoria a su padre.

Aunque nunca imaginó que Stacy fuera quien se lo recordara, cuando ella pasó a su lado, soltando una suave y apenas audible risa.

―¿Roberto?

El aludido levantó el rostro como un acto involuntario al escuchar su nombre. Parpadeó perdido en sus recuerdos hasta que logró concentrarse en la hermosa figura de Caroline, mirándolo confundida.

―Lorenzo… ―murmuró.


***

Cerró los ojos, recordando aquella última noche que habían estado juntos. El cómo se habían conocido no tenía mucha relevancia. Bastaba con decir que ella y él tenían algo en común durante aquel tiempo: mantener lejos a Caroline de Roberto. No por amor, ni por venganza, era por deseo. Un deseo sexual y pasional que  los llevó a encontrarse y que pronto se transformó en una convivencia mucho más profunda de lo planeada.

―Señorita Stacy, qué gusto volver a contemplar su belleza indomable… ―murmuró una voz galante y sedosa, que llegaba a sus oídos como dos caricias en su piel. Ella se sentía halagada y no dudaba en demostrarlo al sonreír coquetamente, moviendo sutil pero seductoramente sus senos para luego esbozar una tímida e incoherente sonrisa.
―Señor Di Steffano ―saludó ella, inclinando su cabeza a modo de respuesta, para después extender su mano, esperando una elegante reverencia.
―Lorenzo, por favor, llámame Lorenzo ―él tomó la mano, besándola en el dorso. No tardó en incorporarse y sonreír al guiar a la chica hacía el ascensor del elegante hotel, colocando la mano de ella bajo su brazo. Una vez que estuvieron en la intimidad de aquellas paredes de acero que los llevaban al penthouse, murmuró confidente―: Después de nuestra última noche, no creo que sean necesarias tantas formalidades.

Ella sonrió orgullosa. Aquel hombre, aunque mayor, era atractivo y poseía un instinto sexual que dejaba muy atrás el mito de que a cierta edad, los hombres dejaban de tener sexo. De sólo pensar que pasaría otra noche a su lado y sobre todo, soltando su imaginación… sí, aquello era delicioso.

Porque Stacy nunca imaginó que el imponente hombre, Lorenzo Steffano, dueño de una cadena de hoteles y además con rumores de ser un posible mafioso, fuese un hombre realmente pasivo a la hora de estar en la cama.

Pasivo… en el buen sentido de la palabra.

Aún recordaba la forma en la que él permitió dejarse atar. Si bien no era precisamente un joven, ese hombre maduro se conservaba muy bien. Stacy imaginó que se mantenía de esa manera para las tantas amantes que había tenido, porque si de algo no tenía duda era precisamente de ello; que ése era un hombre de más de una cama.

Trató de comprender las razones por las que aquel hombre se dejó dominar por ella aquella noche. Supuso que quizás estaba cansado de mandar y por una vez deseaba que lo mandaran a él. ¿Quién sabe? Pero Stacy disfrutó como nunca esa ocasión. Y ahora, mientras sentía la mano del hombre recorriendo la forma de su espalda sensualmente, sabía que no había razón para ocultar aquello que los unió la primera vez que se miraron a los ojos.

―Lorenzo… ¿qué haremos esta noche?

Él le esbozó una sonrisa ladina, mientras sus pasos finalmente llegaban al lujoso penthouse, reservado esa noche, sólo para ellos dos… acompañados de su imaginación.

―Lo que desees, Stacy.

Fue su última noche, aunque ése no fue el acuerdo. Tenían la promesa de verse dos semanas más adelante, ocasión que nunca llegó a ocurrir pues repentinamente se enteró de que Lorenzo había muerto. No, en realidad lo habían asesinado.

Sorpresivamente, aquello no le dolió. Le causó curiosidad en todo caso ya que no lo había conocido lo suficiente para poder inspirar hacia él alguna clase de sentimiento o emoción. Al analizarlo, quizá era por ello que la consideraban muchas personas una mujer de tan poca dignidad y humanidad. Pero para ella, era sinceridad. Nadie aún había llegado tocar un corazón tan duro de coraza, al menos no otra vez.

Sin embargo, tiempo después de aquel suceso, Stacy se encontró una tarde de un día cualquiera pensado en Lorenzo con melancolía. Recordaba su sonría y ella, sin que jamás lo supiera ya que no tuvo el tiempo para descubrirlo, había logrado dejar una huella en el amargo corazón de Lorenzo Di Steffano. Y quizá era ella también negándolo, pero ese hombre también había arrancando un pedazo de su corazón, llevándoselo más allá la muerte.

Tal vez el amor no está prohibido para nadie. ¿Quién sabe?

Y mientras caminaba pausadamente, suspiró profundamente cuando a la lejanía creyó divisar la figura de Lorenzo. Por unos minutos se quedó contemplando aquella anatomía hasta que al parpadear, y caminar un poco más, se dio cuenta de que a quien miraba era realmente a Roberto.

―Se nota que es tu hijo… ―comentó divertida, recogiendo su cabello detrás de la oreja.

Avanzó a paso lento, ya que no tenía demasiada prisa en realidad. Notó que su caminata se desvió inconscientemente hacía la figura de Roberto, recargado en su motocicleta. Éste, seguramente se percató de que alguien se dirigía hacía él, pues volteó a verla con un gesto de impresión en sus ojos brillantes.

Stacy pasó a su lado, recordando a Lorenzo, lanzándole una sonrisa divertida y una mirada desafiante, comprendiendo de que quizás su venganza no había salido como la había planeando, pues la olvidó cuando conoció a Lorenzo; sin embargo, de alguna forma sentía una interna satisfacción por saber que ella había conocido más a aquel hombre en unas semanas, de lo que seguramente habría hecho Roberto en toda su vida. De una forma distinta y casi irreal para alguien como él.

Había conocido al humano que era Lorenzo Di Steffano.

Stacy no se detuvo, pero su sonrisa se extendió a medida que se iba alejando de Roberto en ese breve encuentro. Ella no se percató de que si se hubiera detenido sólo unos segundos más, habría cruzado su camino una vez más con el de Caroline. ¡Pero en fin! Así era la vida.

***

―¿Por qué mencionas el nombre de tu padre? ―quiso saber Caroline al ver el perfil abrumado de Roberto, siguiendo la dirección de su mirada hasta que vio más allá la figura andante de Stacy. Aun así, no le halló coherencia a la situación―. ¿Roberto?
―Nada… ―negó montándose en la motocicleta e invitando a Caroline que hiciera lo mismo. Cuando estuvo por avanzar, volteó una vez más para buscar a Stacy, aunque ella ya había desaparecido de su rango―. Es sólo que... ―dijo al fin. Caroline aguardó paciente a que Roberto completara la oración―. Es sólo que nunca me imaginé que Stacy me recordaría a mi padre. Curioso, ¿no crees?

Ella sonrió.

―A veces existen hilos desconcertantes. 


FIN

2 comentarios :

LuZ dijo...

Pues sí, bastante desconcertante ese hilo. UNa historia muy bonita.
Besos!

Raquel Campos dijo...

Muy buena historia!!!
Saludos!!!