domingo, 18 de diciembre de 2011

MI RELATO NAVIDEÑO PARANORMAL PARA LA ANTOLOGÍA NAVIDEÑA

Y en Navidad, al fin fuistes mía



Comenzaba a sentirse muy mal, por alguna extraña razón le dolía en exceso en el bajo vientre. Un dolor que le recordaba a los que sufría cuando tenía la menstruación. "No es posible, todavía no es la hora", se dijo mientras avanzaba como podía entre la mugre que la rodeaba.
Las cosas no le habían ido muy bien a Andrea, había estado viviendo en la calle, bajo un puente o en donde hubiera encontrado asilo. Se había visto obligada a mendigar para ganar lo justo para comer algo y como pudo se mantuvo con vida. Y ahora se encontraba en el día de Navidad buscando un lugar adecuado para pasar esa fría noche de invierno.
Recordó con mucho pesar, el día en el que su vida se convirtió en un infierno, unos ochos meses atrás. Había quedado con su novio Tom en la casa de éste para ver una película que habían alquilado, pero como comprobó Andrea muy a su pesar, no eran estas las intenciones del chico. Cuando los dos quedaron a solas, el muchacho intentó propasarse con ella y después de que ambos discutieran, Andrea salió corriendo de allí en dirección a su casa.
Un gran error por su parte, pues minutos más tarde, la pobre adolescente de no más de dieciséis años, fue violada por un maleante borracho que transeuntaba por aquél barrio peligroso.
Un escalofrío gélido se adueñó de Andrea al recordar aquél cruel suceso, uno donde la joven se vió obligada a defenderse y asesinar a su agresor después de la violación.
Recordó cómo en un descuido del hombre, donde éste le dio la espalda para registrarle el bolso y así enterarse de cuál era su dirección para ir en su búsqueda en el caso que ella lo delatara, tomó del suelo con manos temblorosas un trozo de cristal y se lo clavó en la garganta. El violador no tardó en morir desangrado y luego ella, para no dejar huella alguna de su ADN en su inerte cuerpo, le prendió fuego.
Andrea apartó por un momento esos amargos pensamientos de su mente y siguió avanzando entre aquellas sucias y marginadas calles, donde la pobreza reinaba en cualquier lado donde mirases. Estaba cansada, agotada y ese dolor no paraba de atosigarla. Tenía que encontrar un refugio y pronto.
Si en aquella fatídica noche ella no hubiera ido a escondidas a verse con su novio, nada de lo que pasó después hubiera ocurrido y ella estaría ahora mismo calentita en su casa, con sus padres y hermanos, celebrando el día de Navidad.
En su día, no les dijo nada a sus padres por temor a que las autoridades pertinentes la metieran en la cárcel por el crimen que había cometido. Por ello, guardó silencio hasta que su involuntario estado de buena esperanza se hizo más que evidente. Entonces, sus padres la acusaron de ser una mujerzuela, de inresponsable y unas cuantas cosas más y ella, en un arrebato infantil, agarró sus cosas y se largó de allí, fugandose de su casa a un destino desconocido e incierto.
Y ahora ella se encontraba con que acaba de romper aguas. ¡Iba a ser madre el día de Navidad y sin ayuda alguna!.
Buscó un lugar amparado de la lluvia para dar a luz, y cuando fue a darse cuenta, había sido madre de un niño y una niña. Los miró con amor y los acunó contra su pecho.
La lluvia seguía cayendo a raudales, el viento soplaba cada vez con mayor fuerza, sus pequeños no paraban de llorar sin parar y ella estaba muy cansada. Se estaba desangrando lentamente y ya no le quedaban fuerzas. Sabía que la muerte estaba cerca, sabía que tenía los minutos contados. Sólo rezaba por que alguien encontraran a sus pequeños todavía con vida y cuidaran de ellos.
Y el sueño la alcanzó.

***

Dean acababa de salir de la ducha y estaba comenzando a vestirse, cuando el avisador de almas errantes comenzó a pitar. Con un gruñido por la interrupción, se acercó al aparato y miró el lugar y la hora de la muerte del nuevo recluta.
Se apresuró en terminar de vestirse, con sus ropas negras y de cuero y después de anudarse las cordoneras de sus botas de motero, se teletransportó al lugar en cuestión.
No tardó en llegar a su destino, se trataba de un callejón oscuro y solitario. A esas horas y en un día laboral, era raro ver a alguien callejeando por allí. Eso jugaba en su favor, y sin pensárselo dos veces, comenzó a andar con paso silencioso y seguro, en busca de su objetivo.
Existían dos grupos de demonios, los que se encargaban de corromper a las personas para que pecasen y se volvieran malvados; y los que se encargaban de recoger las almas de aquellos que habían sucumbido a los primeros. Dean pertenecía a este segundo grupo y su misión era hacerse con el alma del delincuente, asesino o lo que fuese en vida, para llevársela al infierno, el que sería su nuevo hogar.
A lo lejos, vió tirado en el suelo el cuerpo del delincuente que acababa de morir y que esperaba que alguien como él, se encargara de su corrompida alma. El individuo había fallecido debido a una sobredosis de cocaína. El muy bastardo era un camello, un drogata y un proxeneta.
  Cuando se disponía a realizar su trabajo, su colega Elías apareció con las misma intenciones, ya que ambos pertenecían a la misma clase de demonios. Cómo éste tenía un asunto pendiente que resolver en el infierno, le dijo a Dean que él se encargaría del muerto y éste aceptó de buena gana.
Y después de estrecharse de nuevo las manos en una despedida silenciosa, Dean se largó de allí, dejando a esa alma errante a cargo del otro demonio.
Cómo estaba lloviendo y aún era temprano para regresar de nuevo a su casa, decidió dar una vuelta por aquellas calles.
Anduvo un buen rato, hasta que un sonido le llamó la atención. Se trataba del llanto de un bebé. Según se fue acercando al lugar donde procedía aquél lloriqueo, el olor a sangre le golpeó de lleno en sus fosas nasales.
Alguien se estaba desangrando y por la cantidad que percibía en el aire, no tardaría en perder la vida. Apresuró la marcha y cuando giró en la siguiente esquina, vio unos cartones mojados apoyados en un contenedor de basura y en contra de la pared. Los apartó de un golpe y ante él apareció una bella mujer joven, de cabellos rubios y brillantes como el oro.
Estaba con lo ojos cerrados, con la piel blanca como la nieve y contra su pecho acunaba dos pequeños bebes recién nacidos. Uno de ellos dormía y el otro lloraba a pleno pulmón. Había sido el que lo había alertado.
Por un momento dudó en qué hacer, hasta que se dijo que aquello no era asunto suyo y ya estaba apunto de girarse y marcharse, cuando oyó un débil murmullo.
—Por favor —suplicaba la mujer que ahora lo miraba con ojos tristes—, llévese a mis niños y cuídelos.
Dean la miró en silencio y no dijo ni hizo nada.
—Se lo suplico, sálvales la vida.
—Señora, no sabes lo que me estas pidiendo —le dijo él finalmente—, yo no soy el más adecuado para hacerme cargo de ellos.
¡Por todos los diablos!, ¡él era un demonio, no un niñero!.
—Se lo suplico —repitió de nuevo la agonizante mujer—, por favor, ellos no tienen la culpa de mi mala fortuna.
Él dudó por un momento, pero luego volvió a negar con la cabeza.
—Simplemente no puedo.
Pero ella no se dio por vencida, como pudo y en su mal estado, se incorporó y se acercó a él.
—Por favor, ¿no ves lo delicada que es?, necesita ayuda —le volvió a insistir, mientras le depositaba a la fuerza a la niña entre sus brazos.
En el momento en el que se produjo el contacto entre sus manos y la recién nacida, una descarga eléctrica le recorrió el cuerpo, quemándole la piel.
"No puede ser" se dijo incrédulo. "Esta mocosa no puede ser la elegida, no puede ser".
Dean no daba crédito a lo acaba de descubrir, esa niña pequeña era su otra mitad, su alma gemela. La alma que lo completaría y lo haría feliz. Había oído hablar de eso, de demonios que hallaban a su otra mitad, a su elegida y que con ella alcanzaban la felicidad.
Y parecía ser que aquella pequeña criatura era la suya.
—Te propongo un trato —le dijo mirándola fijamente, mientras le devolvía la niña.
Ella lo miró con cansancio y con un pequeño atisbo de esperanza en los ojos.
—Lo que sea, con tal de que salves a mis hijos.
Él le propuso lo que había planeado y ella, sin pensárselo dos veces, aceptó el trato.
Andrea acababa de hacer un pacto con el diablo...

***

DIEZ AÑOS DESPUÉS

Andrea observaba por la ventana de la cocina, mientras fregaba los platos, cómo sus dos hijos jugaban con la nieve en el pequeño jardín de su finca. Eran dos hermosos niños, sanos y fuertes, con una energías impresionantes, que muchas veces acaban agotándola.
Sin poderlo remediar, sonrió pensando en la feliz que ahora era y en lo mal que lo había pasado años atrás. Al fin tenía la vida que se merecía, una bella y enorme casa, dos preciosos hijos que la acompañaban día y noche; y no había vuelto a pasar hambre.
Un escalofrío recorrió su cuerpo, enfriándole la nuca, y el causante no era el frío invernal. No, había alguien más con ella. Notaba una presencia extraña a su espaldas.
Tardó unos segundos en comprender de quien se trataba Dean había regresado.
—Dean —dijo sin darse la vuelta para mirarlo, mientras terminaba de aclarar el último de los platos del fregador. Su mirada seguía fija en los niños que jugaban a lanzarse bolas de nieve ajenos a lo que pasaba dentro de la casa.
—Andrea.
Con un suspiro de resignación, se giró y miró aquél imponente hombre. Era sin dudas muy atractivo, un hombre apuesto y de una belleza salvaje y atrayente. Se notaba que era letal, fuerte y sin dudas, peligroso.
Sus melena larga y morena le llegaba a la altura de los hombros y sus ojos negros, ocultaban muchos secretos. Y no era humano. Eso lo había deducido años atrás.
—Todavía es pronto.
—Lo sé, sólo vine a ver que tal os van las cosas y si necesitabais algo más...
—Estamos bien, gracias.
—¿Cómo se llama?.
Esa pregunta la pilló desprevenida.
—¿Perdón?.
—Ella —dijo haciendo un gesto con su cabeza, señalando a la niña que ahora corría tras su hermano, para darle alcance y seguir con el juego.
—Dallane.
—Bonito nombre, como ella.
Reconocía que aquella pequeña se estaba poniendo más preciosa que su propia madre. Había heredado el mismo color de pelo, pero los ojos eran azules, en vez de marrones, como Andrea.
—Sí lo es. Por cierto, hablando de ella...
—¿No te irás a echar ahora atrás, verdad?.
Ella se apresuró a negar con la cabeza, estaba nerviosa y no sabía como decirle lo que tenía pensado comentarle.
—Sólo quería pedirte un poco más de tiempo...
—¿Más tiempo? —dijo él incrédulo, mientras apoyaba la espalda en el marco de la puerta y cruzaba sus fuertes brazos sobre el pecho—, ¿otros ocho años te parecen poco?
—No es eso, es que... —suspiró profundamente antes de continuar—. Me gustaría que antes acabara con su carrera universitaria...
—¿De cuantos años estamos hablando? —le preguntó, interrumpiéndola.
—No sé, quizás unos tres años más, a lo sumo cuatro.
Él la miró fijamente.
—Me lo pensaré, pero no prometo nada.
Y sin más se fue, pero antes, volvió a mirar a través de la ventana y sus ojos se clavaron por un pequeño periodo de tiempo sobre aquella niña de trenzas doradas que jugaba alegremente el día de su décimo cumpleaños.

***

OCHO AÑOS DESPUÉS


Dallane se abrió paso entre toda esa gente que se apiñaba en el centro de la pista de baile. Tenía que hacer malabares para no derramar el líquido alcohólico de los cubatas que llevaba en las manos. Sus amigos la estaban esperando con una gran sonrisa en sus rostros.
—Dallane, ya era hora de que regresases con nuestras bebidas —bromeó Lucas—, ¿por que tardaste tanto?
Ella le sonrió, con esa sonrisa tan linda que cautivaba a todo aquél que la miraba.
—El camarero se había puesto algo pesado conmigo, me dio su número de teléfono y todo.
Los demás rieron con el comentario, nada extrañados de que ligara tanto, pues con su esbelto cuerpo curvilíneo y su belleza, era algo habitual.
Todos tomaron sus bebidas y brindaron por ella.
—Ésta va por ti, Dallane, para que cumplas muchos más -dijo Lucas con una enorme sonrisa dibujada en su masculino rostro juvenil y antes de que hicieran el brindis, añadió-. ¡Y también para celebrar que hoy es Navidad!.
Después de hacer que los cristales de los vasos chocaran unos con otros, les dieron un largo trago y continuaron con el baile.

***


Al final, Dean accedió a salir de marcha con sus colegas. La verdad era que hacía mucho tiempo que no iba a despejarse un poco y desconectar de su arduo trabajo. Y no se arrepentía de haber salido, pues nada más entrar en la discoteca, varias mujeres se le acercaron a los tres y coquetearon con ellos.
Su dos colegas no tardaron en liarse con dos morenazas, mientras él estaba apoyado contra la barra del local observando lo que le rodeaba. Él también tenía ganas de ligar, hacía tiempo que no se liaba con ninguna, así que se puso a buscar a la mujer adecuada para que le calentase la cama esa noche. Estaba tomando el último trago de su cerveza cuando sus ojos se posaron en una rubia despampanante que estaba bailando en medio de la pista.
Aquella Diosa del amor, llevaba un vestido negro muy ajustado y diminuto, de esos que apenas cubrían el cuerpo y enseñaban más de lo que estaba permitido. "Así que, a ese bombón le va la marcha. Yo tengo mucha para dar y regalar... Y más en estas fechas festivas...", se dijo con una pícara sonrisa en el rostro, mientras dejaba su jarra de cerveza vacía en la barra y se acercaba a la mujer en cuestión.
Una vez en la pista de baile, se puso detrás de ella y comenzó a bailar al mismo compás. De vez en cuando se frotaba contra el trasero de la joven, en un baile íntimo.
Dallane notó la presencia de un hombre corpulento y fibroso detrás suya, pero lo ignoró y continuó bailando sin parar. Podía notar la cercanía del mismo, que intencionadamente se restregaba contra ella, de una manera descarada. Si éste pensaba que iba a apartarse o a continuarle el juego, estaba equivocado. Así que lo ignoró y continuó con su baile como si estuviera sola en la pista.
Dallane estaba más que acostumbrada a que tipos como ese, la atosigaran y la acosaran. Pero ella, con su táctica "yo te ignoro, tú no existes", siempre conseguía que se aburriesen y acabasen marchándose y dejándola en paz.
Después de unos intensos diez minutos, Dallane no estaba más cerca que antes de conseguir que aquél atractivo hombre la dejara tranquila.
Dean estaba cansado de que aquella descarada mujer, lo ignorase y no le siguiera el rollo. No se apartaba de su lado, pero tampoco lo buscaba como cualquier otra mujer hubiera hecho ya.
—Eh, nena —le dijo al oído, cuando se acercó más a ella desde atrás—, ¿que tal si salimos un rato a darnos un meneo y celebramos el día de Navidad como Dios manda?
Ella continuó con su baile y por encima del hombro le dijo.
—No estoy interesada, gracias.
—Vamos nena, seguro que nos lo pasaremos bien... —La agarró por la cintura y la atrajo más hacía su duro cuerpo—. Voy a hacer que sean las mejores fiestas navideñas que hayas vivido...
Esas provocativas palabras le provocaron un leve cosquilleo en el vientre.
—Repito, no estoy interesada.
Por mucho que le pesase y pudiera sentirse atraída por ese macho dominante, ella no quería un rollo de una noche y menos con un hombre mujeriego de esos que te usan y luego "si te he visto, no me acuerdo", por eso, declinó la invitación.
Tras su negación, Dean la hizo rodar entre sus brazos para dejarla enfrente de él.
—¿Estas segura nena? —la acercó más a su torso, aplastando los suculentos senos de la joven contra su musculoso pecho—, por que si no te tengo esta noche, ten por seguro que te tendré otro día. Así que, ¿para que esperar entonces?.
"¡Eso si que no!", se dijo Dallane cabreada, aparte de ser un pesado que no aceptaba un no como repuesta, encima era también un engreído, prepotente y chulo. Un cóctel que a ella no le gustaba para nada, por muy guapo, atractivo y sexy que fuese.
—Mira tío, no te vuelvo a decir que...
Y sus palabras quedaron enmudecidas cuando la boca de Dean atrapó la suya con un beso arrasador. La había pillado tan desprevenida que se había quedado con la boca abierta dándole total acceso a su lengua, la cuál no tardó en reclamar la suya.
Y justo en el momento en que ambas bocas se fundieron en una sola, una descarga eléctrica recorrió sus cuerpos, sorprendiéndoles a ambas.
"¿Que había sido eso?" se preguntó confundida, cuando de repente el hombre la soltó abruptamente, como si ella quemase.
"¡No pude ser!, esa ninfa tan hermosa no podía ser su elegida, ¡eso era imposible!". Dean no daba crédito a lo que acababa de sentir con esa mujer, era una sensación muy parecida a la que sintió dieciocho años atrás... O bien ella era su verdadera otra mitad y antes se había confundido o bien, se trataba de la misma persona.
—Lo siento... —balbuceó a la vez que salía de la discoteca, dejando a sus colegas y a la mujer rubia con la boca abierta.

***

Esa noche, Dallane dio muchas vueltas en la cama, no entendía que había pasado exactamente con aquél hombre en la disco. Había estado un buen rato acosándola, exigiendo su atención y cuando al fin consigue robarle un beso, huye de ella como un perro asustado y con el rabo entre las piernas.
Supuestamente eso no debería de importarle, pero por alguna extraña razón no era así y además, Dallane sentía la necesidad de verlo de nuevo y estar con él. Eso era muy extraño en ella, jamás había sentido tal sentimiento hacía un desconocido, pero cuando él se fue, en su interior se creó un gran vacio, cómo si su alma se hubiera ido con él.
Se obligó a olvidarlo y volvió a concentrarse en dormirse. Pero cuando estaba casi en los brazos de Morfeo, otra vez apareció en su mente la imagen de aquél desconocido mirándola fijamente.
Dean estuvo toda la noche pensando en lo ocurrido con aquella belleza, y cada vez más estaba convencido de que se trataba de la misma persona. Aún no tenía la certeza de que esa mujer fuera Dallane o no, por ello decidió ir al día siguiente a hacerle una visita a su querida amiga Andrea y así salir de dudas. ¡Y que Dios se apiadara de Dallane!, porque si resultaba ser la misma mujer que lo había cautivado esa noche, pensaba llevársela ya mismo y no esperaría unos cuantos años más a que terminara la carrera. Eso lo tenía claro.
A la mañana siguiente, Dean se presentó en la casa de Andrea a la hora del café. La mujer notó de nuevo su presencia y con un semblante que no reflejaba en absoluto felicidad por reencontrarse con él de nuevo, lo recibió en el salón.
—No me digas que te has arrepentido y te vas a llevar ya a mi niña —murmuró con la voz congestionada, mientras intentaba retener las lágrimas que amenazaban por salir.
—Aún no lo sé —le contestó él con su voz aterciopelada y masculina—, y recuerda que nunca te prometí que esperaría más de lo estipulado por ella.
Ella sabía que aquellas palabras eran ciertas, pero siempre abrigó la esperanza de que obtendría más tiempo para disfrutar de su niña.
—¿Dónde está ella ahora?.
Dean dejó que su mirada se desplazara por toda la estancia en busca de la mujer, pero sus instintos y su agudizado oído le decían que sólo Andrea estaba en esa casa.
—Salió a tomar café con sus amigas, imagino que no tardará en regresar.
—¿Y el muchacho?.
—Se alistó en el ejército y vendrá pronto de permiso a pasar el resto de las Navidades.
Él asintió con la cabez y continuaron conversando un rato más, hasta que la puerta principal de la entrada se abrió lentamente, dando paso a una radiante Dallane. La sonrisa que lucía ésta en su rostro al entrar en la casa, cayó en picado cuando sus ojos se posaron en aquel hombre de negro, que estaba sentado al lado de su  madre.  
"¿Qué hacía el tipo de la discoteca allí, en su casa?", se preguntó mentalmente.
Debido a la impresión y a la sorpresa por aquella inesperada presencia, Dallane quedó enmudecida y paralizada.
Él la miraba de una manera intensa, abrasadora, como si se la estuviera comiendo con la vista. Eso la hizo estremecerse y a la vez, le provocó una leve sensación de excitación. ¡¿Cómo podía estar reaccionando así, con sólo una mirada?!, Dallane tenía miedo de lo que llegaría su traicionero cuerpo a hacer, si él hiciera algo más que observarla.
Dean se levantó lentamente, de una manera intencionada, mientras sus ojos no dejaban de estudiar a la recién llegada. Sin dudas, no estaba equivocado, se trataba de la misma chica que había conocido la noche anterior. Con una sonrisa triunfante en su masculino rostro, desvió por un segundo su mirada para clavarla en Andrea, que observaba la escena con curiosidad.
—Andrea, dile a tu hija que prepare hoy mismo las maletas, esta noche mismo regresaré para llevármela.
Andrea palideció notablemente, pero no le suplicó que le dejara a su hija por más tiempo, ni dijo nada, simplemente asintió con la cabeza, aceptando con resignación la nueva situación en la que todos se encontraban.
Dallane seguía plantada al lado de la puerta principal, que aún continuaba abierta de par en par, sin comprender qué era lo que estaba pasando, ni lo que significaban las palabras de aquél visitante.
Dean avanzó hacía la salida, con sus ojos nuevamente clavados en Dallane; ella también lo miraba fijamente, manteniéndole la mirada.
Su pulso se aceleró, su corazón comenzó a bombear con más rapidez y sus piernas temblorosas, amenazaron con doblarse. Estaba muy nerviosa, por alguna razón ese desconocido la ponía así, al mismo tiempo que sentía la necesidad de lanzarse sobre él y abrazarlo.
Justo cuando Dean pasó al lado de ella, se detuvo en seco y se acercó a su oído.
—Te dije que tarde o temprano, serías mía —y antes de que ella pudiera si quiera asimilar esas palabras, le volvió a susurrar—. Sólo era cuestión de tiempo.
Y sin más, se giró dispuesto a salir de aquella casa, para dejar a ambas mujeres solas, pero antes, le dio una ligera palmadita en su trasero. Ella gimió por la sorpresa y despertando de lo que parecía un trance, se giró dispuesta a explicarle un par de cosas a aquél atrevido, cuando comprobó que ya no había rastro alguno de él.
"No es posible, ¿cómo ha podido desaparecer así, sin más?", todo apuntaba a que el hombre se había esfumado como por arte de magia.
Estaba sumida en sus pensamientos, intentando descifrar y entender todo el caos que había vivido en esos últimos minutos, cuando su madre carraspeó para llamar su atención. Había olvidado que estaba allí también, en el salón, mirándola con melancolía en los ojos. No sabía porqué, pero intuía que ahora le tocaba una larga charla con su madre.
—¿Y bien? —le preguntó mientras se acercaba a ella.
—Será mejor que tomes asiento hija —le dijo mientras le daba una ligera palmadita sobre la piel del sofá, al lado suyo— tenemos mucho de que hablar...

***
Dallane no podía asimilar todo lo que le había contado su madre, la historia de su triste vida parecía más una película de terror que la dura y cruda realidad. Sintió pena y lástima por toda la penosa vida que había tenido que soportar su madre, con tan corta edad. Ella no se veía capaz de pasar por lo mismo, seguro que no sería tan fuerte como Andrea.
Y sobre Dean, no sabía que pensar sobre ese hombre tan extraño, que según su madre, no era ni humano. ¿Cómo consiguió reanimar a su madre y curarla de esa manera, tan rápida?, la pobre estaba al borde de la muerte y él con sólo tocarle la frente, le había devuelto las energías consumidas; gómo si no hubiera pasado nada.
Y luego, la llevó a esa hermosa casa, junto con sus bebés y nunca permitió que le faltaran de nada. Si no llega a ser por él, quizás los tres estuvieran hoy en día, más que muertos.
Pero todo tenía un precio y el coste a este gran favor era ella. Ahora tendría que entregarse en cuerpo y alma a ese total desconocido y separarse de su familia, de sus amigos, de todo lo que hasta ahora había conocido.
Su vida ahora, le pertenecía a él. A Dean.
Al menos ese era el nombre que su madre le había dicho que se llamaba... "¿Que eres Dean?", se preguntó con curiosidad. Seguro que esa noche, sabría la respuesta.
Y allí estaba ella, plantada en medio de su cuarto, mirando toda la ropa que había sacado del armario y que había depositado sobre la colcha de la cama, mientras recordaba la conversación de su madre.
Suspiró y sin perder más el tiempo, comenzó a empaquetar sus cosas. Faltaba poco para que anocheciera y en cualquier momento, Dean podrá venir a por ella.

***


Cuando Dallane bajaba cargada con su equipaje por las escaleras, vio a su madre hablando con un hombre de negro muy parecido a Dean, pero no era él.
—¡Hola pequeña! —le dijo el hombre, mientras le sonreía con picardía—, así que... ¿Tú eres Dallane? —Ella simplemente asintió, sin decir palabra alguna—. Soy Elías, un amigo de Dean —se acercó a ella y tomó en sus fuertes brazos sus dos maletas pesadas—, vengo a llevarte a su casa.
—Si no te importa, me gustaría antes despedirme de mi madre.
—De acuerdo, te espero en el coche.
No cerró la puerta al salir, ni dijo nada más, simplemente se fue derecho al auto negro que estaba estacionado en la cera de enfrente de su casa.
Andrea se lanzó a los brazos de su hija, con los ojos llorosos y temblando.
—Perdóname hija —le dijo mientras la tenía abrazada y le acariciaba su sedosa cabellera rubia—, todo es por mi culpa, si yo de un principio no me hubiera ido a la casa de Tom aquella noche, nada de esto hubiera pasado...
—Shhh, no digas nada mamá. El destino quiso que así fueran las cosas, alguna buena razón habrá detrás de todo esto. Además, algo me dice que seré muy feliz al lado suyo, cómo si con su compañía fuera a sentirme completa.
Después de varios intensos minutos, donde las dos permanecieron en silencio y en un apretado abrazo, Andrea rompió el contacto.
—Será mejor que te vayas ya, ninguna de las dos queremos que esta gente se impaciente... —se secó la humedad de su rostro con la manga de su camiseta y todavía hipando, le dedicó una débil sonrisa.
—Te quiero mamá.
—Yo también hija, cuídate y sé feliz.
Eso esperaba ella. No sabía que le reparaba el futuro a manos de Dean, pero algo dentro de ella, le decía que las cosas estarían bien. Esperaba tener razón.
Entre abrazos y besos, las dos se separaron finalmente y después de despedirse por enésima vez, Dallane se subió al coche con Elías.

***

La gran mansión que se alzaba enfrente de ella, era realmente tenebrosa, como una casa encantada. Su fachada de piedra gris, le daba un toque sombrío y oscuro al lugar. La construcción era de dos plantas, con las ventanas y pórticos de madera ennegrecida. Aquél lugar daba miedo.
Elías se bajó del coche y abrió le abrió la puerta. Mientras ella bajaba del vehículo y miraba aquél escalofriante lugar, el hombre sacó sus maletas del maletero y se dirigió a la puerta principal.
Llamó fuertemente con los nudillos de la mano y esperó a que abriesen. Un hombre viejo, con el pelo canoso y que aparentaba tener más de cien años, apareció tras esta. Los dos intercambiaron un par de palabras, inaudibles para los oídos de Dallane y luego Elías le entregó al anciano las maletas y regresó al coche.
Dallane aún no lograba entender cómo aquél anciano podía cargar con aquellas dos rocas pesadas.
—Mi misión aquí ya ha concluido —le dijo mientras se sentaba de nuevo delante del volante y arrancaba el motor del BMW 530d—, será mejor que entres en la casa, la noche es muy peligrosa.
Y sin añadir nada más, se largó de su vista, haciendo derrapar los caros neumáticos sobre el asfalto.
Dallane se giró y siguió al hombre de avanzada edad hacía el interior de aquella tenebrosa vivienda.
Subieron por unas escaleres hasta llegar a un largo y poco iluminado pasillo. En silencio, los dos avanzaron dejando tras de sí varías puertas que estaban cerradas. No había decoración alguna, ni cuadros, ni estatuas, nada... ¡Ni si quiera adornos navideños!. Eso cambiaría, cuando estubiera completamente instalada, pensaba darle un toque personal y navideño al lugar.
Cuando el anciano se detuvo delante de la última puerta del pasillo, apartó esos pensamientos de su mente. Éste, antes de abrirla, se giró para mirarla.
—El señor me pidió que le preparase algo para comer y que te dijera que te lo comieras todo. Mientras, le prepararé el baño, pues el señor quiere que usted esté lista cuando él regrese.
Dallane escuchó atentamente y asintió a cada cosa que el hombre le decía. Al terminar éste de hablar, se giró y continuó con su caminata. Sólo cuando el hombre había desaparecido de su vista, se atrevió a abrir la puerta.
Una amplia habitación le dio la bienvenida, era de momento la única estancia que tenía algo de color. Las cortinas eran rojas, al igual que la colcha de la enorme cama que prácticamente llenaba el lugar.
Lo que más le llamó la atención era la bañera de patas y bronce que estaba en el centro de lugar. Al lado de ésta, había una silla antigua, con la madera tallada, que sostenía una toalla blanca, una esponja y una botella que parecía ser jabón.
Apartó la mirada y siguió estudiando el lugar con gran interés, aquél lugar era realmente hermoso, a diferencia con el exterior que era frío y sombrío. Le consolaba saber que su nueva habitación desprendía un poco de calidez. Tendría que conformarse con eso.
Estaba acabando de desempaquetar sus cosas, cuando llamaron a la puerta. Era el anciano que le traía una bandeja con su cena. La puso sobre la mesilla de noche y antes de salir, le dijo que no cerrase la puerta que iba a prepararle el baño.
Mientras ella cenaba algo, el hombre apareció en varias ocasiones cargado con cubos grandes repletos con agua caliente. Y cuando terminó de cenar, la bañera estaba ya llena y esperándo a ser usada.
El hombre mayor, sin decir nada en todo momento, se retiró definitivamente cargado con la bandeja ya vacía y cerró la puerta tras de sí y justo cuando Dallane no podía verle, habló:
—El señor no tardará en regresar.
Y sin más, se largó solo dejándo el eco de sus zapatos rechinando en el suelo.

***


Dallane comenzó a desnudarse sin quitar la vista de la bañera y cuando finalmente se había desprendido de cada una de las prendas que vestía, se introdujo lentamente en el agua.
Se lavó sin prisa y en el momento en el que salió de debajo del agua y se sentó de nuevo en la bañera, sus ojos se encontraron con los de Dean, que había regresado sin hacer el menor ruido y ahora estaba sentado a los pies de la cama, mirándola.
Su primera reacción fue cubrirse el cuerpo con el agua, así que volvió a sumergirse hasta el cuello.
—¿Sabes?, no es la primera vez que veo una mujer desnuda.
—Pero a mí sí.
—Y tampoco será la última vez que te vea así, créeme.
Si lo que quería aquél hombre era ponerla nerviosa, realmente lo había logrado con creces.
Dean no dijo nada más, ni tampoco salió del dormitorio. En vez de eso, se acomodó mejor apoyando su espalda contra el cabezal de forja de la enorme cama.
Dallane en vista de que aquél intruso no tenía intenciones de marcharse y otorgarle privacidad, decidió terminar con el baño lo antes posible. Mientras ella aclaraba de nuevo su larga cabellera, Dean se encendió un cigarrillo y comenzó a fumárselo lentamente, dándole largas caladas y expulsando el humo sin prisas.
Una vez finalizado el baño, Dallane tomó la toalla y cubrió su cuerpo con rápidez. Fue directa al armario y con mucha maña, logró ponerse el camisón sin apenas mostrar algo. Luego tomó la toalla húmeda y comenzó a secarse el pelo con ella. A sus espaldas podía oír a Dean exhalar el humo, con pausas largas y continuas. Cuando ya no supo que más hacer, se giró para enfrentarlo.
Ambas miradas se cruzaron y quedaron atrapadas una en la otra.
Y esperó.
Cuando Dean terminó de darle la última calada al cigarrillo, lo apagó en un cenicero de cristal que había sobre la mesita de noche y luego cruzó sus brazos sobre su pecho musculoso.
—Acércate aquí muchacha -le dijo con voz ronca.
—Pero... yo —comenzó a balbucear ella con nerviosismono—. Creo que vamos demasiado rápidos —dijo al fin.
—Te he estado esperando durante muchísimo tiempo y no puedo esperar más. Necesito hacerte al fin mía.
Aquella confesión le hizo darse cuenta de que él sentía lo mismo que ella; esa extraña necesitad de tenerlo siempre a su lado, cómo si estar lejos el uno del otro fuera un infierno. Por eso, obedeció y se acercó a la enorme cama, pero mantuvo una distancia prudencial entre los dos.
Cuando él comenzó a incorporarse, con intenciones de ir hacía ella, Dallane se dio cuenta que durante todo ese tiempo había estado conteniendo la respiración. Sabía lo que vendría a continuación y eso la estimulaba y la asustaba todo al mismo tiempo.
En ese momento era un manojo de nervios y su lenta aproximación no ayudaba para nada.
Cuando Dean se paró a escasos centímetros de ella, Dallane tembló.
—No tengas miedo muchacha, a partir de hoy sólo viviré para hacerte feliz.
Dicho esto, Dean agachó la cabeza hasta la altura de los sonrojados labios de la mujer y con los suyos propios, los capturó en un apasionante beso. De nuevo los dos sintieron esa sensación tan extraña que los hacía estremecerse.
—¿Has notado eso? —preguntó, aún con su boca muy cerca de la de ella.
Ella asintió.
—Esa es la señal que indica que tú y yo estamos predeterminados a estar juntos por toda la eternidad.
Dallane lo miró desconcertada, sin comprender lo que él había querido decir con ese comentario, pero al mismo tiempo algo le decía que tenía toda la razon.
—Eres mi alma gemela y yo soy la tuya...
Volvió a besarla y esta vez, su lengua se hizo paso en su cavidad húmeda y reclamó la atención de la otra.
—Dean, antes de continuar, ¿puedes decirme qué eres?.
—¿De verdad necesitas saberlo?.
—Sí, si puede ser.
—¿Si supieras que estas a punto de yacer con un Demonio, te asustarías?.
—No sé si es miedo lo que siento, pero sí estoy algo confusa. Lo que siento hacía ti, esta atracción tan extraña, es nuevo para mi.
Mientras ella le respondía, Dean la había tumbado sobre la cama con mucha delicadeza.
—Pues déjame amarte y hacer que estas Navidades sean inolvidables para ti, al igual que lo serán para mi.
Ella en respuesta asintió con un gesto de su cabeza y se dejó amar como nunca antes ningún otro hombre la había amado. Y en silencio, agradeció que su "demonio" encontrara a su madre dieciocho años atrás, aquél veinticinco de Diciembre y la marcara como suya.
—Eso fue maravilloso —confesó Dallane con la voz entrecortada después de haber conocido el paraíso entres sus brazos, mientras luchaba por un poquito de oxígeno.
—Y sólo acaba de empezar...


jueves, 15 de diciembre de 2011

RELATO Nº 37 PARA LA ANTOLOGÍA NAVIDEÑA (Paranormal) By Brianna Callum

En tus ojos
By Brianna Callum
 
El telón volvió a cerrarse tal como había sucedido cada noche al finalizar la función. Ella se quedó de pie, con la mirada fija y borrosa posada sobre la pesada tela color borgoña, sintiendo como la ya conocida soledad nuevamente la envolvía en su abrazo de hierro.
Había empezado a odiar ese instante en el que la adrenalina de la función se aplacaba, y todo el entorno cambiaba.  Las luces, —antes brillantes y sofocantes—, se apagaban dando paso a la fría oscuridad. Oscuridad que parecía más densa y gélida debido al silencio ensordecedor que dejaba la sala vacía del teatro… Sí, odiaba esos instantes, porque era cuando caía abruptamente en la dolorosa realidad. Aquella realidad que le recordaba a gritos que estaba sola en el mundo. Sola...
Sola desde que aquella madrugada de abril, bajo una torrencial lluvia, la imprudencia y la fatalidad se habían asociado para dos días después arrebatarlo a él de su lado para siempre…
Una vez en el camerino, y sin siquiera quitarse el maquillaje oscuro y recargado que la puesta en escena le exigía a sus ojos color café, Gabriella vistió su abrigo, y recogió su bolso. Recorrió el camino hasta cruzar las puertas de entrada, y abandonó el teatro casi sin percatarse de que lo hacía.  Dejó atrás la fachada vidriada y las marquesinas coloridas que la anunciaban a ella como la figura estelar.
Sobre el escenario, lo tenía todo; fuera de este, nada.
Caminaba como una autómata. Últimamente esa era su forma de andar por el mundo; como un ente vacío y desolado. Sorteaba a los transeúntes. Iba tan abstraída en su propio mundo, que los rozaba o chocaba en su andar sin siquiera percatarse. Ellos, ajenos a sus atribuladas emociones, le proferían insultos. Pero nada podía afectarla más de lo que ya estaba.
Durante la tarde había llovido. Muestra de ello era la humedad que sobre el asfalto reflejaba las luces de la avenida, o los charcos que se habían formado en los baches de la calzada.
Un automóvil que circulaba a velocidades superiores a las permitidas en avenida, pasó sobre uno de esos baches, y levantó una cortina de agua embarrada que Gabriella observó como si ocurriera desde una dimensión diferente a la que se encontraba ella. Sus sentidos parecían aletargados y difusos.
Dejó atrás la avenida, y se adentró en las callecitas de la ciudad. Las luces de las farolas allí eran más tenues, no obstante, cada vivienda estaba decorada acorde a la fecha.
Esa noche, la soledad, más que nunca estaba decidida a aferrarse a sus entrañas y a retorcerle el corazón. Esa noche, más que nunca…
Jo, Jo, Jo, se oyó a lo lejos, y Gabriella volteó el rostro para ver, sin ver nada. Campanas y villancicos se fusionaban en el aire con música alegre, carcajadas y voces que parecían salir de cada casa. Las luces titilantes en las ventanas y en los pórticos, y los pinos decorados en los jardines, se confabularon en su contra y empezaron a girar a su alrededor.
Corrió.
Corrió lejos, porque no soportaba pensar que esa noche era Nochebuena y cada detalle no hacía más que recordárselo.
Esa sería la primera Navidad que pasaría sin él. ¿Cómo haría para sobrevivir a aquella noche sin morir de angustia?
Hasta el año anterior, aquella había sido de sus fechas favoritas. Juntos habían envuelto regalos para luego intercambiarlos pasadas las doce. Habían decorado el departamento y prendido fuegos artificiales en la terraza… no obstante, todo había cambiado. Todo… Y ahora, la Navidad se había convertido en una de las fechas más lúgubres para Gabriella, junto con aquel día negro de abril.
Gabriella siguió corriendo hasta que sus pasos la llevaron por inercia hasta el puente de la ciudad, el que servía para que vehículos y peatones cruzaran el ancho río. En ese puente lo había conocido a él, pero de eso también había transcurrido ya demasiado tiempo.
Sentía que se ahogaba.
El aire le resultaba escaso debido a la carrera, su corazón parecía a punto de explotar y las lágrimas ya habían empapado el frente de su abrigo. Pero al menos allí, lejos del centro de la ciudad, la Navidad no parecía tan cercana.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano para poder ver el paisaje.
Las luces seguían titilando a lo lejos, y comprobó que continuaban haciéndole daño.
El río bajo el puente era una densa masa de agua que se tornaba negra a la vista nocturna. Las luces refractadas se distorsionaban cuando la fría brisa acariciaba su superficie. Gabriella permaneció con la vista fija en las suaves ondulaciones durante un largo rato. Tal vez…
Tal vez aquellas aguas fueran su mejor refugio y lograran aplacar el intenso dolor que amenazaba cada vez con mayor intensidad desgarrarle el pecho.
Trepó a la cornisa aferrándose con fuerza a uno de los cables del puente atirantado. Se tambaleó, y el piso pareció girar bajo sus pies. Cerró los ojos hasta estabilizarse, y luego volvió a abrirlos. Sentía vértigo, ¿pero qué podía importarle si pronto todo acabaría?
Un salto.
Eso era todo lo que la separaba de la tan ansiada paz.
Necesitaba darlo.
Los dedos de Gabriella se soltaron del que hasta el momento había sido su único agarre. Renunciaba a su vida. A una vida vacía que cada día se le había hecho más difícil vivir…
—No lo hagas.
Una voz masculina que Gabriella no sabía si era real o solo producto de su imaginación, puesto que instantes antes no había nadie allí, intentó detenerla; pero ella no quería hacerle caso. Avanzó un paso. Estaba al borde de la cornisa.
—No lo hagas —volvió a repetir la voz, y ahora sí Gabriella volteó el rostro para verlo.
No pudo distinguir sus facciones. Uno de los pilares del puente hacía sombra sobre su rostro.
—No te entrometas —espetó.
—Nada puede ser tan terrible como para que decidas terminar con tu vida —le dijo él.
Gabriella sonrió con una mezcla de ironía y tristeza.
—¿Y qué sabes tú? —inquirió. Había volteado hacia él. Sus pies seguían peligrosamente jugando con el destino.
—Sé que nada puede justificar tu decisión.
—El dolor, sí —expuso ella. Hubiese querido gritar, pero la voz se le había estrangulado.
—Ni siquiera el dolor —fue la respuesta de él.
Gabriella negó con la cabeza.
—No sabes nada. El dolor… el dolor es demasiado intenso como para que quiera seguir soportándolo… Y la soledad… —volvió a voltear de cara al río.
El extraño trepó también a la cornisa, y avanzó lentamente. Sabía que debía moverse con cautela, puesto que ella podría asustarse, y caer; o apresurar su decisión, y saltar.  Deseaba que ninguna de esas posibilidades se llevara a cabo. Estaban a gran altura. Una caída desde allí podría provocarle un golpe tan fuerte como para herirla de gravedad, o matarla. Además, el agua estaría helada, lo que fácilmente le provocaría hipotermia. En cualquiera de los casos, era muy probable que hallara la muerte.
No podía permitirlo.
—Ven aquí —susurró él, y extendió la mano—. Cuéntame qué te sucede.
Ella volvió a negar con la cabeza.
—Déjame, por favor… —le suplicó.
—No puedo —le respondió él. Y era cierto.
La mano masculina lentamente fue al encuentro de la mano de la mujer, hasta que logró aferrar la frágil muñeca. Sus dedos la rodearon fácilmente. Ella se sobresaltó, y pretendió actuar. Con desesperación forcejeó. Quería soltarse; pero él había anticipado esos movimientos, entonces, sin mediar palabras, la estrechó entre sus brazos con fuerza, y la alejó del borde de la cornisa.
—¡Suéltame! —le exigió ella, mirándolo por primera vez directamente a los ojos.
—Nunca —fue la escueta respuesta de él.
Gabriella percibió un brillo especial en esos ojos negros; tan negros como las mismas aguas a las que ella deseaba abandonarse. Y por un instante, se abandonó a esa mirada penetrante que parecía tener el poder de leer su alma. Bajó los párpados. Volvía a sentirse mareada, y ahora no podía echarle la culpa al vértigo que le provocaba la altura. De alguna manera, el desconocido había conseguido bajarla al suelo mientras ella había estado concentrada en liberarse de él.
Sin soltarla, el extraño la condujo mientras cruzaban la calzada hacia la otra vereda peatonal del puente. Allí había un banco de cemento en el que podrían tomar asiento.
Gabriella se dejó guiar. Se sentía desahuciada. Ni siquiera había tenido la libertad de ponerle fin a su miserable vida, gracias a ese entrometido.
—Puedes irte —le dijo con brusquedad. Una vez sentada se había cruzado de brazos en gesto ofendido. No lo miraba directamente, aunque por el rabillo del ojo distinguía la imponente figura del hombre que estaba a su lado.
Los seductores labios masculinos se curvaron en una sonrisa. Sin dejar de sonreír, y sin pedir permiso, el extraño tomó asiento junto a ella.
—¿Esa es tu manera de agradecerme el evitar que cometieras una locura? —preguntó en fingido tono de reproche, aunque su voz había sonado seductora y jovial.
—Nadie te pidió que lo hicieras —masculló indignada. Dio un respingo con altanería, alzando su nariz levemente respingona—. Es más, yo no quería que me detuvieras.
—Eres muy terca, ¿lo sabías?
Gabriella no respondió, pues su mirada irradiando cólera fue suficiente. Aunque para mayor bochorno, lejos de provocar el efecto deseado, esta vez le arrancó una sonora y musical carcajada al desconocido.
—Y tú eres insufrible —murmuró ofendida—. Quiero que te vayas. Deseo estar sola.
—No creo que te encuentres en condiciones de estar sola.
—¡Aggg! —exclamó exasperada—. ¿Qué eres, un castigo que me han enviado por pensar en el suicidio? ¡Vete! ¡Vete! ¡Vamos! ¿Qué parte de quiero estar sola es la que no entiendes?
—Y tú, ¿qué parte de no te dejaré sola es la que no entiendes, mujer terca?
—¿Acaso no tienes que ir con los tuyos y… —su mirada capturó algunas prematuras luces estallando a lo lejos; las señaló con la mano—, celebrar la estúpida Navidad?
—En este momento, en el único lugar en el que deseo estar, es aquí, contigo.
Gabriella bufó con ironía.
—Entonces, tú también estás solo —dijo, y no era una pregunta, sino una suposición.
—No estoy solo… —sonrió, y observó maravillado el delicado perfil femenino. Ella lo conmovía—. Estoy contigo.
Al oír esas palabras, Gabriella volteó el rostro hacia él. Sus miradas se perdieron, una en la otra, por un instante interminable.
—¿Quién eres? —quiso saber Gabriella, preguntando en un susurro ahogado.
—Hoy puedo ser quien tú quieras que sea.
—No juegues conmigo.
—Jamás lo haría —le respondió él con seriedad.
Qué tentador que era pensar que ese desconocido podría ser quien ella quisiera que fuera por esa noche… Pero no, él no podía ser reemplazado por nadie.
—Sé tú mismo —le pidió finalmente.
El hombre asintió conforme.
—En ese caso, déjame presentarme como es debido. Mi nombre es Jeliel.
Gabriella alzó una ceja en gesto interrogante.
—¿Jeliel? ¿Qué clase de nombre es ese?
Jeliel extendió la mano. Ella se la estrechó, aunque el contacto fue breve. Un cosquilleo alarmante había recorrido el brazo de ambos, y Gabriella prefirió apartarse.
—Solo un nombre. No le otorguemos mayor importancia de la que tiene —respondió.
—Jeliel —repitió Gabriella, paladeando cada letra mientras su imaginación volaba a miles de kilómetros—. Me suena como el nombre de un ángel.
Jeliel sonrió, y extrañamente, Gabriella se sintió contagiada por ese sutil gesto, y lo imitó.
—Tal vez lo seas… —se alzo de hombros—. Después de todo, me has impedido saltar.
—Ya te lo he dicho. Nada justifica que le pongas fin a tu vida. Esta es demasiado valiosa.
—No puede ser tan valiosa. No cuando no me trae más que tristeza. —Bajó la vista a sus propias manos entrelazadas sobre su regazo—. No he hecho más que perder a la gente que he amado. Primero mis padres cuando solo era una niña; luego mi abuela; y cuando creía haber encontrado el amor y la felicidad… lo perdí a él. —Se irguió con decisión y respiró una profunda bocanada de aire—. La vida no vale la pena. No vale el sufrimiento que provoca.
—Estás equivocada.
—¡No lo estoy! —exclamó indignada y volviendo la vista hacia él, esta vez con dureza—. Después del accidente, él luchó desesperadamente por su vida durante dos días. ¡Dios! Sé que sufrió dolores insoportables. Lo vi con mis propios ojos. Estuve a su lado, tomando su mano mientras la muerte consumía su último aliento… Él quería vivir a toda costa. Pero dime, ¿de qué le sirvió tanto sufrimiento? —preguntó con la voz desgarrada—. ¿De qué le sirvió dar tanta pelea y soportar tanto, ¡maldición!, si la muerte se lo llevó de todos modos?
Jeliel sintió el impulso de acariciar el cabello que en suaves ondas castañas caía sobre los estrechos hombros femeninos. Por un instante, lo reprimió.
—¿Aún no lo entiendes, verdad?
—¿Qué debo entender, que la vida es una mierda plagada de injusticias?
—No. No entiendes que siempre hay un motivo valioso por el cual seguir viviendo. Tú misma acabas de decir que él te lo demostró hasta último momento.
Gabriella no entendía qué era lo que Jeliel quería decirle. Se sentía abrumada, y la angustia había vuelto a hacer acto de presencia en su garganta y en el centro de su pecho.
—Aún cuando él debe haber anticipado que estaba en el ocaso de su vida, sintió que había motivos más importantes que cualquier sufrimiento. Motivos por los cuales valía la pena seguir luchando hasta arrebatarle un segundo más a la muerte. Siempre hay algo por lo que vale la pena vivir, y para él, ese motivo eras tú. ¿Crees que aceptaría de buena gana que tú terminaras con tu vida, algo que para él, evidentemente, era lo más preciado? Aún no entiendes que por ti luchó segundo a segundo. Por retener un instante más tu imagen en sus ojos, por acariciar una vez más la piel de tus manos. Por ti, solo por ti…
Gabriella sintió un escalofrío recorrerle la espalda y una brisa fría, sutil como la caricia de un ángel, logró erizarle la piel. Se agitó violentamente.
Esas palabras… Esas palabras eran las mismas que él, su amor, había pronunciado con su último aliento. Ahora que las había escuchado en labios de Jeliel, podía recordarlas. ¿Cómo podía haberlas olvidado durante los meses pasados?
Rompió a llorar desconsoladamente.
Jeliel la rodeó con sus brazos, y la atrajo hacia su pecho. Inmediatamente se sintió preso del impulso de besarla con ternura en la coronilla, y su mano, como impulsada por una fuerza superior, le acarició a ella el cabello. Esta vez, no pudo resistirse.
—Shhh —susurró Jeliel, derramando su aliento tibio sobre la frente femenina.
—¿Por qué la vida es tan injusta?
—La vida da muchas vueltas y en muchas ocasiones no resulta ser como nosotros quisiéramos que fuera; no obstante, siempre nos brinda una nueva oportunidad. Solo hay que saber reconocerla.
—¿Siempre suenas tan sabio? —le preguntó entre sollozos. Su voz había salido amortiguada por la gruesa tela oscura del abrigo de Jeliel; aún así él alcanzó a oírla, y la risa burbujeó en su pecho.
—A veces lo intento —dijo, ahora en tono de broma.
Gabriella alzó el rostro, y buscó la mirada de Jeliel. Entonces, mágicamente se perdió en sus ojos negros. Se preguntó si su mirada siempre tendría ese brillo especial, o esa intensidad que le recordaba tanto a la mirada de… él.
Jeliel llevó su mano hasta la mejilla femenina, y la acarició con ternura desde la sien hasta la barbilla. Gabriella no hizo nada por impedirlo.
En la zona urbanizada de la ciudad, los fuegos artificiales que anunciaban que la Navidad había llegado, empezaron a estallar en el cielo. Las lejanas luces iluminaron furtivamente el perfil de la pareja que, absorta, se observaba como si estuviese presa de un hechizo.
Jeliel rompió el silencio.
—No estás sola. Nunca estás sola.
—Lo sé —dijo Gabriella. Algo había cambiado en ella, y ahora podía comprenderlo todo con claridad—. Tú estás conmigo…
Jeliel asintió. Ella había comprendido. Bajó la cabeza, y acercó sus labios a los de Gabriella sin cortar el contacto de sus ojos.
—Yo estoy contigo —repitió, antes de besarla.