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domingo, 12 de febrero de 2012

SEGUNDO RELATO NACIDO DEL RETO: LAS DOS CARAS DE UN MISMO CUENTO, BY LUZ

TORMENTA DE ARENA


El sol ya no le hacía daño en la piel. Ya se había acostumbrado a sus caricias lacerantes. El aire ardiente entraba por su boca a un ritmo constante, llenando sus pulmones más de polvo que de oxígeno. Ya no iba mirando al suelo, cuidando de no pisar con los pies desnudos las rocas y piedras del camino. Iba con los ojos cerrados, adecuando su paso al del caballo, y la respiración al paso casi al trote que el animal llevaba. Los grilletes que le ataban las muñecas hacía tiempo que habían dejado de hacerle daño en las mismas heridas que le habían hecho. Ya no le importaba por qué estaba en esa situación, ni dónde lo llevaba. Ni siquiera le importaba ya caer al suelo y ser arrastrado a lo largo del camino por el caballo. Su mente la ocupaba el hecho de que era Héctor el que lo llevaba así, y no creía en su inocencia a pesar de llevar días diciéndoselo.
¿Desde cuándo habían caído en ese negro pozo de la desconfianza? Siempre habían mantenido una buena relación. Siempre, hasta que pasó lo que pasó, y le echaron las culpas a él. Huyó, temiendo por su vida y pensando que Héctor no lo perseguiría. Pero sucedió todo lo contrario, pues el cazarrecompensas más famoso de toda la región puso especial empero en darle captura. A él.

El caballo relinchó, sacándolo de su ensimismamiento. Jonás notó entonces que el sol había atenuado la intensidad de los rayos sobre su piel. Estaba atardeciendo y el animal necesitaba descansar. Solo por eso Héctor haría un alto en el camino. Al caer la noche pararía unas horas por el caballo. Porque si por él fuera, habría hecho el camino del tirón, sin importarle si su prisionero llegaba o no de una pieza.

Por el día el único sonido que llegaba a sus oídos era el de los cascos del caballo golpeando la arena, junto con sus dubitativos pasos mezclados con su respiración. Héctor era como una estatua de bronce encima de su montura, estático, silencioso, intransigente. En el ambiente no había sonido alguno de ningún animal por los alrededores. El desierto era así. Ni insecto, ni ave, ni reptil o mamífero alguno se atrevería a adentrarse en las horas centrales del día en la infinita llanura de tierra reseca y piedras de filos cortantes. Ese era todo el paisaje que los rodeaban. Si acaso algún tronco seco en donde antaño habría agua, era lo que rompía la monotonía del paisaje. Esos viejos troncos precisamente los aprovechaba Héctor para descansar por las noches.

Al caer la noche el cazarrecompensas se aproximaba a uno de esos troncos, desmontaba sin perderlo de vista, y con varios tirones de la cuerda donde lo llevaba, lo ataba fuertemente a uno de esos troncos, con la holgura suficiente para que descansara, pero sin darle opción alguna a escapar. Sabía lo que hacía. Primero saciaba la sed del caballo, luego la suya, y por último, donde mismo le había dado a la bestia le acercaba a Jonás unos sorbos. Lo suficiente para que aguantara el día siguiente, hasta llegar ante la ley. De la albarda sacaba algo de paja para mitigar el hambre del animal. Y en su viejo morral, siempre colgado a su espalda, llevaba carne seca como único alimento. Le arrojaba, como si de un perro de presa se tratara, algo de esa carne a Jonás, y él mismo comía una reducida ración de la misma.

El calor que le sobraba a los días, era el que le faltaba a las noches. Con una diferencia de más de treinta grados, el desierto es de los peores sitios sobre la faz de la tierra para pasar una temporada. Jonás se encogía todo lo que podía sobre sí mismo para darse algo de calor. A pocos metros de él, Héctor hacía cada noche fuego para calentarse. Pero siempre tomaba precauciones para que su prisionero no tuviera opción a atacarle para escapar, y el calor de ese fuego realmente no aliviaba en nada a Jonás.

Con el estómago apenas lleno de agua y carne que más que carne parecía cuero, se acomodó lo mejor posible sobre las piedras que descansaba para pasar la noche. Hacía días había perdido toda esperanza de hacer entrar en razón a Héctor, y hacerle ver que él no era quien la había matado. Él no era ningún asesino, y mucho menos de ella. Se acurrucó y cerrando los ojos, se abandonó al sueño, esperando que este viniera pronto, pues en los inconscientes brazos de Morfeo todo lo olvidaba, y por unas horas su angustia desaparecía.

Los sonidos de la noche no tenían nada que ver con los ausentes del día. La noche en el desierto cobra vida propia, y todos sus habitantes aprovechan esas horas sin el abrasador sol para cazar, moverse, aparearse y hasta para divertirse. Con el arrullo de las aves nocturnas, de los insectos que revoloteaban a su alrededor y hasta de los reptiles que se movían por debajo de la arena, Jonás cayó en un estado de seminconsciencia, pues el frío no lo dejaba dormirse completamente. Esa noche un nuevo ruido se sumó al del desierto, sin saber exactamente de qué se trataba, lo asimiló e intentó dejarse llevar por su inconsciencia. Pero pasaban las horas y ese ruido no cesaba. Hasta que notó que algo abrigó su cuerpo helado, y una agradable sensación de calor lo inundó. Eso lo puso alerta, y entonces comprendió que Héctor lo había cubierto con una de sus pieles, cesando al instante el molesto ruido de antes. Comprendió entonces que era el castañeteo de sus dientes.

Jonás lloró silenciosamente bajo esas pieles. Sabía que era imposible que su propio hermano fuera tan duro con él. Comprendía su situación al creerlo culpable por el asesinato de ella, ¡pero era su hermano! Él había crecido a su sombra, admirándolo desde que tenía uso de razón. La naturaleza había sido generosa con Héctor y lo había dotado con un enorme cuerpo que se había encargado de entrenar y esculpir para seguir los pasos de su padre como cazarrecompensas. Pero Jonás no había sido bendecido con un físico atlético, y por ello idolatraba a su hermano mayor. Fueron muchos los que vieron ahí envidia, pero ella les había hecho ver que no era envidia, sino admiración. Con la mano que le llegaba al rostro limpió las lágrimas, y se rio amargamente de sí mismo. Envidia. Envidia por alguien que, no solo creía que él era un asesino, sino que también lo presentaría ante la ley para que fuera ajusticiado. Sin querer escucharlo. Sin darle opción alguna a explicarse. Él jamás lo habría hecho con él. Nunca.

Perdido entre sus pensamientos fue vencido por el sueño. Cuando el sol ya despuntaba al alba, un ruido sordo lo despertó, reconociéndolo al instante, y con verdadero pánico se incorporó lo que pudo, buscando con la mirada a su hermano. Enseguida su boca y nariz se llenaron con la arena que cada vez se movía más violentamente a su alrededor. A malas penas pudo ver la silueta de Héctor tratando de sujetar al caballo, antes de que la violenta tormenta de arena se cebara también con sus ojos.

–¡Héctor! ¡Ven! ¡Agárrate a mí antes de que la tormenta te arrastre! –gritó tanto como sus pulmones le permitieron, intentando superar el bramido mismo de la arena danzando mortalmente con el viento.

–¡El caballo… ! –apenas si lo oyó.

–¡Deja al maldito caballo y agárrate a mí! –gritó nuevamente mientras sentía las partículas de arena entrar en sus castigados pulmones, clavándosele como si de millones de alfileres se tratara.

No volvió a oir nada más que no fuera la arena revuelta con el fuerte viento. Y resignado agarró las pieles para taparse la cabeza y resistir así la tormenta de arena, cuando sintió que alguien lo agarraba fuertemente de una pierna. Supo que era Héctor e inmediatamente estiró el brazo para poder sujetarlo. Los minutos que siguieron parecieron horas para los dos hombres, expuestos a la vorágine del viento. No fueron arrastrados como el caballo porque el tronco donde Jonás estaba atado tenía unas profundas raíces ancladas al terreno.

Cuando el viento fue amainando con la arena, Jonás descubrió su cabeza y levantándola pudo ver a su hermano a sus pies, inconsciente. Vio su pecho subir y bajar, y respiró aliviado. Pero sin perder ni un solo segundo atrajo el cuerpo de Héctor hacia él y de su cinturón desenvainó su puñal. Rápidamente cortó las cuerdas que lo ataban al tronco que había sido su salvación, y con el cuerpo entumecido se incorporó. Cuando recuperó el tono muscular, se agachó sobre su hermano con intenciones de buscar entre su ropaje la llave de los grilletes que le aprisionaban las muñecas, y poder liberarse. Pero era tal su afán que no se dio cuenta de que Héctor había recuperado parcialmente la consciencia, y de un golpe en la mandíbula lo derribó. Héctor levantó una de sus enormes piernas y golpeó con ella a Jonás, pero éste fue más rápido y lo esquivó. Héctor aun estaba aturdido, y Jonás aprovechó esos momentos golpeándolo con el puño. Lo volvió a tumbar de espaldas y se le subió encima inmovilizándolo. Pero Héctor era mucho más fuerte, y pudo liberar un brazo con el que se defendía como una fiera. Jonás, viéndose perdido, agarró uno de los pedruscos que tenía a mano y lo levantó sobre la cabeza de su hermano mayor. Ambos se quedaron inmóviles, mirándose a los ojos. Rabia, miedo, desesperación, locura, venganza, y hasta instintos tales como el de la supervivencia asomaron a aquellos dos pares de ojos tan iguales.

–¡Yo no maté a madre! ¿Me oyes? ¡Yo,…! –La voz de Jonás que en un principio había sonado enfurecida, en unas décimas de segundo se quedó en un susurro–… no la maté.

Arrojó la piedra lejos, con las manos aún atadas, y lentamente se bajó de lo alto del pecho de Héctor, y resignado se sentó a su lado. De sus ojos unas silenciosas lágrimas empezaron a brotar, sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Recordó que de niño su hermano mayor le decía que los hombres no lloraban nunca, salvo por sus seres queridos, y lo hacían siempre en privado.

–Pero si tú no me crees, ya todo me es igual. Haz justicia aquí tú mismo, y mátame.

En su hombro sintió cómo una mano grande, fuerte, se posaba, intentando darle consuelo, o eso quiso creer. El mismo consuelo que de niño le daba esa misma mano, cuando los demás chicos se burlaban de él, o las chiquillas de la aldea le daban calabazas. Jonás besó esa mano, y por un instante se sintió aquel chaval escuchimizado,  al que su hermano mayor siempre protegía y cuidaba.


FIN


Nota: Y ahora le toca el turno a Mircea, quien tendrá que redactar el mismo relato pero desde el punto de vista de Héctor.

Saludos!

2 comentarios :

Iris Martinaya dijo...

Hola!

Yo tuve la oportunidad de leer parte del relato cuando Luz lo estaba construyendo, y me gustó mucho entonces, y con este final tan tierno, pues más. Aunque me quedo también con ganas de saber como resuelven el asesinato de la madre. De aquí se sacaría una historia muy interesante, los dos hermanos viajando por el desierto, dispuestos a encontrar al asesino de su madre.

Felicidades Luz, me ha gustado mucho.

Besos

Mircea~ dijo...

Primero que todo, disculpa Luz por lo tardía de mi presencia por estos lugares, he tenido unos días un tanto alocados y recién hoy vengo a tener tiempo. Bien, ahora continuo.
OMG!!! Me ha fascinado el escrito, has superado mis expectativas con creces, así que ha has dejado con una gran misión por delante. Y he de aceptar que tendré que contener mis instintos yaoistas para no hacer de esta hermosa relación fraternal en una incestuosa *-*!

Bien, sin más que decir, manos a la obra~